ASE-021 9 de noviembre de 2009

Germán Alberto Méndez. C.P.

Asesor Espiritual.

Dedicada a todos los guías en el día del emproista

 

1 “He ahí el cordero de Dios” (Jn 1,35)

Se parte de la  afirmación más importante en toda la escritura, que Jesús es el Mesías, el Cristo, para el Emproísta el héroe. Pero Jesús nunca se autodenomina como Hijo de Dios, sino que es descubierto como tal. A partir de la experiencia con Jesús es que surge la fe cristiana, es decir la confianza y esperanza puestas en Jesucristo.  Esto es lo nuclear de la fe y lo importante para esta época será volver a esta experiencia de confianza y de esperanza. El anuncio de la Buena Noticia de Jesús se centra en indagar sobre el camino que conduce hacia la fe, pero no hay acceso a la fe cristina sin ponerse en camino: “Un judío llamado Apolo, originario de Alejandría, hombre elocuente, que dominaba las Escrituras, llegó a Éfeso.  Había sido instruido en el camino del Señor y con fervor de Espíritu hablaba y enseñaba con todo esmero lo referente a Jesús, aunque solamente conocía el bautismo de Juan. Este, pues, comenzó a hablar con Valentía en la sinagoga. Al oírle Áquila y Priscila le tomaron consigo y le expusieron más exactamente el Camino” (Act 18, 24-26).

Los primeros discípulos hicieron este camino, aunque las situaciones de tiempo y espacio son distintas. El testimonio de aquellos es mediación obligada para este tiempo nuestro, este proceso en la iglesia se ha llamado “sucesión apostólica”. Por ello es tan importante la comunidad de fe.

Los cristianos posteriores a la resurrección, de segunda mano, representados por los desencantados discípulos de Emaús, por Tomás que no estaba ahí el día del encuentro con el maestro, y por María Magdalena lamentándose ante el sepulcro vacío, tendrán que buscar el camino que conduce al reconocimiento del Resucitado, y aunque no lo vean tendrán que encontrarse con él si desean seguirlo y anunciarlo más allá de galilea, en esto consiste la fe pascual. Por eso es importante que cada creyente y comunidad se pregunten por el camino recorrido pues la fe da como algo fortuito.  Es imperativa la referencia a los primeros en este sentido.

2. “Hemos encontrado al Mesías, que quiere decir Cristo” (Jn 1,41)

La fe cristiana o es encarnada o no es. Es decir, o se concreta en acciones reales, o se queda al nivel de la palabra. Este es un punto muy repetido, pero que resulta cada vez más difícil de asumirlo, quizá porque en la vida nada es gratis, todo se convierte en una conquista.  La predicación del kerigma a los jóvenes que la iglesia nos ha confiado ratifica esta realidad, Dios nos amó primero, por eso la fe es pura gracia, es un regalo. Antes que el pecado es el perdón porque desde la encarnación Jesús asumió el pecado, haciéndose semejante en todo a nosotros menos en el pecado, por este testimonio redimió a toda la humanidad.  El llamado es a apropiarnos de esto y a hacer lo mismo.

Desde el punto de vista cristiano, lo primordial es el amor, la justicia, la dignidad de la persona, por todo ello el creyente debe girar una y otra vez en Cristo, hasta que por su fe centrada en él, cae derretido definitivamente en él.  Escribe el Padre José María: “busquen que el anuncio a los jóvenes alcance la mejor atracción en la manera de vivir que coincida con sus esperanzas, pero no hagan del encuentro una experiencia que los desilusione por el exceso de normas o de escrúpulos, a los jóvenes hay que conquistarlos por la sencillez y la autenticidad”, de esta forma Jesús revela el verdadero rostro de Dios y el significado de la salvación, por la confianza que creemos alrededor nuestro. La cruz, en la que meditamos en la reflexión espiritual el segundo día, se convierte para el emproísta en el camino de discernimiento del cómo hemos de creer, esperar y amar. El núcleo de la vida cristiana es la experiencia de fe en Jesucristo.

Para actualizar la propuesta de Jesús es preciso ‘vivirle’ en la vida, es decir, tendremos que aprender a morir al hombre viejo de verdad si queremos vivir en la novedad de un nuevo ser humano. Esta fe en él fue transmitida por la comunidad de los apóstoles, quienes habían comido y bebido con Jesús antes y después de la resurrección (cf. Act 10, 4).  El camino del discípulo tiene que pasar por el camino del maestro, que es el mismo camino recorrido por la comunidad de los primeros hacia la fe.

3. El seguimiento del crucificado (cf. Jn 1,43)

La fe en Jesucristo es lo primero en lo que insisten los evangelios, para conseguir los testimonios de testigos en las comunidades, y para que éstas crecieran en gratitud y fidelidad al Salvador que libremente y por amor dio su vida por todos.

El evangelio de Marcos ve en la Jesús la auténtica revelación del amor y su aceptación del proyecto de Dios mismo, no sólo de sus discípulos (cf. Mc 15, 34). Mateo insiste en la grandeza de ánimo de Jesús y consiguientemente el poder salvífico del Señor trasmitido luego a la Iglesia en sus días postpascuales (cf. Mt 28, 1 ss). Lucas hace hincapié en la entrega de Jesús como redención y ejemplo de vida para sus seguidores (cf. Lc 22, 27). Y Juan quiere centrar la mirada del mundo en “Aquel que traspasaron» (cf. Jn 19, 37).

En todo caso, la fe en Jesucristo es la salvación ofrecida, pero entendida en el contexto coherente de todo el Evangelio. Por eso, en la Iglesia primitiva, la vida del Señor se leía toda entera de una vez con la finalidad de obtener el amor y la gratitud de todos los cristianos, mejor dicho al que es modelo de la vida nueva, al resucitado. Todo esto traducido a la vida se expresa en una forma de vivir como Jesús vivió.

Los evangelios dicen que Jesús explicó a los discípulos esto claramente y a tiempo. Jesús avisa claramente a sus discípulos que el seguimiento trae consigo ‘padecer mucho’, reprobación por parte del mundo, morir y resucitar.

4. “¿De Nazaret puede salir algo bueno” (Jn 1, 46)

El discípulo no es para corregir el camino del maestro, ni para desviar la trayectoria de quien llama en un estilo propio, por muy bueno que sea. La misión del discípulo está en seguirle por su camino, que ahora es el nuestro: “el que persevere hasta el fin, se salvará”. Este programa no es fácil el que presenta Jesús, y esto mismo habría que decirle a todo el que quiera seguirle. Tomar la cruz de la propia vida y seguirle exige coherencia, es decir, renuncia de todo lo que es incompatible con el estilo de vida del maestro que es Jesús. Sólo así se “gana” el discípulo para la vida eterna.

En este punto una comunidad de jóvenes ha de prepararse para la corrección fraterna, para la calumnia o la incomprensión, y para vivir pobremente, fielmente, honradamente. Jesús había avisado estos aspectos: “el que dé la cara por mí, yo daré la cara por él ante mi Padre”, y cuando habló de cargar con la cruz, cada uno su cruz se refería al cumplimiento del propio deber en la vida personal, social, eclesial, cada cual según su edad y su puesto en la comunidad. Tiene que ser terrible morir sin haber amado, pues el amor no es una arandela en la vida de una persona sino la esencia de la vida, como dijo el Papa Benedicto XVI en la encíclica: “Dios es amor”.

Al final del evangelio de Juan las palabras de Jesús son lapidatorias: “esto os mando: que os améis unos a otros”. Ya dijo Santo Tomás a este respecto: que “el sacrificio más agradable a Dios es la convivencia pacífica”. Y Rahner: “lo peor que puede ocurrirnos es la pérdida de la cordialidad”.

5. Rabbí tu eres el hijo de Dios, tu eres el Rey de Israel (Jn 1,49)

Las palabras de Jesús son la clave para interpretación de los sentimientos de sus sentimientos, el Papa Benedicto dijo, «el paso de lo aparente a la luz de la verdad pasa a través de la cruz».

El compromiso de los guías no se puede ubicar a nivel de sentimientos, sino que se ubica dentro de este crisol, la entrega de nuestro tiempo y valores aunque no siempre las cosas salgan como nosotros las esperamos. En efecto, Jesús muere perdonando incluso a los que lo crucificaban (cf. Lc 23, 34); vuelve su mirada amorosa hacia el crucificado arrepentido y le promete que «hoy mismo estarás conmigo en el paraíso» (Lc 23, 43); le entrega a Juan y a sus discípulos a la María la madre en solidaridad con su dolor (cf. Jn 19, 26—27); sufre el tremendo abandono (cf. Mc 15, 34); expresa sus necesidades, tiene sed, ¿de qué? se pregunta todo discípulo (cf. Jn 19, 28). Las palabras de la Cruz se convierten de esta forma en el camino de la contemplación para entender al hombre, y para conocer al Dios revelado en Jesús. El “todo está cumplido” (Jn 19, 30) del crucificado, completa misión, así lo que falta es abandonarse a  la confianza final y definitiva: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu» (Lc 23, 46).  La palabra final será la vida plena, la resurrección.

Hoy que recordamos gratamente al Padre José María, no quisiera que nos olvidáramos de los asesores en este año sacerdotal.  Quien no ama a un asesor en el Moviendo no puede amar al P. José María, que fue sacerdote.  En estoi no hay puntos medios.  Feliz día de los emproístas.

Por Cristo Mas, Mas y Mas