Germán Alberto Méndez. C.P.

Asesor Espiritual.

 

 “Alegraos y regocijaos” es la exhortación con la que el Papa Francisco quiso recordarle a la Iglesia el llamado a la Santidad, vocación común que recibimos en el bautismo. La fecha este documento es 19 de marzo de 2018. Nota aclaratoria: esta carta no es original de mi autoría, sino que sigo casi literalmente algunas palabras del Santo Padre.

El Santo Padre dice: No pensemos solo en los ya beatificados o canonizados. El Espíritu Santo derrama santidad por todas partes, en el santo pueblo fiel de Dios, porque fue voluntad de Dios el santificar y salvar a los hombres, no aisladamente, sin conexión alguna de unos con otros, sino constituyendo un pueblo, que le confesara en verdad y le sirviera santamente: la Iglesia, el Movimiento, la Familia, la Escuela… ¡Tantos ambientes a los que estamos llamados!

Me gusta ver la santidad en el pueblo de Dios paciente –dice el Papa-: a los padres que crían con tanto amor a sus hijos, en esos hombres y mujeres que trabajan para llevar el pan a su casa, en los enfermos, en las religiosas ancianas que siguen sonriendo. En esta constancia para seguir adelante día a día, veo la santidad de la Iglesia militante. El llamado que nos hace el hoy Jesús en el Movimiento es a perseverar en el compromiso de ser hombres nuevos, renovados por Jesucristo. Esa es muchas veces la santidad «de la puerta de al lado», de aquellos que viven cerca de nosotros y son un reflejo de la presencia de Dios, o, para usar otra expresión, «la clase media de la santidad. Le agradezco a todos aquellos que me ayudaron a perseverar en todo este tiempo, la estrategia siempre es la misma invitar, recordar nuestra cita con Jesús a quien tenemos arriba o abajo del cuadrante (del directorio de EPJ).

Todo lo que ayude a la perseverancia es importante, sin embargo, lo que quisiera recordar con esta carta y desde luego con la Exhortación del Papa Francisco es sobre todo el llamado a la santidad que el Señor hace a cada uno de nosotros, jóvenes; este es el llamado personal: “Sean santos porque yo, tu Dos y Padre, soy santo”. Pido perdón por no trabajar comprometidamente en continuar promoviendo la causa de beatificación del P. José María, sigo creyendo que en Él, el Movimiento y la Iglesia tiene un modelo auténtico y original de santidad.

El testimonio del Padre Pujadas nos dice hoy algo muy importante: Sé santo viviendo con alegría tu entrega. “¿Estás casado? Sé santo amando y ocupándote de tu marido o de tu esposa, como Cristo lo hizo con la Iglesia. ¿Eres un trabajador? Sé santo cumpliendo con honradez y competencia tu trabajo al servicio de los hermanos. ¿Eres padre, abuela o abuelo? Sé santo enseñando con paciencia a los niños a seguir a Jesús. ¿Tienes autoridad? Sé santo luchando por el bien común y renunciando a tus intereses personales”.

Esta santidad a la que el Señor nos llama va creciendo con pequeños gestos. Estos gestos son un desafío creciente en nuestras comunidades de jóvenes. No se puede estar esperando recibir siempre, es necesario dar y preocuparse por todos. Por ejemplo: una señora va al mercado a hacer las compras, encuentra a una vecina y comienza a hablar, y vienen las críticas. Pero esta mujer dice en su interior: «No, no hablaré mal de nadie». Este es un paso en la santidad. Quizá tengamos que vivir menos preocupados de lo que hacen otros, para empezar a vivir más ocupados en la tarea de la evangelización.

Esto es un fuerte llamado de atención para todos nosotros. Tú también necesitas concebir la totalidad de tu vida como una misión. Inténtalo escuchando a Dios en la oración y reconociendo los signos que él te da. Pregúntale siempre al Espíritu qué espera Jesús de ti en cada momento de tu existencia y en cada opción que debas tomar, para discernir el lugar que eso ocupa en tu propia misión. Y permítele que forje en ti ese misterio personal que refleje a Jesucristo en el mundo de hoy.

No tengas miedo de la santidad. No te quitará fuerzas, vida o alegría. Todo lo contrario, porque llegarás a ser lo que el Padre pensó cuando te creó y serás fiel a tu propio ser. Depender de él nos libera de las esclavitudes y nos lleva a reconocer nuestra propia dignidad.

En medio de la tupida selva de preceptos y prescripciones, Jesús abre una brecha que permite distinguir dos rostros, el del Padre y el del hermano. No nos entrega dos fórmulas o dos preceptos más. Nos entrega dos rostros, o mejor, uno solo, el de Dios que se refleja en muchos. Porque en cada hermano, especialmente en el más pequeño, frágil, indefenso y necesitado, está presente la imagen misma de Dios. En efecto, el Señor, al final de los tiempos, plasmará su obra de arte con el desecho de esta humanidad vulnerable. Pues, «¿qué es lo que queda?, ¿qué es lo que tiene valor en la vida?, ¿qué riquezas son las que no desaparecen? Sin duda, dos: El Señor y el prójimo. Estas dos riquezas no desaparecen».

Volvamos a escuchar a Jesús, con todo el amor y el respeto que merece el Maestro: «Felices los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos». Jesús propone otro estilo: la mansedumbre. Si vivimos tensos, engreídos ante los demás, terminamos cansados y agotados. Aun cuando uno defienda su fe y sus convicciones debe hacerlo con mansedumbre, y hasta los adversarios deben ser tratados con mansedumbre. Reaccionar con humilde mansedumbre, esto es santidad.

«Felices los que lloran, porque ellos serán consolados». La persona que ve las cosas como son realmente, se deja traspasar por el dolor y llora en su corazón, es capaz de tocar las profundidades de la vida y de ser auténticamente feliz. Esa persona es consolada, pero con el consuelo de Jesús y no con el del mundo. Así puede atreverse a compartir el sufrimiento ajeno y deja de huir de las situaciones dolorosas. Saber llorar con los demás, esto es santidad.

«Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos quedarán saciados». La justicia empieza por hacerse realidad en la vida de cada uno siendo justo en las propias decisiones, y luego se expresa buscando la justicia para los pobres y débiles. Buscar la justicia con hambre y sed, esto es santidad.

«Felices los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia» La misericordia tiene dos aspectos: es dar, ayudar, servir a los otros, y también perdonar, comprender. Jesús no dice: «Felices los que planean venganza», sino que llama felices a aquellos que perdonan y lo hacen «setenta veces siete». Mirar y actuar con misericordia, esto es santidad.

«Felices los de corazón limpio, porque ellos verán a Dios» Esta bienaventuranza se refiere a quienes tienen un corazón sencillo, puro, sin suciedad, porque un corazón que sabe amar no deja entrar en su vida algo que atente contra ese amor, algo que lo debilite o lo ponga en riesgo. Cuando el corazón ama a Dios y al prójimo, cuando esa es su intención verdadera y no palabras vacías, entonces ese corazón es puro y puede ver a Dios. Mantener el corazón limpio de todo lo que mancha el amor, esto es santidad.

«Felices los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios» Los pacíficos son fuente de paz, construyen paz y amistad social. A esos que se ocupan de sembrar paz en todas partes, Jesús les hace una promesa hermosa: «Ellos serán llamados hijos de Dios» Sembrar paz a nuestro alrededor, esto es santidad

«Felices los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos» Jesús mismo remarca que este camino va a contracorriente hasta el punto de convertirnos en seres que cuestionan a la sociedad con su vida, personas que molestan. La cruz, sobre todo los cansancios y los dolores que soportamos por vivir el mandamiento del amor y el camino de la justicia, es fuente de maduración y de santificación. Aceptar cada día el camino del Evangelio aunque nos traiga problemas, esto es santidad.

 

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