ASE-014-2009

Germán Alberto Méndez.C.P.

Asesor Espiritual.

                   

A todos los Emproístas Mexicanos,

con especial atención al mayor de ellos Mons. Pedro Juarez.

 

INTRODUCCIÓN

En todos de nuestros Encuentros los emproístas siempre repetimos con alegría que nuestro Movimiento tiene en sus bases como fundamento la presencia viva de Jesús, y que por ende nuestro Carisma es cristocéntrico: Que Jesús es la razón de nuestra familia en la iglesia.  Es la misma constatación que hicieron los Obispos de Latinoamérica en su reunión de Aparecida.  Es por ello que quisiera comenzar una preparación que nos lleve hasta nuestro Encuentro Internacional durante estos meses leyendo el documento de Aparecida, y proponiendo para nuestra reflexión algunos puntos que nos podrían ser útiles, como guías y como cristianos de este continente de la juventud. A través de esta nueva carta también quisiera comunicarles que Dios mediante este año nos daremos cita en Tlaxcala, México para celebrar el próximo Encuentro Internacional de guías del 9 al 14 de Agosto.

El camino que seguiremos lo trazaremos como camino desde Medellín hasta Aparecida.  Cuando escribo Medellín me refiero a la reunión de los Obispos del 1968; aunque también me quiero referir al proceso que los emproistas hemos realizado entre Medellín y México, es decir, entre nuestros dos encuentros internacionales.

Abordar el tema de Jesús al centro de nuestra familia nos exige tener en cuenta algunas cuestiones importantes: Los documentos de Medellín, Puebla, Santo Domingo, y Aparecida no desarrollan propiamente una tratado de cristología, más bien expresan la experiencia de vida de nuestros pueblos, de sus culturas y comunidades. Ellos son documentos pastorales. Pastoral quiere decir que lo que allí se reflexione influye definitivamente en el proyecto pastoral, en el tipo de anuncio, y en el modelo de iglesia que se quiere construir.

Por ello todos los documentos tienen un método bien concreto, primero nos presentan una visión que se tiene de la realidad, es decir, la lectura de los signos de los tiempos.  Esta lectura de la realidad se concreta en algunas preguntas que los pastores le van a hacer a Jesús y a la Iglesia, para desde las respuestas que se den, determinar el tipo de pastoral y de misión que se quiere realizar. El origen de esta metodología hay que situarlo en la Conferencia de Medellín; nosotros lo conocemos como el Ver, Juzgar y Actuar. De este manera de leer la realidad y de responder a ella a partir de su palabra, es que Jesús tiene una centralidad en nuestros proyectos y comunidades.

I. LA CRISTOLOGÍA EN MEDELLÍN, PUEBLA Y SANTO DOMINGO:

La Conferencia de Medellín quiso ser una aplicación del Concilio Vaticano II para la Latinoamérica, sin embargo fue más allá: se convirtió en un desarrollo creativo del espíritu del Concilio en y para las circunstancias histórico-sociales concretas del Continente.

En Medellín, la dramática situación de pobreza, leída como el mayor signo de los tiempos de ese entonces, marcará todas las reflexiones y conclusiones de los Obispos. El misterio de Cristo leído desde la dramática situación de pobreza, resaltando el haberse hecho históricamente pobre, hace emerger de él toda su fuerza liberadora.

Según Medellín:

“Toda liberación es ya un anticipo de la plena redención de Cristo”, y por eso, “la Iglesia de América Latina se siente particularmente solidaria con todo esfuerzo educativo tendiente a liberar a nuestros pueblos (Educación, 9).

Y, más adelante, continúa afirmando el mismo documento:

“Por esto, todo “crecimiento en humanidad” nos acerca a “reproducir la imagen del Hijo para que El sea el primogénito entre muchos hermanos” (Educación, 9).

Y, luego, refiriéndose a la catequesis, dice que:

“Debe asumir totalmente las angustias y esperanzas del hombre de hoy, a fin de ofrecerle las posibilidades de una liberación plena, las riquezas de una salvación integral en Cristo, el Señor. Por ello debe ser fiel a la transmisión del Mensaje bíblico, no solamente en su contenido intelectual, sino también en su realidad vital encarnada en los hechos de la vida del hombre de hoy” (Catequesis, 6).

Después de todo el proceso de concientización que despertó Medellín, por su postura exigente frente a la realidad y la responsabilidad social, y frente al crecimiento de las pequeñas comunidades, emergió una nueva Conferencia de los pastores: Puebla, en su apartado denominado “la verdad sobre Jesucristo”, verdad que va a fundamentar la verdad sobre la Iglesia y la verdad sobre el hombre. Pretende Puebla salirle al paso a una presentación parcial de la figura de Jesús, proclamando integralmente la verdad sobre Jesucristo (Cf. DP 3, 180).

Los obispos hacen notar que la situación de pobreza del Continente ha crecido a niveles escandalosos y que el clamor de los pobres es ahora más tumultuoso e impresionante (DP 87). Esta situación de pobreza, que sigue siendo el signo de los tiempos mayor en el Continente y que se revela en rostros muy concretos (cf. DP 32-39), requiere ser asumida por la Iglesia desde el anuncio de Jesucristo.

En este contexto, desde una comprensión de Jesús marcada por el dato histórico y evangélico de su cercanía a lo más pobres, haciéndose pobre como ellos, -comprensión que viene desde Medellín y que va a marcar la cristología de todas las Conferencias Generales hasta Aparecida-, los obispos del Continente, dan fundamento cristológico a la opción por los pobres. Hacen notar los obispos, que por medio de Jesús, Dios ha querido identificarse con ternura especial con los más débiles y pobres (cf. DP 196) y por eso, la opción que se hace por ellos permite, por una parte, una identificación cada día más plena con Cristo pobre y con los pobres (cf. DP 1140-1143) y, por otra, el servicio a ellos es la medida privilegiada, aunque no excluyente, de nuestro seguimiento de Cristo (cf. DP 1145).

En la Asamblea de Santo Domingo, y movidos por el lema mismo de la Conferencia: “Jesucristo ayer, hoy y siempre” (Heb 13,8), la persona de Jesús ocupa una centralidad patente desde el comienzo de la reunión, hecho que queda plasmado en el documento final de la Conferencia. La profesión de fe con la que arranca el documento (Cf. DSD 4-15) es innegablemente el hilo conductor y el elemento central y unificador de la Nueva evangelización.

Cristo es proclamado como el “Evangelio del Padre”, en cuanto él es en persona síntesis y encarnación permanente del mensaje.  Se trata de la confesión de fe de una iglesia que se siente urgida a realizar una nueva evangelización como respuesta, por una parte, a “la delicada y difícil situación en la que se encuentran los países latinoamericanos”, y, por otra, al desafío del diálogo entre el Evangelio y los distintos elementos que conforman nuestras culturas para purificarlas y perfeccionarlas desde dentro, con la enseñanza y el ejemplo de Jesús (Cf. DSD 22; 24).

Se encuentra, pues, en el documento de Santo Domingo, como es fácilmente constatable, un manifiesto cristocentrismo. La Iglesia del Continente ha re-centrado, en esa Conferencia, su ser y su misión en la persona viva de Jesucristo. Se trata de una confesión de fe vital, más que doctrinal y teórica, pues esa misma confesión de fe llama a la conversión e impulsa una nueva evangelización, que se traduce en el compromiso por la promoción humana y por la inculturación del Evangelio.

II. LA CRISTOLOGÍA EN APARECIDA

La Conferencia de Aparecida se realiza en un contexto socio-histórico de globalización y postmodernidad; si recordamos se trata del tema que abordamos en el Encuentro Internacional de Costa Rica. Los Obispos en Brasil han insistido que el contexto está determinado por un verdadero cambio de época.

Rápidamente podríamos señalar estos cambios como los más representativos de este contexto al que me refiero:

– Un sujeto personal que vive un sinsentido radical, pero que en el fondo de su ser busca con ansia incesante el sentido y la felicidad (cf. 47, 51-54).

– Un sujeto social cada vez más marginado, pobre y excluido, fruto de la globalización económica imperante, que ha llegado a considerar a los pobres como “sobrantes” y “desechables” sociales (Cf. DA 33-73).

– El deterioro de la naturaleza y del ecosistema que ha alcanzado niveles alarmantes, perjudicando principalmente a los más pobres y excluidos (Cf. DA 83-87).

– Un marcado pluralismo social, cultural (Cf. DA 56-59) y religioso que, junto a la pérdida de identidad del cristiano y de su misión (Cf. DA 100), cambian los “paradigmas” y puntos referencia tradicionales en el Continente.

– El fenómeno de una fe popular fuertemente arraigada que, de alguna manera, resiste los embates de todos los fenómenos presentes en el Continente (Cf. DA 258-265).

Como respuesta a estos desafíos, la V Conferencia General del Episcopado latinoamericano y caribeño propone la recuperación de la identidad cristiana desde una experiencia profunda, vital, vivencial e íntima con Jesús vivo y dador de vida, que el documento conclusivo expresa bajo la categoría “encuentro”.

El uso de la categoría “encuentro” en el magisterio pastoral de los obispos latinoamericanos y caribeños, se había levemente insinuado en las Conferencias anteriores, pero de una manera más clara, precisa y explícita se utiliza en el Sínodo de América, y en la exhortación fruto del mismo, Ecclesia in America, del Papa Juan Pablo II, y cuyo título es ya significativo al respecto: “El Encuentro con Jesucristo vivo, camino para la conversión, la comunión y la solidaridad en América”.

Algunos ejemplos de este encuentro son:

– El encuentro con una mujer samaritana que va al pozo en busca agua. Jesús le sale al encuentro y le ofrece un agua viva que calma la sed para siempre. Como fruto de este encuentro la mujer sale a anunciar la mesianidad de Jesús.

– El encuentro con un hombre, Zaqueo, que hace esfuerzos por ver a Jesús y encontrarse con él, y a quien Jesús le propone otro encuentro más profundo: ir a cenar a su casa; encuentro que lo transforma y lo lleva a dar a los pobres la mitad de sus bienes.

– El encuentro con una mujer, María Magdalena, que va a buscar el cuerpo de Jesús al sepulcro y que regresa como testigo de la resurrección.

– El encuentro con dos discípulos que caminan desilusionados hacia Emaús, y a quienes Jesús les devuelve la calidez de su presencia.

– El encuentro con Pablo que, de perseguidor de los cristianos, se transforma en testigo de Jesús resucitado.

Además de estos encuentros, la exhortación menciona otros encuentros con Jesús, unos personales y otros comunitarios, de los que los evangelios dan testimonio (cf. n.9). En esta tarea de encontrarse con Jesús, considera la exhortación, que es relevante el papel de María, ya que ella es camino seguro para encontrar a Cristo (cf. n.11). Y, finalmente, para encontrarse hoy con Jesús, según la misma exhortación, la Iglesia cuenta con unos lugares privilegiados: las Sagradas Escrituras, la liturgia y las personas, especialmente los pobres (cf. n.12).

Es esta misma categoría “encuentro” la que va a servir al documento de Aparecida para desarrollar su cristología. Desde ella, pretende el documento recuperar la identidad del discípulo y de su ser misionero, y, a la vez, dar respuesta a los anhelos de vida plena de los hombres y mujeres del Continente, así como a la pobreza y exclusión a las que se ven sometidas grandes masas de la población latinoamericana y caribeña.

Leída la centralidad de Jesús en la palabra “encuentro”, en el documento aparecen dos fundamentos: uno prepascual y otro postpascual (Un Pre encuentro y un Post encuentro). El prepascual aparece en el numeral 21, que bien se puede considerar un texto cristológico paradigmático, en el que está contenido, como en la overture de una sinfonía, toda la riqueza de la cristología contenida en el documento. Dice el texto, que los primeros seguidores de Jesús fueron al Jordán con la esperanza de encontrar al Mesías (cf. Mc 1, 5), y se sintieron tan atraídos por la sabiduría de las palabras de Jesús, por la bondad de su trato, por el poder de sus milagros, por el asombro inusitado que despertaba su persona, que acogieron el don de la fe y llegaron a ser sus discípulos. Al salir de las tinieblas y de las sombras de muerte (cf. Lc 1, 79), sus vidas adquirieron una plenitud extraordinaria: la de haber sido enriquecida con el don del Padre. Ellos nunca olvidaron ese encuentro, el más decisivo e importante de su vida, que los llenó de luz, de fuerza y de esperanza: el encuentro con Jesús, su roca, su paz y su vida (cf. n DA 21).

El fundamento postpascual aparece cuando el documento recoge en su reflexión cristológica algunos títulos neotestamentarios para designar a Jesús: Él es el Viviente, que camina a nuestro lado (cf. DA 356; DI 4). En Él, muerto y resucitado, se nos ofrece el amor vivificador de Dios (cf. DA 148) y, por tanto, Él es el Señor de la Vida (cf. DA 43, 389). Él es la vida, él tiene la vida y, en y desde esa condición, quien se encuentra con él tiene la plenitud de la vida, vida que no es otra que el don del Padre, es decir, Dios mismo que se entrega y auto dona en el encuentro con Jesús. Por eso se proclama categóricamente en Aparecida, y en sintonía con la más primigenia cristología, que Jesús, en su calidad de Viviente, como Señor de la Vida, es el único Liberador y Salvador (cf. DA 6, 22, 30).Y, como consecuencia de ello, Él es el Camino, la verdad y la vida. (Jn 14, 3) (cf. DA 1, 6, 19, 136, 242, 246, 336).

Veámos ahora, a partir de esta doble fundamentación, cómo se despliega la cristología en el documento:

El encuentro con Jesús, que señala el documento, permite el acceso y la vinculación íntima a su persona (cf. Mc 1, 17; 2, 14; cf. DA 131). En la medida que se cree a Jesús en sí mismo, se entra en su hondura personal y se capta su oferta de amor -“la atracción que ejerce la sabiduría de sus palabras, la bondad de su trato, el poder de sus milagros y el asombro inusitado que despertaba su persona”- (n.21). Así, y sólo así, se abre el misterio de Dios encerrado en su persona y que nos sale al encuentro en él. Se trata, entonces, de un encuentro vital, existencial, transformador, experiencial -“el más decisivo e importante de la vida, que llena de luz, de fuerza y de esperanza”- (n. 21-).

Señala el documento los lugares en donde hoy se puede realizar este encuentro vivo con Jesús: en la Sagrada Escritura (cf. DA 247-249);en la liturgia, especialmente la Eucaristía y el sacramento de la reconciliación (cf. DA 250-254);en la oración personal y comunitaria (cf. DA 255); en una comunidad viva en la fe y en el amor fraterno (cf. DA 256); en todos los discípulos que procuran hacer suya la vida de Jesús ((cf. DA 256); en los pastores –obispos- que representan a Cristo mismo ((cf. DA256); en los que dan testimonio de lucha por la justicia, por la paz y el bien común (cf. DA 256); en los acontecimientos de la vida de nuestros pueblos (cf. DA 256); en toda realidad humana, cuyos limites duelen y agobian (cf. DA 256); en los pobres, afligidos y enfermos (cf. DA 257), en la piedad popular (cf. DA 258- 265); en María (cf. DA 266-272); en los apóstoles y los santos ((cf. DA 273-275); en los movimientos y nuevas comunidades (cf. DA 312).

Como consecuencia del encuentro, podemos ver toda una gama de riquezas derivadas de ese mismo encuentro. Se trata de toda una cristología funcional, que coloca a Jesucristo al servicio de nuestras mejores aspiraciones humanas y como realizador de las mismas a todo nivel: personal, existencial, social, cultural. Veámos:

– Fruto de ese encuentro con Jesús, el hombre se hace seguidor y discípulo misionero. Se trata de un encuentro que lleva al que lo acoge a una relación íntima y personal, que supone una entrega sin reservas: el discipulado y la misión.

– La primera consecuencia del encuentro con Jesús es, pues, la vinculación íntima a su persona como su seguidor, su amigo y su hermano (cf. DA 131-133; 144). “Ser de él”, “formar parte de los suyos” y “configurarse con él” es la realidad última que significa hacerse su discípulo.

– La segunda consecuencia que trae el encuentro con él, que es el reverso de la anterior, como la otra cara de la misma moneda, es hacerse cargo de su misión. Aquí se encuentra una de las grandes novedades del documento de Aparecida, al darle un fundamento cristológico a la misión.

– Y, de las anteriores se desprende que, fruto de ese encuentro con Jesús, está la búsqueda humana de felicidad halla su más plena realización, hasta el punto que Jesús mismo se convierte en roca, paz y vida del discípulo, y la vida misma adquiere una plenitud extraordinaria: la de haber sido enriquecida con el don del Padre, con la vida trinitaria (cf. DA 21, 347, 357).

– Esa vida en Cristo incluye los aspectos más variados de nuestra existencia, sobrepasando toda expectativa. Personales-existenciales:

“La alegría de comer juntos, el entusiasmo por progresar, el gusto de trabajar y de aprender, el gozo de servir a quien nos necesite, el contacto con la naturaleza, el entusiasmo de los proyectos comunitarios, el placer de una sexualidad vivida según el Evangelio, y todas las cosas que el Padre nos regala como signos de su amor sincero” (DA 356).

Y sigue el documento:

“Ver la historia como Cristo la ve, a juzgar la vida como Él lo hace, elegir y amar como Él, cultivar la esperanza como Él nos enseña, y a vivir en Él la comunión con el Padre y el Espíritu Santo” (DA 336). Por la fecundidad misteriosa de esta referencia existencial a Cristo, “la persona se construye en unidad existencial, o sea, asume sus responsabilidades y busca el significado último de su vida. Situada en la Iglesia, comunidad de creyentes, la persona logra con libertad vivir intensamente la fe, anunciarla y celebrarla con alegría en la realidad de cada día” (DA 336).

Y, también, sociales:

“Como consecuencia, maduran y resultan connaturales las actitudes humanas que llevan a abrirse sinceramente a la verdad, a respetar y amar a las personas, a expresar su propia libertad en la donación de sí y en el servicio a los demás para la transformación de la sociedad” (DA 336).

– De todo lo anterior, se deriva, entonces, que la importancia única e insustituible de Cristo para nosotros y para toda la humanidad, radica en que él es el Camino, la verdad y la vida. Y la explicación de esto, según el documento, siguiendo al Papa Benedicto XVI, es que “si no conocemos a Dios en Cristo y con Cristo, toda la realidad se convierte en un enigma indescifrable; no hay camino y, al no haber camino, no hay vida ni verdad” (Cf. DA 22; DI 3).

CONCLUSIÓN

Todo lo anterior ha mostrado que es la concepción de la revelación entendida como “encuentro” y un encuentro que se traduce en Vida plena, y toda la rica cristología elaborada desde esta categoría, la que se ha hecho presente en las reflexiones del episcopado latinoamericano y caribeño en Aparecida. La originalidad de Aparecida, o mejor, su acento cristológico propio, radica en leer la figura de Jesús como el Viviente, Señor de la vida, fuente de la vida y dador de vida, de tal manera que la liberación a la que aspira el hombre latinoamericano queda enmarcada dentro de una realidad mucho más profunda, pues ya este hombre no se encuentra únicamente ante unas situaciones que amenazan su existencia en algunos de sus aspectos, sino que se encuentra, por una parte, roto, fragmentado y débil personalmente por un sinsentido que amenaza a cada momento su existencia, y, por otra, como pueblo, como sujeto social, ya que no es solamente explotado y oprimido, sino excluido política, económica y culturalmente, al punto que se le considera “afuera” del sistema imperante, como un “sobrante” y un “desechable”. En definitiva, se le está negando el derecho a la vida, y a la vida plena, tanto personal como colectivamente.

Sólo resta decir que lo que los documentos nos proponen a nivel de reflexión cristológica, y en este caso el de Aparecida, son únicamente algunos énfasis. Queda a nosotros ensayar y profundizar un pensamiento capaz de plasmar fielmente, y de una manera organizada, el significado de estos elementos cristocéntricos contenidos en el documento de Aparecida. Cómo anunciar a Jesús, el viviente, fuente de la vida y que continúa dando vida sin descanso.

Por Cristo +,+Y +