ASE-023 de Agosto de 2010

Germán Alberto Méndez. C.P.

Asesor Espiritual.

Dedicada a los guías que buscan una mayor coherencia y testimonio

  1. Jesús, oferta de salvación para todos y para todas

Constantemente recibo noticias dolorosas de los diferentes centroguías en donde se comunican divisiones, rivalidades, faltas de respeto, agresiones a las personas, incluso en contra de los sacerdotes que acompañan al Movimiento.  Esta visión de la realidad de nuestra familia la he querido llevar hasta el encuentro con la Palabra de Dios, y desde la oración quise dirigir algunas preguntas a Jesús, en la dinámica de las respuestas que me piden dar como asesor internacional. En el Movimiento la persona que debe ocupar una centralidad y un papel unificador es Jesús, pues él es quien ofrece la vida nueva del creyente. Cristo Jesús es el “Evangelio del Padre”, él mismo es síntesis y encarnación permanente del mensaje de salvación, no es necesario buscar más, o pretender desde nuestras personas ofrecer la salvación, aunque lo hagamos en todos los casos con la mejor de las intensiones.

Jesús se dirije hoy a las personas y grupos que viven un sinsentido, y que en el fondo de su ser buscan con ansia el sentido y la felicidad. La cercanía de Jesús con los marginados, pobres y excluidos, y que hoy se actualiza para nosotros en los jóvenes se ofrece para el Movimiento como una propuesta, más ante la pérdida de identidad y de la misión, pues me da la impresión que muchas veces estamos concentrados es otras cosas diferentes.

Considerar la propuesta de Jesús héroe y modelo para llegar a ser hombres nuevos es el fundamento desde el cual nuestra familia emproista recupera la identidad desde la experiencia profunda, y vital, y desde la vivencia íntima de Jesús vivo y dador de vida.  Esta experiencia no significa intimista, individualista o carente de toda expresión comunitaria, más bien se expresa bajo la dinámica del “Encuentro” que es la palabra clave de todo el evangelio.  El encuentro con Jesús es respuesta al sinsentido, al hombre resquebrajado por su pobreza. En el encuentro con Jesús se encontrará la Vida que se anhela y se buscan en todas las dimensiones, por eso hablamos de una vocación integral, e integradora.

2. El encuentro con Jesús

No existe en la bíblia una palabra para hablar de revelación, pues la bíblia habla de la experiencia del “encuentro”. Es decir que el encuentro es dimensión más profunda para acercarse a la revelación de Dios. Por este “encuentro” se puede comprender la voluntad de Dios.

El “encuentro” es el acontecimiento mas grande de la Fe, pues es Dios mismo quien sale al encuentro del hombre. En la encarnación Jesús se “descubre” y se “revela” comunicándose, dándose.  Lo que afirma el evangelio de Juan es que Dios se entrega para revelar así su misterio, y en la medida que se comunica hace accesible para el hombre la salvación, que a su vez se expresa desde el hombre mismo por la experiencia de la confianza, las palabras de Jesús en el Encuentro con sus discípulos son: “no tengais miedo”

Si se quiere leer más ampliamente la Palabra el Antiguo Testamento narra la experiencia del “encuentro” en la promesa hecha por Dios a los antiguos, en la ley, en los profetas que fueron despertando la confianza al pueblo para la Alianza, y que después el mismo Jesús reveló. En este encuentro es Dios quien se da a sí mismo de manera personal a los hombres y mujeres abiertos a acogerlo; también de manera personal. Pero el Encuentro sucede siempre en un contexto comunitario, en un grupo, para el bien del pueblo. Por ejemplo, en la elección de Israel y la alianza de Dios con su pueblo está expresado el deseo de Dios de realizar en el encuentro de la Ley, y de la tierra la experiencia profunda de la libertad de Egipto. Es por eso que Dios revela su nombre a Moisés (Éx 3,1315; 6,2-9), deja brillar su rostro (Núm 6,25-26; Sal 30,17; 79,4), pronuncia su palabra poderosa y creadora (Dt 6,4-9; Sal 32,6; 118,25; Sab 9,1; Is 55,10-11; Jer 15,16) para invitar al hombre, como ser individual y como miembro de una comunidad, al encuentro personal con él en un diálogo (Éx 33,11; Bar 3,38) que perdona y que salva. En esta relación el pueblo de Israel soporta su esperanza, y descubre el cumplimiento de la promesa hecha por Dios a lo largo de sus diferentes momentos.

En el Nuevo Testamento, la experiencia de los discípulos con Jesús puede leerse en clave de encuentro. Un encuentro que es en realidad un diálogo personal y revelador, capaz de transformar la vida radicalmente.  Y es que Jesús es en el N.T., el Cristo, imagen del Dios invisible (2 Cor 4, 4; Col 1,15).

En la experiencia de encuentro con él (1Jn 1, 1-3) se revela el rostro misericordioso de Dios, la Palabra definitiva en un diálogo entre Dios y el hombre (Jn 14,16). Y, se revela también el Espíritu de la verdad, que permanece junto a los discípulos recordando todo lo que Jesús enseñó (Jn 14,26), dando testimonio de él (Jn 15,26), hasta llevarlos a la plena verdad (Jn 16,13). A este encuentro se le puede sumar otro encuentro más definitivo, (1Cor 13, 12). Por ello la experiencia del resucitado es también, una experiencia de encuentro (Lc 24).

3. Jesús es la Palabra definitiva de Dios

La experiencia de Dios es más que una palabra que se comunica a través de un saber. El encuentro con Jesús es una experiencia libre, amorosa y gratuita.  Quien se comunica es  quien se dona a sí mismo. Esta revelación ha alcanzando su culmen en Jesús de Nazaret. En el N.T. Jesús sale al encuentro del hombre de una manera personal en un acto de amor y libertad.  En la Cruz, Jesús se comunica, y se dona para revelar el gran amor y para aceptar las condiciones de la obediencia al Padre. Por esta aceptación, por la obediencia incondicional es que es posible el encuentro con él.

La novedad de la pascua es la libertad, y en su realización acontece la revelación de Dios que invita al hombre a través de hechos y palabras. Así Dios se revela en la Cruz libre y amorosamente, la entrega confiada del ser humano es la respuesta de fe a esa revelación.

El Encuentro con Jesucristo vivo, es el camino para la conversión, la comunión y la solidaridad. Consideremos algunos de esos encuentros:

  • En el encuentro con una mujer samaritana que va al pozo en busca agua, Jesús le sale al encuentro y le ofrece un agua viva que calma la sed para siempre; como fruto de este encuentro la mujer sale a anunciar que el Mesías está cerca (Jn 4,1-42).
  • En el encuentro con un hombre,  Zaqueo quien hace esfuerzos por ver a Jesús, él mismo Jesús le propone otro encuentro más profundo, ir a cenar a su casa, y más en la intimidad, en su casa, dentro de la cena le propone dar a los pobres la mitad de sus bienes.
  • En el encuentro con una mujer, María Magdalena, quien va a buscar el cuerpo de Jesús al sepulcro ella misma se convierte en testigo de la resurrección.
  • En el encuentro con los discípulos desilusionados de Emaús, Jesús les devuelve la calidez de su presencia en el compartir del pan.
  • En el encuentro con Pablo que, de perseguidor, se transforma en testigo del Jesús resucitado, Jesús revela el poder de Dios maestro de comunidades.

Además de estos encuentros, hoy la iglesia tiene otros encuentros con Jesús, unos personales y otros comunitarios. Es relevante el papel de María, ya que ella es camino seguro para encontrar a Cristo. La Escritura, la liturgia, las personas, especialmente los pobres por la caridad –la solidaridad-.

Finalmente en el “Encuentro” el discípulo recupera su identidad, y es capaz de dar respuesta a los desafíos apremiantes de su vida.

El fundamento del encuentro con Jesús en el evangelio de Marcos presenta los primeros discípulos en el Jordán, y con la esperanza de encontrar al Mesías (cf. Mc 1, 5), allí se sintieron atraídos por la sabiduría y las palabras, la bondad, el poder de los milagros, por la persona misma, y por ello acogieron el don de la fe y se convirtieron en discípulos de Jesús. Aquel encuentro fue como un salir de las tinieblas y de las sombras (cf. Lc 1, 79),  a la plenitud de la luz y de la vida. Ellos nunca olvidaron ese encuentro, fue el más decisivo e importante de su vida, pues los llenó de luz, de fuerza y de esperanza.

El fundamento del mismo encuentro con Jesús después de la resurrección, se expresa a través de algunos títulos que sintetizan la experiencia del encuentro con el resucitado: Él es el Viviente que camina con los discípulos; Él, muerto y resucitado es quien ofrece el amor vivificador del Padre; Él es el Señor de la Vida. Él es la vida; Él es Liberador y Salvador. Y como consecuencia de ello,  Él es el Camino, la verdad y la vida (Jn 14, 3).

En los discursos del libro de los Hechos de los apóstoles (Act 2, 14-40; 3, 12-26; 4, 8-12; 5, 29-32; 10, 34-43; 13, 16-41), Jesús es designado “Jefe, o Príncipe de la vida” (cf. Act 3, 15; 5, 31). Esta expresión presenta a Jesús como el nuevo y verdadero Moisés, definitivo jefe del pueblo. Entronizado a la derecha del Padre por su vida nueva, igual a Dios, es el Señor (Act 2, 36; 10, 36) y, como tal ya “no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos” ( Act 4, 12). Jesús es el Salvador (Cf. Act 5, 31; 13, 23).

Por el encuentro con Jesús se accede a su persona (cf. Mc 1, 17; 2, 14), en la medida que se cree, se entra en lo profundo de su vida y es capaz de captar la oferta de su amor. El significado más profundo de esta experincia de encuentro exige “conocer” en sentido bíblico. Es decir, tener relaciones íntimas personales: “conoció el hombre a Eva, su mujer, la cual concibió y dio a luz a Caín” (Gn 4, 1). Igual sentido tiene la respuesta de María al ángel que le anuncia que va a tener un hijo: ¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?” (Lc 1, 34). Y es éste el mismo significado que tiene el conocer en boca de Jesús, cuando en el evangelio de Juan dice que “conozco a mis ovejas” y, por eso, “doy mi vida por las ovejas” (Jn 10, 14-15). Y en el mismo sentido Jesús afirma que la vida eterna consiste en conocer al único Dios verdadero y a su enviado, pues la vida eterna no es otra cosa, según sus palabras, que vivir en la intimidad de Dios y con Dios, compartiendo su misma vida divina (cf. Jn 17, 3).

4. A manera de Conclusión

Se que muchos de ustedes no están acostumbrados a leer este tipo de reflexiones, sin embargo quise escribir de esta manera porque considero que es importante y necesario concentrarse más en darle a nuestra vida profundidad que vivir enrredados en pequeñeces que muchas veces no nos aportan, sino que al contrario nos desgastan.  Si las palabras aquí nos entretienen un poco y nos hacen volver a releer, en cambio de discutir, el objetivo de esta carta se abrá logrado.

Por Cristo Más, Más y Más.