ASE-41-Julio de 2016

Germán Alberto Méndez. C.P.

Asesor Espiritual.

Al Movimiento Encuentros de Promoción Juvenil

 

AQUÉL  QUE ME LIBERÓ…

 

Germán Alberto Méndez Cortés, C.P.

2016

PRESENTACIÓN

 A lo largo de este escrito daremos una mirada profunda de la misericordia de Dios a través de varios personajes, que como Pedro, María Magdalena, Zaqueo, Nicodemo, la Samaritana entre otros, encontraron en su relación con Jesús una nueva forma de vivir, de relacionarse con Dios y con el prójimo. En este escrito se exalta la relación que se ha dado con Dios más allá de la norma, del precepto y se acerca mediante cada reflexión a una vivencia real de Dios en la vida de los hombres y mujeres de la actualidad. Para ello es necesario ir pasando de lo superficial a lo íntimo de cada escena, de cada momento en la historia de la vida, tanto personal como comunitaria.

Si bien el centro será la persona de Jesús, quien mediante su predicación y sobre todo con sus actos logra trasmitir su experiencia de Dios, cada acción y cada encuentro tiene el sello de Dios, a quien le llama Padre. Y es ese Padre que muestra su humanidad en su hijo Jesucristo, de tal manera que el rostro de Dios será el de la misericordia. “Jesucristo es el rostro de la misericordia del Dios padre. El misterio de la fe cristiana parece encontrar su síntesis en esta palabra. Ella se ha vuelto viva, visible y ha alcanzado su culmen en Jesús de Nazaret. El Padre rico en misericordia” (Miericordiae vultus).

Cada meditación es una invitación para abrir el corazón al padre misericordioso, así como lo hicieron cada uno de los personajes que encontramos a lo largo de estas páginas. Ellos supieron aprovechar el tiempo de Dios, también nosotros estamos invitados a aprovechar nuestro tiempo. Ahora es el momento de bajarnos del árbol como Zaqueo para ver a Jesús no desde lejos, sino en la intimidad de la casa, de la vida. Es el momento en el cual somos llamados para permanecer en él como María Magdalena, siendo conscientes que Jesús es el único que puede hacernos creer en el amor verdadero que permanece más allá de la muerte, el amor que nos permite reencontrarnos con la verdadera vida.

Este es nuestro tiempo de decirle a Dios que como Nicodemo, es momento de nacer de nuevo, es decir, abrir el corazón a la novedad del Dios de Jesús. Quizás no es aquel que nos enseñaron mediante las premociones de la condena y el intercambio de oraciones por bendiciones u obras generosas. Es abrir el corazón al Dios de la vida, que transforma cada corazón por el hecho de sentirse amado y no obligado a cumplir una ley. Es el Dios misericordioso que nos capacita para amar, para afrontar nuestros miedos como la Hemorroisa, de asumir la responsabilidad de la vida, y poder hacer algo por nosotros mismos, sin temor a la reprobación de las personas.

Y por si queda alguna duda del amor de Dios al hombre, de su misericordia infinita tendremos que contemplar la manifestación más grande de amor, su entrega en la cruz, plasmada en el ladrón que reconoció en Jesús aquel que lo liberó de las ataduras de su pasado, su mal vivir y su momento angustioso en la cruz. “Entonces Él le dijo: En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso Lc 23, 43. Son las palabras que quedan resonando a lo largo de este libro, hoy estarás conmigo en el paraíso, si decide reconocer a Jesús como el salvador, como el hijo de Dios, con las palabras que no juzgan, sino que acogen al pecador, con los gestos de perdón al estilo de Jesús.

Es tiempo de avanzar en el amor que se nos ha revelado en Cristo, en la misericordia del Dios padre, es momento de reconocer todo aquello que Jesús nos ha liberado, para  poder ser misericordiosos como Dios ha sido misericordioso Lc 6,36.  Es tiempo como María Magdalena de salir a anunciar que el Dios de la vida ha vencido la muerte y en su resurrección hemos sido salvados.

  1. José Yoiner Ordoñez Mazabel, C.P.

 

 

ESCALADA DE LOS EJERCICIOS

PROCESO OBJETIVO TEMAS DIARIOS
9. Examen Vivir en el Espíritu. Buscar y hallar al Señor presente y actuante en todas las cosas.  

Del materialismo

8. Post-ejercicios Experimentar la elección en comunión con el misterio pascual de Cristo. 1.     De mi poca fe

2.     De un tipo de sexualidad

 

MEDITACIÓN    PARA       ALCANZAR MÁS            AMOR
7. Elección Opción determinada: ¿en qué vida y estado me quiere Dios nuestro Señor? 1. De la vida mal usada

 

2.  De ser interesados

6. Preámbulo para las banderas y binarios, humildad. Crecimiento en lucidez, libertad y amor; súplica de ser puesto con el Hijo.  

Las preguntas de Jesús.

5. Encarnación en el misterio de Jesús. Conocimiento, amor a Jesús, deseo de seguirlo e identificarse con Él.  

Del autoengaño

4. El Rey eternal. Discernimiento y entrega. De la timidez
     MEDITACION       DE           LA               PASIÓN
3.     Consideración del Principio y Fundamento Deseo y decisión de ordenar la propia vida De la cobardía.
2.  Preparación del Principio y Fundamento. Toma de conciencia de la liberación del mal. De la falta de esperanza y soledad.
1. Pre-ejercicios Arraigamiento en la propia fe: hacerse capaz de los ejercicios. 1. De una vida desaprovechada.

2. De la superficialidad engañosa.


 

AQUÉL QUE ME LIBERÓ…

 

  1. De una vida desaprovechada
  1. Primeras palabras:

Cuando las personas se regalan unos días de encuentro con Dios, consigo mismos y los hermanos, con el mundo donde viven sus proyectos, es necesario, cuidar el lugar y el ambiente de recogimiento, para favorecer la concentración que invita a estar en silencio y a orar. Y aunque los detalles organizativos no forman parte estricta de la dinámica, son muy importantes, porque el encuentro con Jesús ante todo se desarrolla bajo los criterios cuidadosos de una buena preparación, como si se tratara de una obra de arte.

La primera conciencia del encuentro se expresa como un hallarse ante la presencia de la Persona divina. De ahí que es importante observar el contexto donde cada uno vive, pues es a donde se dirigirá finalmente el compromiso. Un clima de oración ayuda mucho al encuentro, y una buena oración ocurre si se invoca al Espíritu Santo, y si se le permite actuar. Al inicio es muy importante observar; es decir, contemplar en silencio, la propia imagen de la realidad actual en que cada uno vive, incluso dejar un buen espacio de tiempo para impregnarse de esa realidad: este ejercicio puede hacer mucho bien, pues el encuentro sucede sin prisa.

Luego es muy importante llegar a reconocer la propia historia como algo religioso, como historia de salvación. El obstáculo de este segundo momento es tratar de interpretar o dar significados a los acontecimientos vividos, mejor limitarse a reconocer, a distinguir y a describir en grandes líneas los detalles, para descubrir las estructuras que los envuelven: el cen­tro; lo que sentimos arriba o abajo; a la izquierda y derecha, lo transversal o diagonal; los círculos, y relaciones. Cada elemento y detalle tiene su importancia y desempeña un papel en esa historia de salvación.

El sentimiento que provoca esa dinámica de la vida a su vez genera unas sen­saciones de paz, angustia, calor hu­mano, incertidumbre, entusiasmo, sorpresa, descon­cierto, curiosidad, tensión, calma. La razón de estos sentimientos son los recuerdos que evocan situaciones, experiencias, anécdotas, paisajes, objetos, imágenes…

Más adelante será imperativo interpretar la propia vida a la luz de la Palabra y desde ese punto de vista privilegiar las coincidencias y diferencias con respecto al evangelio y las actitudes de Jesús.

Finalmente, será necesario aplicar, concretar lo que estos días de encuentro digan a la vida, con elementos, y con personas, símbolos que realmente identifiquen el deseo que en la oración de entrada el creyente pudo captar, y que realmente le puede ayudar para su vida.

  1. Abrir el corazón:

Abrir el corazón es un acto de generosidad[1], y un ejercicio de honestidad con el ser interior; es por ello que hay que desear dar lo mejor mientras se lee cada una de las situaciones en el encuentro con Jesús. Abrir el corazón apunta a lo más sublime de cada persona, por tanto en el trabajo personal es necesario reconocer el mismo acontecimiento que simultáneamente sucede en los demás quienes también están en la misma búsqueda. Abrir el corazón es ser sinceros por encima de todos los engaños y de todas las apariencias que nos hacen ser fríos e invulnerables. Abrir el corazón es amar incondicionalmente la vida y a los demás, por encima de las dificultades, pues el encuentro debe producir conversión. Abrir el corazón es sembrar la semilla selecta, y el encuentro es el mejor momento, el AHORA, el presente de cada persona. Abrir el corazón exige no preguntar por qué, y dar sin pedir explicaciones. Abrir el corazón es poder sentir hambre de Dios, como se siente el hambre de pan, y poder saciarlo en la persona que nos anunció el Reino. Abrir el corazón es tocar a cada ser como a uno mismo con delicadeza y suavidad sin lastimarse. Quien abre su corazón es el mejor maestro que puede llegar al conocimiento más profundo.

La vocación que cada persona ha experimentado puede decirse que es un abrir el corazón, en la dinámica de un juego de luces y sombras

El óleo sobre lienzo que se encuentra en la Capilla Contarelli, Iglesia de San Luis de los Franceses de Roma es una pintura barroca, de la primera época de Caravaggio, (1599), en un momento en que la Iglesia contrarreformista necesitaba dotar de imágenes a los nuevos templos. La obra fue novedosa en todos los aspectos pues rompió el modelo conceptual y por ello no siempre fue bien comprendida. En su elaboración no usó dibujos preparatorios, por eso fue calificado como el mejor artista de la naturaleza y como un auténtico milagro sus efectos de luz. “La vocación de Mateo” es un claroscuro, conocido en el mundo del arte: “tenebrismo“; es decir un realismo muy emocional, factor que define la pintura barroca. Caravaggio utiliza como novedad la luz y también la persona, pero interesándose por  mostrar el dramatismo. El cuadro en sí mismo fue un gran escándalo por presentar a san Mateo como un hombre anciano con aspecto de jornalero, con arrugas en la frente y aspecto de cansancio.

La obra es de gran formato, pintada al óleo sobre lienzo, que le proporcionó gran popularidad a Caravaggio. La pintura ofrece una composición muy estudiada y está realizada con medios restringidos que no distraen la atención y concentran la emoción en los personajes. Caravaggio se atiene escrupulosamente al pasaje evangélico de Lucas que le fue solicitado: “Después de esto, salió y vio a un publicano llamado Leví, sentado en el despacho de impuestos, y le dijo: “Sígueme”. Él, dejándolo todo, se levantó y le siguió” (Lc. 5, 27-28).

El despacho de impuestos donde está Leví con sus ayudantes recontando las monedas recaudadas del día, es el escenario donde Jesús llega acompañado de Pedro, y señalándole le dice: “Sígueme“. Se trata de cinco personajes de edades y aspecto diferente. Tres lucen sombreros, los dos más jóvenes lo usan de plumas y uno usa espada. Un anciano funcionario con lentes se afana en el recuento de monedas y para reflejarlo lo anotará con la pluma y el tintero en el libro de cuentas que está encima de la mesa. El recaudador Leví responde extrañado con un gesto incrédulo a las palabras de Jesús. El cruce de miradas revelará cómo la vida de este hombre va a cambiar por completo.

El cuadro sugiere una ventana, que aunque no se ve está colocada en la misma dirección en que entra la luz natural en la capilla y cuya marca en la pared parece indicar a quién se dirige, Cristo. De esta manera se establece el tiempo: en la parte superior, luz y, en la inferior, penumbra. Se establece un antes de sombras y otro después de luz; es decir, como apóstol Mateo. La escena principal reproduce un grupo de personas anacrónicamente vestidas: Mateo y su grupo a la moda de la época, y Jesús  y Pedro con indumentaria bíblica. Los personajes representan ciudadanos romanos comunes de distintas edades, uno de ellos casi un niño con aspecto asustado. Se puede decir por el cuadro que cuando Cristo llega, su luz penetra para rescatar a Mateo de su preocupación por el dinero. El lenguaje de las manos y los gestos definen también distintas reacciones humanas. Mateo al ser señalado duda y pregunta a Cristo si se refiere a él, los jóvenes muestran sorpresa al escuchar estas palabras, mientras que los otros dos más viejos ignoran a Jesús concentrados en el recuento del dinero. Se establece un contrapunto entre el ambiente del mundo de Leví y sus compañeros vestidos lujosamente y armados, en contraste con la austeridad de Jesús y Pedro, que incluso caminan descalzos.

El ambiente lúgubre de taberna donde se puede jugar el destino, y la vida entre el azar, el dinero fácil y la usura del hombre que cuenta son el símbolo del hombre viejo, que hay que transformar en un hombre nuevo por la misericordia de Dios. El profetas Isaías dice: “De las espadas forjarán arados, de las lanzas podaderas”, es decir, que Mateo tendrá que transformar la pluma con la que anota escrupulosamente las cuentas de cobro, en un evangelio, en una buena noticia para todos. Así los trajes, las armas, el dinero, y la vida desenfrenada del mundo, se transformará en el cuerpo de Cristo, que apenas la pintura sugiere entre sombras, y que es responsabilidad de quienes con Él, cabeza de la iglesia, han resucitado.

Todo encuentro con Jesús es una manera de narrar la creación, con razón dice San Pablo que somos en Cristo “nuevas creaturas”. De ahí que el análisis detenido del cuadro permita apreciar el parecido entre la mano con la que apunta Jesús y la mano que muestra Adán en el cuadro de la Creación del Hombre de Miguel Ángel en la Capilla Sixtina. Cristo es el nuevo Adán, la nueva imagen de humanidad que buscamos. La posición de Pedro entre Cristo y los hombres representa la Iglesia y su papel mediador entre lo divino y lo humano; es decir, la alusión a la salvación y el camino para conseguirla repitiendo los mismos gestos de Jesús: los sacramentos, la misericordia.

Como en la obra de Caravaggio en el encuentro Jesús entra a la vida de Mateo como un rayo de luz y le libera de las tinieblas. Y es que Jesús espera una respuesta pronta y generosa de aquel a quien llama, el texto de Lucas termina diciendo que al instante, Mateo, se levantó y lo siguió. El Papa Francisco en una entrevista a Antonio Spadaro recuerda sus visitas a la Iglesia de San Luis de los Franceses, y su oración ante el magnífico cuadro de Caravaggio: “Ese dedo de Jesús, apuntando así… a Mateo. Así estoy yo. Así me siento. Como Mateo”. Pero hay que decir algo más, en el evangelio cada personaje puede ser cualquiera de nosotros: un pecador al que el Señor dirige su mirada. El gesto de un Mateo aferrado al dinero como diciendo: ‘¡No, no a mí! No, ¡este dinero es mío!’. Esto es lo que yo soy: un pecador al que el Señor ha dirigido su mirada… Y esto es lo que dije cuando me preguntaron si aceptaba la elección de Pontífice”. Murmura el papa: “Peccator sum, sed super misericordia et infinita patientia Domini nostri Jesu Christi confisus et in spiritu penitentiae accepto”.

Las siguientes lecturas como el cuadro de Caravagio servirán de guía para hacer el propio camino hasta encontrar a Jesús. Ya no necesariamente entre pinceladas se describirán algunas escenas con detalles sencillos, para acercar la realidad tal como es: ropas lujosas o mugrientas, pieles rugosas o frescas, escenas triviales. Y en un escenario cotidiano experimentar como, la acción misericordiosa de Dios llega aquí y ahora en la vida de las personas. No se trata de experimentar un simple hombre al que nos hemos acostumbrado, se trata de hacer manifiesta su presencia y trascendencia hasta el punto de ponernos en relación con nuestra propia luz y tinieblas, que son el fondo de este maravilloso encuentro.

La vida de los creyentes se construye sobre un fondo oscuro o neutro, en primer plano y con todas las figuras y la acción de la vida. En esta cercanía espacial es que se produce la acción de Dios. Cuando las figuras están envueltas de tinieblas, el encuentro con Jesús puede arrancarlas de la oscuridad por un rayo de su luz, oblicuo y lateral, que procede de lo alto y cae en diagonal sobre la escena: esto es la misericordia, la bondad, la gracia. Cuando la luz toca la historia desvela a los personajes y su acción: esto es la misión. Ante la luz queda manifiesta la realidad interna de las personas y de las cosas, pero esta luz trascendente hace de la vida el lugar del encuentro con Dios.

Finalmente, las imágenes que aquí se abordarán en la contemplación se desarrollan en un lugar cualquiera, de una calle sin nombre. Un grupo de cambistas, un grupo de mujeres, un grupo de pescadores, un grupo familiar, una comunidad que se ve sorprendida en su trabajo cotidiano por una presencia que interpela, cuestiona, y desconcierta: esta es la Luz que pone de manifiesto que, una escena cotidiana se está convirtiendo en lugar de gracia y salvación.

  1. De la superficialidad engañosa

El encuentro de Jesús con sus primeros discípulos en el evangelio de Juan indica que se quedaron con Él aquel día (cf. Jn 1,39), y responde al deseo intenso de quedarse con Él. La misma que tuvo también María, la hermana de Marta y Lázaro, cuando se sentó a los pies del Señor y se quedó escuchando su palabra (cf. Lc 10,38-39). Poder experimentar a Jesús hace del encuentro algo inolvidable, no tanto porque no se borre de la memoria sino porque permanece viva en ella.

Jesús por amistad acude a la casa de Marta y María quienes le solicitan: “tu amigo te necesita”(cf. Jn 11,1-44), pocas palabras se necesitan para contactar a quien sabemos que nos ama, y los tres hermanos se sentían amados por Jesús y, verdaderamente, Jesús los quería (v. 5). Pero el amor no puede sobrepasar la responsabilidad que tienen de asumir su propia realidad. Para Marta y María aquel día el amor fue contradictorio, pues amaban a Jesús quien les dijo: “…el que me ama lo amará mi Padre; y yo le amaré y me manifestaré a él” (14,21), pero esa manifestación ahora estaba en sus manos.

Betania es el lugar del encuentro y de la intimidad de la amistad con Jesús, ahí en esa casa Jesús revela la humanidad en la capacidad de vivir la amistad profunda y fraterna. Y Jesús en Betania les ofrece su amor, nunca lo impone, por eso aquella familia es también una comunidad en Cristo; porque se aman haciendo de Jesús el centro de su relación, y en la oración la comunidad encuentra el significado del desahogo de tensiones, preocupaciones, e incluso de persecuciones. Jesús ama a aquella familia porque pertenece a ella. Amigo viene de amor, así es como la amistad es símbolo del amor infinito del Padre, esta verdad es  una de las características más reconfortantes y gozosas de la Vida Consagrada.

Pero no siempre la realidad de la amistad con Jesús sucede a nuestra manera, en caso de Marta y María, Él se demora, y ellas están tristes. Incomoda el aparente inmovilismo de Dios, resulta incomprensible pues quisiéramos que se acomodase instantáneamente a nuestros cálculos y agrados, a nuestras apetencias. Y Dios que permanece, que es fiel, se queda en el mismo sitio, lo peor es no comprender. María y Marta no comprendían por qué Jesús no actuaba en el aquí y ahora que ellas deseaban. Los Encuentros no son momentos de actividad que dependan de nosotros, del deseo que Dios actúe, pero no hay que desalentarse, hay que perseverar y estar atentos. Dios se adapta a nosotros, se encarna en nuestra realidad, pero por medio de la espera; el momento propicio revelará la disposición, de ahí la importancia del silencio.

¿Dónde estaba Dios?, se suele decir, esta impaciencia exige confianza, y una mayor profundidad y sinceridad. “Antes de que ustedes pidan, su Padre ya sabe lo que necesitan” (Mt. 6, 8) pero también sabe el momento de volver a casa de Marta y María: en un momento dado Jesús dijo: “¡volvamos a Judea!” (v. 7), donde estaba Betania. Hay que creer que los caminos del Señor siempre son de misericordia, por eso debemos asumir con humildad y confianza esta verdad.

Marta y María sentían el consuelo y la compañía de mucha gente (v. 19), eran apreciadas, pero lo que en realidad deseaban era la presencia maravillosa de Jesús, seguramente pensaban que nada ni nadie iba a sustituir la presencia y figura del Maestro en aquella familia. San Juan de la Cruz dirá que “…el mal de amores sólo se cura con la presencia y la figura”. Añorar al hermano querido hace aumentar la añoranza por Jesús vivo pero ausente.

Apenas Marta supo que Jesús llegaba, salió a su encuentro (20 y 22), ella le esperaba, porque lo amaba, porque lo tenía como el valor más importante. El evangelio de Lucas presenta a Marta, activa, como quien sale al encuentro del amigo; el encuentro es la oración personal. Más que se trata de sentirse atraído por Alguien. El movimiento no es sólo iniciativa propia, es también fruto de una atracción: “nadie viene a Mí si no lo atrae el Padre” (6,44). Se encuentra quien es fiel a la atracción vívida hacia Jesús. Por tanto, Marta estaba movida por el Padre hacia Jesús. Por la acción del Espíritu, el Padre la llevaba hacia Jesús.

Desde el punto de vista de Marta lo más importante es el encuentro, por eso se sitió plena; pero más importante que el encuentro es permanecer con Él, por ello Jesús señala a su hermana María. Ese encuentro y permanencia es también deseo de Jesús: “…para que donde Yo esté, estén también ustedes” (14,3). Marta tiene fe pero incompleta: “si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano”, confía en Jesús pero se detiene: “yo sé que todo lo que pidas a Dios Él te lo concederá” (14,22), capta algo grande pero no se detiene a conocer que es eso tan grande que quiere. A Marta le parece una cosa inaccesible e imposible, pero Jesús lo revela actual y presente con la fuerza de su presencia: “¡Yo soy!,… el que habla contigo” (v. 25); el mismo diálogo con la Samaritana (4, 26), y con el ciego curado (9, 38).

Jesús se manifiesta a Marta como lo que es, resurrección y vida, pero también la interpela con una pregunta: ¿Crees esto?, como decir: ¿me tomas en serio? Marta quiere la resurrección de Lázaro, Jesús quiere la vida de Marta: “si alguno guarda mi palabra, no verá la muerte jamás” (8, 51), para Él la Resurrección se da aquí y ahora. La auto-revelación de Jesús: Yo soy la resurrección y la vida, significa que su última palabra no es de muerte ni de fracaso, sino la Vida, la plena realización de la existencia, esa es la voluntad del Padre: “…que todo el que vea al Hijo y crea en Él, tenga vida eterna y que yo le resucite el último día” (6, 40).

Jesús llama a María de Betania a una proximidad personal como también se daría en la Resurrección (Jn 20, 16); presencia y llamada se ofrecen juntas. La expresión “el Señor te llama” constituye la esencia de la vocación consagrada, pero la vocación se da en un momento de gran intimidad y gozo. “Cuando Jesús no nos habla interiormente, toda consolación es vana; más si Jesús nos dice una sola palabra, experimentamos un consuelo inefable” (Kempis). Esta escena de Marta con María se repite en cada momento de conversión que se dé en nuestra vida. María, en cuanto oyó que Jesús estaba presente, sintió el ansia de verlo, se levantó de inmediato y fue a su encuentro, porque la presencia consciente de Jesús suscita cambio y diligencia (v. 28), aquello era lo único necesario, la mejor parte y que no le sería quitada. Santa Teresa hablando de la intimidad de la oración que deberíamos tener los amantes de Jesús dice: “El alma sin oración, es como huerto sin agua, como sin fuego la fragua, como nave sin timón”. Hay que imaginar el significado de María a los pies escuchando sus palabras que habían provocado la protesta de la preocupada Marta (cf. Lc 10,41); “A los pies de…” es sinónimo de ser discípulo (cf. Act 22,3). María de Betania aparece tres veces “a los pies de Jesús” cuando oía a Jesús en la narración de Lucas, en la unción de Betania y, en la Resurrección (21,17).

Pero es el deseo de la Presencia lo que puede cambiar los parámetros, Marta deseaba que Jesús estuviera allí durante la enfermedad de su hermano (vv. 21 y 32), postrada a los pies de Jesús recién llegado, hubiese querido que su presencia cambiara los acontecimientos, pero somos nosotros los que debemos vivir cada momento su presencia para descubrir la confianza que despeja la crisis. Ellas querían evitar la muerte, pero Él les dio la victoria sobre la muerte, el desencuentro entre lo que Jesús quería y lo que deseaban las hermanas es lo que hay que integrar y despejar con responsabilidad, pues la fatiga se convierte en descanso y la opresión en liberación cuando los discípulos sienten su presencia(cf. Mt 11, 28-30).

Las lágrimas de Jesús revelan su humanidad y su compromiso más allá de la tormenta de sentimientos y emociones. Jesús fue humano, tan humano como sólo Dios puede serlo, por ello también quiere ver “dónde los han puesto” (v. 34), y es ese gesto tan humano el que les revela su divinidad: “¡miren, cómo lo quería!” (v. 36).

El símbolo de la piedra junto con la exclamación de Marta, ya huele…, (v. 40) no es obstáculo para la fe que pide Jesús: “¿no te he dicho que, si crees, verás la gloria de Dios?”, pues sus palabras ante la enfermedad de Lázaro fueron: “esta enfermedad… es para gloria de Dios” (v. 4). La gloria de Dios no es una fama portentosa sino su presencia actuante. Ver la gloria de Dios es percibir al Padre presente y reinando en la existencia personal y externa. Entonces, porque creyeron, le ofrecieron una cena (12,2)

  1. De la falta de esperanza y soledad

El lamento del paralítico de la piscina de Betesda a quien Jesús curó (cf. Jn 5,1-18) manifiesta la soledad de un vivir abandonado. Desamparo y necesidad constituyen la vivencia del hombre solo, pero el hombre no fue creado para estar solo, fue creado a imagen y semejanza de Dios que es Trinidad, a su esencia pertenece el estar acompañado recibiendo y entregando. La Trinidad es la negación más absoluta de la soledad. No tener a nadie es la peor miseria, a semejanza del demonio cuya esencia es la soledad. El paralítico era de los más miserables porque no tenía ni una mano amiga que lo ayudara. “¡Hay del solo!… porque no tiene a nadie quien lo auxilie” (Qo 4,10).

El centro espiritual es para el tú, para el otro y, en definitiva, para el Otro. Dios reclama de nosotros una presencia, no una soledad. Una de las tentaciones del Maligno es poner a Jesús en lo alto del monte para que experimente la grandeza él solo, y en lo alto del templo para que desde allí desconfíe y prescinda de Dios. La soberbia lleva consigo el querer hacerse solo, más que los demás.

Jesús encarna la misericordia del Padre y se compadece de aquel pobre solo. No se trata de tomar partido por los solitarios, sino de ayudarlos a tomar su responsabilidad por ello le dice: “¡levántate!”. Levantar es re-crear, re-construir, deshacer la soledad, en la presencia y la llamada de la oración se experimenta la preferencia del Padre y de Jesús a favor de quien confía abriendo el corazón para ser sanado.

Quienes acuden a la piscina de Betesda creen que la sanación se produce cada vez que un ángel agita las aguas la esperanza aquí queda reducida a ser el primero en la piscina para verse sanado pero, de ese tipo de salvación Cristo liberó al hombre cuando le dijo: “levántate, toma tu camilla y anda” (v. 8). El poder de la salud está en la misma herida (cf. Núm. 21,4-9), y este mismo poder escandaliza cuando no se conoce el poder de Dios revelado en Jesús, “es sábado y no te está permitido llevar la camilla… ¿Quién es el hombre que te ha dicho tómala y anda? (vv. 10-12).

Dejarse salvar por Jesús va mucho más allá de alegrarse por la buena suerte de no necesitar de la piscina de Betesda, como de poder comprender el dolor de los demás, y por tanto poder ocuparse de las propias heridas. Comprender que nos podemos ayudar los unos a los otros, exige entonces no ocultar las heridas.

El asunto de la piscina de Betesda termina en un alegato en contra de Jesús (vv. 15-18), porque muchos no aceptan las obras de Jesús como señales verdaderas, que expresan las obras y la realidad de Dios, sino que las malinterpretan. De nuevo queda manifiesta una deformada y falsa idea de Dios en la línea del poder, lo cual denuncia Jesús: “Si no ven señales y prodigios, no creen” (4, 48; 7, 3s.). La acción de Jesús realiza su transparencia con respecto a Dios, pues se trata de la curación de un ser humano en necesidad: paralítico, o ciego (Jn 9), más un ejemplo para una comunidad en necesidad, pues  en todos los pórticos de la piscina de Betesda hay muchos enfermos, ciegos, cojos, paralíticos. Lo que Jesús hace es curar, y de esta forma manifiesta la transparencia de Dios; pero no ocurre así porque las implicaciones de estos gestos exigen un cambio mucho más hondo. La curación del paralítico ocurre en sábado, y por ello los jefes no pueden ver tal señal, aunque esta obra exprese la realidad de Dios. Para reconocer la señal hace falta estar en sintonía con Dios; es decir, dejarse inflamar de su amor y estar dispuestos a dar la vida por ese amor. Las obras de Jesús expresan el amor del Padre, pero sólo se entienden si se ama.

Los Encuentros también pueden llegar a ser gestos de amistad de Dios con su pueblo, pues Dios salva en ellos, y llena de vida. En los Encuentros, Dios se da a conocer y se deja encontrar en las historias de los hombres y mujeres de todos los tiempos.

  1. De la cobardía

El evangelio de Juan presenta un fariseo atípico que tiene el afán de buscar la verdad: Nicodemo (cf. Jn 3,1-21). El fariseo típico estaba seguro de sí mismo creyendo tener por la Ley su seguridad, pero Nicodemo muestra rectitud y nobleza, busca algo de más calidad, desea no instalarse ni estancarse, percibe en Jesús un valor,  por eso va junto a Él, lo busca de noche.

La expresión, era de noche, la usa el evangelio de Juan dos veces: cuando Judas sale del cenáculo en la   traición oculta (13,30), y en el episodio de Nicodemo, donde se indica la actuación de un amor inmaduro que desea actuar. Quizás Nicodemo quería orar con Jesús, e intuyó que la noche era propicia para la oración y para el diálogo, por eso busca la intimidad, al final del evangelio Nicodemo habrá dado un paso de la noche al día, cuando reclama el cuerpo del crucificado, pese al miedo de sufrir la misma condena. ¿Cuál es la actitud de mi amor a Jesús? ¿Con qué claridad quiero yo acercarme a Jesús? La mirada al Crucificado ¿me hace pasar “al día” como lo hizo Nicodemo?.

Nicodemo por ser fariseo sabía mucho pero no captaba la experiencia de liberación que ofrecía Jesús. Necesitaba abrirse y aceptar a Jesús como maestro: “Rabbí, sabemos que has venido de Dios como maestro” (v. 2),  ese querer saber más, realmente, atrae de la figura de Jesús, pues su humildad, su limpieza desinteresada, su bondad, su apertura sin límites a la necesidad y al sufrimiento, explican las perspectivas y esperanzas humanas. Quien se acerca a Jesús para aprender percibe muy pronto que algo le falta. En el diálogo primeramente encuentra amistad cualificada y sin obstáculos, hasta encontrar lo absoluto vivo, personal y amante. Jesús es el Maestro venido de Dios que se deja encontrar, pero que no quiere una amistad superficial, sino que exige una amistad hecha vida en el diálogo, lejos de los ruidos cotidianos. La empatía experimentada no es suficiente para llegar aquella noche a la luz inolvidable. El impacto del diálogo con Jesús ha de quedar marcado profundamente hasta el punto de llegar, más tarde, a los pies de Jesús crucificado, y manifestarse públicamente como seguidor suyo.

El Maestro enseña a aprender vivencialmente quién es Él y qué significa para el mundo: “¡Te lo aseguro: tienes que nacer de nuevo!” (vv. 3-5). La conversión del corazón exige un verdadero y radical nacimiento nuevo, convertirse a una esperanza nueva, a un amor nuevo. Cada conversión es un nacer de nuevo. Esta exigencia de Jesús llega a la raíz más profunda del hombre, y desde allí se forma la nueva persona. Si no hay una vuelta todo será vacío: “sin mí nada pueden hacer” (15, 5b).

Enfrentar la vida desde esta actitud y mentalidad inédita, exige una escala de valores nueva y otro punto de enfoque; pues es incomprensible desde la vivencia anterior. El encuentro con Jesús exige un giro total de la existencia, de ahí que la trayectoria sea también nueva y muchas veces inesperada. Nacer de nuevo, es tan nuevo que se realiza desde de lo alto (v.7), es decir, que es una oferta del Padre desde el mismo Jesús: el Espíritu. Jesús es el que viene de arriba (8, 23), para lo cual hace falta negarse a sí mismo (cf. Lc 9,23) hasta abrirse al Espíritu en total disponibilidad. El apóstol Pablo lo expresa como un: beber de su Espíritu (1Cor 12, 13), ser una nueva criatura (Gal 6, 15).

Pedagógicamente hablando, Jesús desafía a Nicodemo a través de conceptos de doble significado: nacer de nuevo, nacer de lo alto, de esa forma quiere problematizar en él sus esquemas mentales. Jesús confronta a Nicodemo con su propia realidad para que él descubra nuevos significados y enseñanzas. Estar abierto a la novedad exige pasar del “sabemos” en plural (v.2) a la experiencia particular y profunda donde Nicodemo puede optar. El plural hace referencia a la Sinagoga, o al menos a un sector de ella que se defiende sin hacer autocrítica. La ironía es que el maestro no sabe (v. 10-11), y no sabe porque no cree lo que oye (v.11), pues no ve señales, y por ello es incapaz de creer lo que oye.

El modo de liberar de Jesús es el que no coincide con nuestra manera de ver las cosas y por tanto  causa sorpresa y admiración. Se entiende la pregunta de Nicodemo: “¿cómo puede suceder eso”? (v. 3,9). Ya el profeta Isaías lo había predicho: “mis caminos, mis ideas no son sus caminos e ideas” (Is 55,8); “¡qué irrastreables sus caminos! ¡quién conoce la mente de Dios” (Rom 11,33-34). Para Nicodemo dar el paso y decidirse a renunciar a su modo de proceder, y abrirse al plan de Dios exige desprendimiento. Jesús es modelo de desprendimiento, su encarnación revela el modo que Dios utiliza: “se despojó de sí mismo tomando condición de esclavo” (Fil 2,7); esta es la constante de Dios en la historia: dolorosa pero gratificante, y de esta manera Dios es Todo en todos, por quien Pablo puede proclamar: “ya no vivo yo; es Cristo quien vive en mí” (Gal 2,20). Aceptar la libertad en el Espíritu que ofrece Jesús determina la determinación, parafraseando a Santa Teresa, cuando insiste en dejar los propios proyectos para ser todo de Dios.

Por su disposición a Dios Nicodemo acepta el modelo de responsabilidad que le ofrece Jesús quien vino para salvar al mundo. La salvación esperada y prometida en el diálogo se centra en los conceptos de un nuevo naci­miento como condición para entrar en el reino de Dios y en el de exaltación del hijo del hombre. He aquí el objeto de la fe cristiana: Cristo humillado y glorificado. Es a Él a quien hay que mirar para resolver los males del mundo y los problemas de la existencia desde la propia fe, como los israelitas miraban a la serpiente levantada para curarse. Desde la cruz, Cristo confronta a los hombres con Dios. El signo que ofrece Cristo para hacer una libre opción es una llamada a todos a la conversión: convertirse en hijos de Dios, pues la cruz de Cristo es la revelación del amor del Padre. Si hay condena es porque alguien se obstina en rechazar este amor saltando por encima de la cruz.

  1. De la timidez.

 Las acciones misericordiosas de Dios reveladas en Jesucristo son obras sorprendentes (cf. Mc 5,20), desconcertantes (cf. Mc 6,3), pero sobre todo liberadoras (cf. Mc 3,10. 15; 4,39; 5,8.19.34.41; 6,5). Jesús libera del miedo a la tempestad símbolo de todo lo que puede hacer tambalear la fe en el Reino de Dios (Mc 4,40); libera de la marginación de los sistemas sociales, capacitando al endemoniado recuperado un predicador del Reino (Mc 5,19-20); a la desesperada hemorroísa la envía en paz, curada de su mal de doce años en el que había gastado toda su fortuna y su vida (Mc 5,34); libera finalmente hasta de la misma muerte a la hija de Jairo (Mc 5,42). Son las obras de la misericordia del esperado Reino, que en Jesús se hace realidad.

En el evangelio ocurre algunas veces que una acción de Jesús parece agravar otra situación conocida. Por ejemplo, el caso de la mujer que padece de un flujo de sangre durante doce años, agrava el hecho de la enfermedad de la hija de Jairo, hasta su desenlace final. Jesús es más que un hacedor de milagros, pues sus acciones buscan la salvación correcta de las enfermedades que arrastran las personas, mediante un determinado tipo de fe.

La Hemorroísa es una mujer que a lo largo de su vida había padecido el hecho de ser mujer (cf. Mc 5,21-42), y que a causa de su mal podía ser condenada como una mujer impura (cf. Lev 12,7; 15,19;15,25;20,18). Quizá sea esa la razón por la que se ha incapacitado durante tantos años para el amor. Todo el esfuerzo de su vida consistió en tratar de comprar su salvación, entendida como salud física, como dignidad, como equilibrio o, confianza. Es por ello que a la larga esta mujer se convirtió en una mujer temerosa. Lo heroico y extraordinario del texto se encuentra en poder tocar a Jesús al menos tímidamente, contrariando incluso con ese gesto las prohibiciones de la ley religiosa que excluía como impura a una persona con esta enfermedad, y más a una mujer acercarse a un hombre de esa manera tan intempestiva.

La presencia misericordiosa de Jesús capacita a la persona a tomarse en serio sus propios miedos, e incluso a arriesgarse con una acción valiente a su favor, precisamente la que podía salvarla y llenarla de un sano orgullo. Si alguien cree que no puede curarse de una enfermedad de tantos años, por el simple hecho de acercarse por detrás a otra persona en medio de una multitud, es porque no conoce a Jesús, y porque su orgullo destructivo es más fuerte que su tímida valentía. Sin embargo el evangelio cuenta esta osadía como un milagro evidente; una mujer que tomó la decisión y el coraje suficiente de hacer algo por ella, y gracias a este gesto extraordinario experimentó su salvación, libertad y misericordia de Dios.

La pregunta de Jesús confirma la acción heroica de esta mujer: “¿Quién me ha tocado?” (v. 30), pues quien lo ha hecho no cometió una falta, ni un robo, sino que se trata de algo que hay que confesar en público para buscar y encontrar la vida. Es extraordinario que una mujer que debía avergonzarse de ser mujer, que era señalada como impura, y que por tocar a una persona la contamine de su impureza, por su gesto valiente sea considerada por Jesús un modelo de fe, por el mismo hecho de legitimar su derecho de vivir liberada.

La salvación de esta mujer hemorroísa se encuentra incrustada en otra escena en desarrollo y no menos urgente: La hija de Jairo. Se trata de una niña de apenas doce años que se está muriendo, y cuyo padre impaciente sale en busca de Jesús. Así entiende el evangelio las acciones de Jesús como un hospital de campaña:  “‘la Iglesia debe acompañar con atención y cuidado a sus hijos más frágiles, marcados por el amor herido y extraviado, dándoles de nuevo confianza y esperanza, como la luz del faro de un puerto o de una antorcha llevada en medio de la gente para iluminar a quienes han perdido el rumbo o se encuentran en medio de la tempestad’. No olvidemos que, a menudo, la tarea de la Iglesia se asemeja a la de un hospital de campaña”[2].

Este jefe de la sinagoga ha descubierto que no tiene otro poder y medio más que a Jesús, su retraso puede significar un demasiado tarde en la vida de su familia, pero para Jesús las situaciones, aun las más extremas, pueden ser consideradas una oportunidad para amar hasta devolverle la confianza a las personas, por ello le responde a Jairo: “no temas” (v. 36). Asumir una postura creyente de la vida y la muerte será la lección que hay que aprender, más que el milagro para no aceptar la realidad de la vida. Jairo y su familia no pueden creer y por ello adoptan una postura que se mofa y que manifiesta su desesperanza, por eso Jesús “los echó fuera” (v. 40), y al tomar la mano de la niña realiza el gesto más humano de Jesús motivo de su encarnación: levantar al hombre, hablar el idioma del más pequeño y necesitado (v. 41). Finalmente, Jesús devuelve a la niña a sus padres, pues son ellos quienes deben cuidarla.

  1. Del autoengaño.

El encuentro de Jesús con la Samaritana (cf. Jn 4,1-42) desempeña un papel que revela la misericordia de Dios por el encuentro, el diálogo, y principalmente por el reconocimiento de la persona de Jesús; un encuentro que desemboca con la fe de muchos: “Muchos samaritanos de aquel pueblo creyeron en él por lo que les dijo la mujer. Por eso le rogaron que se quedara, y se quedó allí dos días” (v. 39). El anuncio que hace en Samaría esta mujer es ante todo una lección de calidad relacional, después ‘pastoral’: Jesús antes de imponer, persuade; antes de dictaminar, pregunta; y en lugar de emplear un lenguaje de afirmación violenta, insinúa posibilidades y despierta inquietudes; por eso la mujer se pregunta así misma si “no será éste el Mesías” (v. 25).

Jesús fatigado, sudoroso, y agotado es la descripción más realistas del Nuevo Testamento (v. 6), ícono palpable de la encarnación, se detiene para hablar en público con una mujer, Samaritana y pecadora. Por esta forma de actuar, Jesús, invalida las leyes y costumbres dominantes cuando se trata de encontrar a alguien para salvarlo misericordiosamente. El “¡dame de beber!” y el “¡tengo sed!” de su hora (vv. 4,8 y 19,28) expresan la misma realidad en el evangelio de Juan. Simboliza que “se hizo en todo igual a nosotros, excepto en el pecado” (Hb. 4, 15).

Con la Samaritana, como con Nicodemo hay dos niveles de lenguaje: el de arriba y el de abajo: al comienzo no hay diálogo hasta que se abre paso a la gracia (v.10)[3]. Ambos personajes, Jesús y la Samaritana necesitan y piden algo concreto: ambos piden agua; Jesús la pide libre de todo prejuicio o interés, la Samaritana le pedirá agua a Jesús y este le corresponderá solo si ella es sincera consigo misma. El agua viva que Jesús ofrece, exige disponibilidad (v. 11), pues sin esta disponibilidad la persona estará condenada a volver a tener sed (v.13); soltar el cántaro de la propia seguridad si es necesario,  san Agustín expresa al respecto refiriéndose a su propia conversión: “Me hiciste, oh Dios, semejante a Ti, y mi alma está inquieta hasta que descanse en Ti”.

Beber del agua que Jesús ofrece es llevar dentro un manantial que salta hasta la vida eterna, significa identificarse, hacer memoria, con el que es fuente de esa vida nueva (v. 14). Jesús ofrece mucho más que llevar un agua, pues Él quiere que la mujer se convierta en un manantial, en algo que brota a borbotones, que se da, que se entrega totalmente,  que se vacía continuamente sin agotarse. El manantial es símbolo del amor oblativo. La petición de la Samaritana: “Señor dame de esa agua” (v. 4,15), expresa el deseo profundo del ser humano de eternidad y plenitud, “Mi alma tiene sed de Dios…” (Sal. 42, 3); aunque también el problema personal de fondo que le angustia y que interfiere en su búsqueda existencial, es por ello que Jesús intenta conducirla a plantear bien su problema, hasta purificar su conducta para salir en busca de esa agua.

La Samaritana exclamó: “¡Señor, veo que Tú eres un profeta!” (v.19), la ocasión fueron las palabras de Jesús en referencia a su marido: el conocía sus secretos personales, como con Natanael (cf. Jn 1,48). Profeta es el que sabe ver, e intuir la presencia misericordiosa de Dios, que por el pecado y la debilidad no vemos siempre. El profeta siempre tiene un corazón puro. La actitud profética es el discernimiento continuo en la propia vida cotidiana.

Un tema recurrente del evangelio de Juan es “la hora que ya ha llegado” (v. 23), con esta expresión también introduce la pasión y glorificación, es decir el momento de lo auténtico y definitivo. Afrontar esta hora oportuna es la responsabilidad ineludible de la Samaritana, su hora es el hoy visto como conversión, decisión, reconocimiento, compromiso, entrega siempre urgente y activa. El principio de misericordia es también, principio de realidad que conduce a captar cuándo es el momento de asumir con conciencia y valentía, el aquí y ahora, aunque sea acerbo. También la repetición “adorar al Padre en espíritu y en verdad” (vv. 23-24) que se puede interpretar como la necesaria profundidad (espíritu), autenticidad (verdad), que debería caracterizar la relación con Dios y con las personas.

La respuesta de la Samaritana a Jesús encaja con la esperanza del pueblo con respecto al Mesías: “Él lo explicará todo” (v. 25). En el encuentro ella recuerda que las escrituras se refieren a Jesús, pero lo experimenta de otro modo, pues Jesús le explica la clave de todas las cosas, donde todo tiene sentido y coherencia. Las palabras de la escritura en el texto del Bautismo y de la Transfiguración: ¡escuchadlo!, lo explican; conocer a Jesús es la síntesis y finalidad donde todo tiene un sentido: “pues Dios tuvo a bien hacer residir en Él toda la plenitud” (Col. 1, 17.19). Jesús se da a conocer con la expresión “yo soy” que coincide con muchas revelaciones de Dios tanto en el Antiguo Testamento (Ex 3,14; Dt 32,39; Is 41,4),  como en el Nuevo. En el evangelio de Juan esta expresión no es desconocida pues la utiliza, también, en este encuentro con la Samaritana (v. 26), con el ciego de nacimiento (9, 38), cuando habla de sí mismo, comprenderéis que Yo soy (13, 19), en el Huerto (18, 5). En definitiva Jesús es Salvador y significa Salvación en todas partes en donde se le busque.

  1. De la vida mal usada.

 Lucas, el evangelista de la misericordia narra la escena de los dos ladrones junto a la Cruz de Jesús (cf. Lc 23,39-43). Al inicio del evangelio narró el fracaso de Cristo ante sus paisanos (Lc 4, 24), y en los últimos momentos de la vida del Señor ofrece su triunfo sobre uno de los condenados con Él.

La muerte de Jesús es la de un fracasado, y escandaliza a los suyos, tanto que todos le abandonan: “Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas” (Mt 26,31). La dispersión de los discípulos del viernes santo significa que la causa de Jesús ya no puede seguir adelante, así que la fe de pascua exige reconstruir el proceso histórico entre el viernes santo y el domingo de pascua, es decir reconstruir primero la vida de cada discípulo.

Pero los evangelios dan a entender que la cruz no fue la catástrofe de Jesús, ni el fin de su causa, la crisis del viernes santo, en realidad no fue la crisis de Jesús sino de los discípulos. Las cosas pudieron ser diferentes si los discípulos desde el principio aceptan la posibilidad de la propia muerte, y por tanto la del maestro. Jesús muere entre dos ladrones, y mientras agoniza en la cruz, Lucas presenta a Jesús amando y lleno de misericordia hasta el final. Charles de Foucauld decía: Me enamoré de Cristo, y ya no quiero contemplar nada más. Los pobres, los que comparten su cruz, los que no tienen a donde huir en el momento del fracaso son los que aceptan la posibilidad de la muerte y asumen el escándalo de la cruz, a ellos también les corresponde anunciar la resurrección inmediata en la misma Cruz.

En la Cruz uno de los ladrones insultaba a Jesús (v.39), para él la salvación consiste en una salvación momentánea y egoísta. El otro, en cambio, descubre a Dios, y se abre a una conversión fulminante. Primero cae en la cuenta de su pecado: Nosotros sí, pero éste, nada malo ha hecho (v.41). Y convierte su destino en oración: “Jesús, acuérdate de mí cuando estés en tu reino” (v.42). La apertura a la misericordia transforma la maldición del dolor, en una experiencia compartida; Dios entonces no es indiferente a la humanidad, y el ladrón descubre a Alguien más con un corazón manso, humilde, injustamente asesinado, que respira paz, comprensión, perdón, ternura y que principalmente comparte su dolor. Dios es así de bueno en la Cruz.

También es la primera vez que en este Evangelio se llama a Jesús por su nombre, los discípulos le llamaban Maestro, Profeta, Hijo de Dios, Señor; pero este crucificado le llama Jesús: lo reconoce, y como a un amigo, a un compañero le pide algo más que librarse de su dolor, o de la muerte ignominiosa. El Reino de Dios desde la Cruz es un llamado a la conversión, y a la misericordia de Dios. “La buena noticia de ese terrible momento es que Dios es amor, y el amor es perdón y ha sido derramado para todos. Para el que comete errores pequeños y grandes. Para cada persona, cada corazón, esa es la hermosa noticia. Para vivir la conversión es necesario reconocer que nos equivocamos, también creer que Dios es amor, porque cuesta asumir y vivir el perdón: Entonces Él le dijo: En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso. Lc 23, 43”.

El diálogo de Jesús con el otro crucificado es entonces una expresión de la misericordia de Dios, constante a lo largo de la vida. Actuar con misericordia no es una actitud regional de Jesús, pues esta actitud configura su vida y su misión y le acarrea su destino. También actuar con misericordia configura la nueva visión de ser humano. Con la respuesta de Jesús, el evangelio de Lucas propone un ejemplo consumado de quien cumple el mandamiento del amor al prójimo sin importar la situación en que se encuentren. Misericordia es, pues, lo primero y lo último; no es simplemente el ejercicio de las llamadas obras de misericordia, es algo mucho más radical: la actitud fundamental ante el sufrimiento ajeno, donde se puede reaccionar para erradicarlo, y con la convicción de que lo que se juega sin escapatoria posible es el propio ser.

  1. De ser interesados.

 Un tema recurrente en los evangelios son los llamados anuncios de la Pasión: “El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres” (Mc 9,31; 14,41; Lc 24,7). Esta fórmula en el estilo de Jesús es enigmática pues, expresa la dificultad que la comunidad cristiana tuvo para integrar la muerte del Maestro; sin embargo, también los anuncios de la Pasión pueden significar una manera pedagógica, que encontró la comunidad primitiva para alentar su desánimo y duda, desde la revelación de Jesucristo y, su postura radical ante la posibilidad de la muerte. Armado de esta prueba, el discípulo estará en disposición de aceptar el significado profundo de otras palabras de Jesús manifestadas de forma metafórica y resumida, tales como: beber muy pronto el cáliz de la pasión y ser bautizado con el bautismo de la muerte, tal fue la respuesta a la irreflexiva petición de los hijos del Zebedeo (cf. Mc 10,35-40). O también: “fuego he venido a encender en la tierra, y ¡cuánto deseo que ya esté ardiendo! Pero es un bautismo lo que tengo que recibir y no veo la hora de que eso se cumpla” (Lc 12,49-50)

La pregunta importante en este momento es ¿qué implica seguir a Jesús por el camino que conduce hacia la cruz? (cf. Mc 9,31), los discípulos parecen no entender, ni aceptar esto. El primero en no aceptar fue Pedro a quien Jesús reprendió duramente. Pero dentro del grupo de discípulos había muchas dudas, pues sus discusiones discurrían sobre quién de ellos sería el más importante (cf. Mc 9,33-34), o en pedirle a Jesús los puestos de honor (v. 37). Las reacciones de los discípulos muestran que son incapaces de comprender, que no ven el sentido de lo que Jesús les pide, y por eso son incapaces de seguirle. A ellos les parecía que renunciar a sí mismos, perder la vida, ponerse en el último lugar, hacerse servidores y esclavos de todos… era sencillamente imposible; y como si no hubieran oído lo que Jesús les decía seguían buscando el poder y la gloria. Los discípulos no sabían que para comprender, necesitaban considerar las exigencias de Jesús: seguirle, y para esto era necesaria la súplica y la oración. Ser discípulo no es el fruto de una conquista, sino de un don, algo que sólo se puede obtener de Dios con una súplica prolongada y confiada.

El episodio de los Zebedeos se cierra con la invitación a servir siguiendo el modelo del Hijo del hombre, que ha venido a ser servido. La petición de los hijos de Zebedeo era los primeros lugares en el reino, la discusión de los discípulos por el camino era la misma, es decir, el problema general de la comunidad; pero la enseñanza de Jesús es que aquel que quiera ser el mayor, el primero tiene que ser el último y servidor de todos (v.43).

A su vez ambos hermanos reciben de Jesús una doble respuesta a su petición: la primera, con la alusión a la copa y al bautismo, parece concederles el cumplimiento de su deseo mediante una condición determinada (v.38). En la segunda respuesta, Jesús les dice que sólo Dios es competente para conceder lo que ellos piden (v.40). Jesús responde a los hermanos ambiciosos haciéndoles ver que no perciben todo el alcance de su petición, pues el camino de Jesús es la cruz, a la que pretendían no prestar la menor atención, beber la misma copa, y ser bautizados con el mismo bautismo de Jesús designa una misma cosa, significa el destino, tanto bueno como malo. La medida es el sufrimiento del que son capaces de soportar, hasta entender lo que realmente vale la vida de la comunidad. El tono de autosuficiencia de los hermanos se transformará en conocimiento de la misericordia de Dios, que se expresará con su martirio, pero supone además, que los discípulos están simultáneamente capacitados para un martirio similar. La palabra final dice que los discípulos no deben estar dominados por la espera de una recompensa especial, sino por la disposición de seguir el camino de la cruz.

Finalmente, el fundamento de la exigencia de Jesús es el servicio y la muerte mística. Con esto los dos discípulos conocerán la totalidad de la vida de Jesús bajo un aspecto determinado: la entrega de la vida.

  1. De mi poca fe.

 Pedro en los evangelios es quien reconoce al Mesías, pero también quien tiene que aprender a caminar hacia la cruz de Jesús (cf. Mc 8,27-10,45). Seguimiento significa entonces negación de uno mismo en el camino del Crucificado: es decir, que Jesús pide una nueva decisión. El relato de la transfiguración confirma a Jesús en su camino e invita a los discípulos a escucharle; los anuncios de la pasión iluminan la incapacidad de los discípulos para seguir a Jesús, pues ellos discuten entre sí quién es el mayor; la petición de los hijos del Zebedeo deseando los primeros lugares; y en general todas las situaciones de la comunidad de discípulos, obligará a Jesús a dirigir sus palabras para adoctrinar al grupo hasta el significado de dar la vida.

Las preguntas de Jesús abren el camino que les llevará a aclarar su fe es el caso de la confesión de Pedro (v. 27-30), pero lo que se entiende es que ante la posibilidad de la pasión (v. 31), el discípulo reaccione de manera tan cobarde hasta la reprensión del maestro (v. 32 s). La dura reprensión al discípulo más prestigioso con la etiqueta que él es un Satán contrapone el seguimiento a Dios y, los verdaderos intereses de los discípulos. Pedro es el portavoz de los discípulos, pero no es el único responsable de la comunidad, sino que juntamente con él están los demás discípulos. La relación con Jesús consiste en preguntar, hablar, responder, prohibir, enseñar, censurar, en la dinámica cotidiana del diálogo. Si Pedro es quien ha confesado a Jesús como Cristo, y más adelante por la posibilidad de la pasión se rebela es porque él mismo no está convencido del Maestro. Llevar a Jesús a un punto apartado (v.33) suaviza la postura del discípulo, pero no deja de ser escandaloso el interés de protegerse. La reprimenda entonces se refiere también a los discípulos a quienes llama a seguir detrás de sí. El hecho que la reprimenda ponga en peligro la condición de discípulo y le califique de Satán significa que, el discípulo tiene que reconocer el camino del sufrimiento de Jesús y asumirlo como su único camino personal.

La apatía ante el padecimiento y la muerte acusa de dejarse llevar por lo humano, una postura que podemos reconocer también nosotros, pues nos inclinamos con más gusto hacia el vencedor que hacia el vencido. La incapacidad de sufrir y el miedo impiden entender al Hijo del hombre y a asumir su padecimiento, que es hoy la historia dolorosa de los hombres de nuestro tiempo. Pero la aceptación de la Cruz no es algo abstracto y teórico, sino que se pone de manifiesto en la simpatía con los que sufren.

La posterior negación de Pedro (cf. Mc 14, 66-72) ilumina indirectamente el lugar de Jesús en una comunidad. No se dice que el discípulo conoce o desconoce al maestro, aunque se señala que ambos son galileos, el evangelio señala claramente la respuesta de Pedro que lo niega: es decir el distanciamiento de Jesús. Pedro no quiere tener nada que ver con el asunto, ante el aumento de la tensión que se hace patente en el grupo, hasta el canto del gallo que marca la hora y el recuerdo del anuncio que había hecho Jesús (Mc 14, 30). Si el evangelio se empeña en narrar detalladamente este anuncio que se cumple al pie de la letra es porque las acciones del discípulo marcan la responsabilidad de todo el grupo. Y, el recuerdo de la palabra de Jesús hace que Pedro rompa a llorar al reconocer ahora su fracaso. Se llora por ansiedad (2 Re 20, 3), por alegría (Gen 46, 29), pero también por vergüenza y arrepentimiento (cf. Lam 1, 14-16; Lc 7, 38)

Se contrapone entonces la valiente confesión de Pedro y la negación. Ambas realidades constituyen la autorevelación del grupo de seguidores que también van a la cruz,  junto a su debilidad cuando huyen de ella. Hay que entender esta realidad como parte del seguimiento en la disposición de los discípulos a ir a la cruz. Pero también en la mirada de Jesús que provoca el llanto del discípulo, se puede entender al mismo tiempo que Jesús sostiene al discípulo en la hora de su fracaso. Su arrepentimiento será la condición para que pueda ser recibido de nuevo; así el arrepentimiento será obra de la misericordia del Señor.

Al inicio del tiempo de la iglesia es que sucede el encuentro de Pedro con Jesús y la pregunta que activa el compromiso es: ¿Simón, hijo de Juan, me amas más que éstos?. El me amas de la pascua es la pregunta insistente de Jesús a sus discípulos, clave para el servicio cristiano. La cruz  concretó todo aquello que los discípulos rehuyeron en el camino con el Maestro, pero el mensaje de amor rechazado por el mundo en busca de poder, eficacia y dominio, ante las heridas del crucificado se fueron convirtiendo en un cuerpo glorioso.

Con la pregunta directa de si le ama de verdad, Pedro pudo rehacer su vida para anunciar un amor incondicional. La pregunta no es si las personas te toman en serio, sino si tú le amas, si le conoces, si estás dispuesto a dar amor y recibirlo como respuesta al su amor manifestado en la cruz. Y de la pregunta y disponibilidad del discípulo, surge la misión: “Apacienta mis corderos, cuida de mis ovejas, aliméntalas” (v.). Jesús habla sobre pastorear, de servir, de ser creativo, de acompañar, de conocer más a los que caminan junto al grupo. En primer lugar los doce, de dos en dos (Mc 6,7), “Si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir cualquier cosa, la obtendrán de mi Padre celestial. Porque donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy en medio de ellos” (Mt 18,19-20); la experiencia es mutua antes que individual, y lo que debe llenarnos de orgullo por la misión cumplida es que podamos hacer juntos estas experiencia. La misión de Jesús no es una tarea sólo de profesionales, es ante todo de hermanos y hermanas vulnerables, que se conocen y son conocidos, que se cuidan juntos, que se perdonan y son perdonados, que aman y son amados.

Finalmente Jesús le habla a Pedro de madurez: “Te aseguro que cuando eras más joven, tú mismo te ceñías el vestido e ibas adonde querías; más cuando seas viejo, extenderás los brazos, y será otro quien te ceñirá y te conducirá adonde no quieras ir” (Jn 21,18). La sociedad moderna insiste mucho en la autonomía y la juventud se expresa como un tiempo de dependencias, pues no siempre el individuo puede ir adonde quiere, mientras que el adulto se define como alguien que puede tomar sus propias decisiones, seguir su camino, y dominar el propio destino. Pero Jesús tiene una visión distinta de la madurez: es la capacidad y la voluntad de dejarte llevar adonde no quisieras ir. Para Jesús el servidor de todos es el conducido a lugares desconocidos, no deseados y penosos.

El abandono en manos de otro al estilo de Jesús (cf. Fil 2,6-7) marca el camino de la nueva comunidad. El pobre que no tiene nada, salvo un cayado, “…ni pan, ni zurrón, ni dinero en la faja” (Mc 6,8) será quien se deje guiar verdaderamente por Dios. San Pablo escribe a Timoteo: “Los que quieren enriquecerse caen en tentaciones y trampas, y se dejan dominar por deseos insensatos y funestos, que hunden a los hombres en la ruina y en la perdición” (I Tim 6,9). Si hay algún tipo de esperanza para la Iglesia en el futuro, ésta será para una Iglesia pobre en la que sus líderes se dejen guiar.

  1. De un tipo de sexualidad.

 Los gestos de Jesús evocan las acciones simbólicas de los profetas, por eso resultan polémicos,  y abren una brecha en las tradiciones que al pueblo de Israel le parecían intocables: normas, comportamientos, ideas e instituciones. Si los profetas compararon a Israel con una ramera y una adúltera (Is 1,21; Os 2; Ez 16), con una paloma atolondrada (Os 6,11), o una borrica salvaje en celo (Jer 2,23), Jesús con su predicación y su misericordia insertó a su comunidad a estas personas excluidas.

El grupo central de Jesús estaba compuesto de hombres y mujeres, esto fue muy importante para hacer el proceso de la fe de pascua. Las personas que le seguían fueron tocadas por él, las cambió: a los ricos los vuelve pobres, a los pobres los vuelve sus discípulos, y a las mujeres con mala fama las vuelve vírgenes.

Pero la relación con Jesús comporta más que un cambio, Él no estaba de acuerdo, por ejemplo, con la marginación de la mujer y por ello se enfrentó con las autoridades, en los evangelios hay algunos casos: La mujer encorvada, que es acogida como “hija de Abrahán (Lc 13,10-17), la señora considerada impura por causa del flujo de sangre (Mc 5,25-34), la mujer adúltera a la que los fariseos querían matar a pedradas (Jn 8,2-11), la samaritana, despreciada como hereje (Jn 4,25-26), la mujer extranjera de la región de Tiro y Sidón (Mc 7,2430), las madres con hijos pequeños a quienes Jesús bendice en contra de los mismos discípulos (Mt 19,13-15), María Magdalena, que decían que estaba poseída por siete demonios (Mc 16,9) curada por Jesús, y a quien le encomendó transmitir a los apóstoles la Buena Noticia de la resurrección (Jn 20,1618). Con estas personas Jesús comenzó la predicación y construcción del Reino.

El gesto de la mujer de los perfumes (cf. Mc 14, 3-9), va mucho más allá de un derroche de trescientos denarios que hubieran servido para aliviar las desgracias de algunos pobres; es ante todo el anuncio de la Pasión, que devela la misericordia de Dios manifestada en Jesús. Con el gesto de la unción en Betania, una mujer señalada y criticada unge con perfume la cabeza de un condenado a muerte, pues lo hace “para anticipar mi sepultura” dice Jesús. Y un condenado ya ha perdido la dignidad, pero el cuerpo de Jesús significa algo para alguien y por ello esta mujer lo honra. Pero el gesto de la unción denota el nuevo tiempo pues son los pobres, los pecadores estigmatizados, las mujeres excluidas, los más pequeños que no cuentan quienes apuestan por este gesto.

El encuentro con María Magdalena inclinada sobre el sepulcro (cf. Jn 20,11-18) y empeñada en su deseo de recuperar aunque fuera el cadáver de Jesús, quien aunque está fuera, dentro en el sepulcro solo hay una tumba. La identidad de María Magdalena había desaparecido pues los interlocutores la llaman mujer, pero el cronista la recuerda por su vida anterior de quien había, Jesús, expulsado siete demonios. En la pascua, la nueva vida que Jesús inaugura desaparecen las señales de identidad, más aun, aquellas que dañan las personas y su relación con el grupo.

La actitud de muerte que engendra lágrimas e inmovilidad es lo que el encuentro con Jesús debe provocar en las personas; de ahí que en el diálogo con el resucitado la mujer reencuentra su nombre: María. Pero el desconocido que le habla también recupera su puesto: Maestro. Si el tiempo pasado condiciona la identidad del otro, el lugar del nuevo encuentro no está en el sepulcro, que en griego tiene la misma raíz de recordar. También el espacio es recuperado, de la horizontalidad inmóvil subrayada por la postura de los ángeles a la cabecera y a los pies en la tumba, a el dinamismo de la resurrección anunciado por Jesús: “subo a mi Padre y a vuestro Padre; a mi Dios y a vuestro Dios”.

La misión de este nuevo encuentro es: ir a los hermanos, es decir abrir en la comunidad nuevas relaciones. Por la obediencia de María Magdalena se abre camino la Buena Noticia: “he visto al Señor y me ha dicho esto”. La obediencia al proyecto de Jesús es el camino de la responsabilidad y por tanto de la superación del ámbito de lo privado. María Magdalena por su disponibilidad invita a abrir caminos nuevos, más allá de sí misma, y eso sin renunciar a la intensidad que el Evangelio presenta de esta mujer como un derroche, esplendidez y ausencia de cálculo. No hay que olvidar que fueron las manos de María Magdalena las que rompieron el frasco de perfume que inundó toda la casa de olor a nardo (Jn 12,3).

  1. De materialismo.

 Zaqueo el cobrador de impuestos que Lucas relata al inicio del capítulo 19 siente una gran curiosidad por conocer a Jesús (cf. Lc 19,1-10). Zaqueo que significa “puro”, “absuelto de culpa”, tendrá que encontrarse con Jesús, pero también tendrá que superar el murmullo de los que se escandalizan por la actitud de Jesús. Al parecer quienes no entienden a Jesús son los “buenos”, pues su “bondad” les impide reconocer el alcance de la misericordia de Dios.

Precisamente el evangelio presenta a Jesús de camino, es decir en continuo movimiento, pero de paso por la ciudad de Jericó que era la segunda ciudad en importancia luego de Jerusalén, punto de encuentro de mercaderes y de viajeros. Era el lugar preciso para que un cobrador de impuestos prestara el servicio de su oficio sucio al imperio de turno. La ciudad de Jericó por tanto no era el ambiente grato para seguir a Jesús. De Zaqueo sabemos su nombre, su estatura, sus intenciones, su oficio, su situación económica, pero el evangelio quiere presentar algo más, a un Jesús que complica su camino al detenerse a cenar en la casa de un hombre mal visto por los demás, con poquísimo que ver, con una pésima opinión por ser “codicioso y arbitrario”: “¡Qué difícil que los ricos entren al Reino de Dios!” (18,24). Pero el evangelio se anticipa diciendo: “Hoy ha llegado la salvación a esta casa” ¿Cómo? ¿En qué condiciones? ¿Con qué consecuencias?

La sana curiosidad es el ingrediente fundamental de la historia de Zaqueo. No es la curiosidad morbosa o chismosa, sino la feliz curiosidad la que le cambió la vida, y la que le obligó a enfrentar su destino. Para ello era necesario el deseo de Zaqueo por conocer a Jesús, sobreponiéndose a las dificultades del momento: “Por eso yo les digo: pidan y se les dará, busquen y encontrarán, llamen y se les abrirá. Porque todo el que pide recibe, el que busca encuentra y al que llama se le abre (11,9-10). Zaqueo buscó y encontró. Sin embargo no basta. Querer “ver” a Jesús, también es fundamental e importante aceptarlo.

Zaqueo quería ver a Jesús pero Jesús quería ver a Zaqueo, por eso lo llama a bajar para que le invite a su casa, y por eso Zaqueo se baja con la misma rapidez con que se subió al árbol: “Zaqueo, baja pronto, porque hoy tengo que hospedarme en tu casa” (19,5). Hospedarse en casa de Zaqueo significa procurar con la cercanía liberar al hombre de su esclavitud, y brindarle una seguridad y confianza diferentes. La novedad de Jesús consiste en compartir algunos momentos del camino, pero permitiéndole a la misericordia obrar el don gratuito de la salvación que Dios ofrece en Jesús. Y porque Zaqueo accede a esa oferta e invitación de Jesús experimenta la alegría, gesto del discípulo,  y la fe, aceptación de la voluntad de Dios.

Zaqueo reconoce a Jesús como Señor, es decir las implicaciones y efectos de su confesión. Su encuentro con Jesús no lo deja indiferente sino que se ve empujado, por la cercanía y la gratuidad a reconocer la distancia existencial entre su modo de obrar y la misericordia de Jesús. Encuentro y cercanía provocan deseo de enmienda y conversión (19,8), genera cambio de dirección de la propia vida, y alegría. Pero Jesús no anda ofreciendo gracia barata sino transformación de la vida y de las actitudes que nadie quiere cambiar. La conversión, en sentido estricto, es primero un cambio de mentalidad, otra forma de concebir la vida, la felicidad, la relación con los demás y con Dios. Otra manera de ser y de conducirse, por ello al encuentro con la mirada de Jesús, el evangelio revela de inmediato otra concepción de sí mismo y de los demás, sobre todo en relación a las riquezas y a los pobres.

Las riquezas estorban según el evangelio de Lucas: “Tengan mucho cuidado con toda clase de avaricia pues aunque se nade en la abundancia, la vida no depende de las riquezas” (12,15), y “vendan sus posesiones y compartan generosamente. Acumulen aquello que no pierde valor, tesoros inagotables en el cielo, donde ni el ladrón ronda ni la polilla destruye. Porque donde está tu tesoro, allí estará tu corazón” (12,33-34). Es decir que si el tesoro consiste en las riquezas, el corazón se corrompe y se estropea. Porque se ha puesto a las riquezas en el primer lugar, el corazón se endurece, se vuelve insensible, soberbio, frío. Pero el “otro” tesoro lo revitaliza, lo hace un corazón de carne (cf. Ez 36,26), donde es posible, entre otras cosas, el amor, la amistad y la alegría: el compartir y la solidaridad. Zaqueo en su encuentro con Jesús declara sacudir sus excesos encontrándose con su verdad, y compartiendo con los pobres y de los defraudados. La reacción de Zaqueo se explica por la presencia de Jesús, que le miró desde el comienzo de su encuentro con misericordia: el encuentro auténtico con Jesús hace libres las personas respecto de los bienes materiales, porque es la única manera de entrar al Reino (14,33; 16,13; 18,22.25), de poseer el verdadero sentido de la existencia (18,18) y de ser discípulo del Señor (18,23).

Entonces dijo Jesús: hoy ha llegado la salvación a esta casa, pues también éste es hijo de Abraham. Pues el Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido” (19,9-10). El tema de la salvación marca la continuidad y perseverancia del seguimiento, pues Jesús colma y cumple toda expectativa de salvación en las personas. La respuesta de Jesús confirma que se restablece la justicia en la adecuada relación del hombre con los bienes, y con los demás en especial los pobres.

[1] Amar también es volverse amable, y allí toma sentido la palabra asjemonéi. Quiere indicar que el amor no obra con rudeza, no actúa de modo descortés, no es duro en el trato. Sus modos, sus palabras, sus gestos, son agradables y no ásperos ni rígidos. Detesta hacer sufrir a los demás. La cortesía «es una escuela de sensibilidad y desinterés», que exige a la persona «cultivar su mente y sus sentidos, aprender a sentir, hablar y, en ciertos momentos, a callar». Ser amable no es un estilo que un cristiano puede elegir o rechazar. Como parte de las exigencias irrenunciables del amor, «todo ser humano está obligado a ser afable con los que lo rodean». Cada día, «entrar en la vida del otro, incluso cuando forma parte de nuestra vida, pide la delicadeza de una actitud no invasora, que renueve la confianza y el respeto […] El amor, cuando es más íntimo y profundo, tanto más exige el respeto de la libertad y la capacidad de esperar que el otro abra la puerta de su corazón ». Papa Francisco. Amoris Leticiae. n.99

[2] Papa Francisco, Amoris laetitia. Exhortación Apostólica Postsinodal. 2016. N. 292.

[3] Leer en paralelo Salmo 42,2.