A MANERA DE PRESENTACIÓN

Los Encuentros van dirigidos a cualquier joven con inquietud de búsqueda y deseos de superación personal, no es elitista. En este sentido la familia emproista ha de proyectar toda su acción evangelizadora a soñar con los jóvenes inquietos su presente y su futuro, una mejor sociedad.

El principal desafío de esta acción por tanto será “permanecer vigentes y al servicio de la Iglesia, en todas las agrupaciones y movimientos juveniles en forma abierta, para la promoción de los jóvenes a una vida cristiana comprometida”[1].

En la reunión del XIII Encuentro Internacional celebrado en Tlaxcala, México en el año 2010, se insistió en el desafío de atender con mayor entrega el Postencuentro, y los diferentes procesos de formación como son: los Preimenta, cursos de guías, postencuentros, reuniones de compromiso, seguimiento, reuniones Amén, encuentro talleres, profundización, acoplamiento, etc. En cada realidad asume diferentes nombres y características. El Manual de los Encuentros recuerda que este proceso formativo es tarea de cada equipo promotor por ser definido como un equipo de servicio.

El objeto de la formación progresiva es llegar desde la pluralidad de las personas y situaciones hasta la unidad en el amor. Las metas del Encuentro han de promover vivencialmente este deseo de la Iglesia también a través de un diálogo generacional.

Sin embargo, la evangelización en el Movimiento ha de llevar a cada grupo al cuidado de nuestro método propio. El manual de Encuentros recuerda a este respecto: “Si los apóstoles no hubieran sabido pescar no habría habido pesca milagrosa… Dicen que el estilo es el hombre. Y el estilo también en una obra. Si en los Encuentros no se respetara lo fundamental de sus objetivos, de su método y estructura, éstos perderían su identidad. Habría que cambiarles el nombre”[2].

A este método con sus metas, lenguaje, proceso, dinámica, estructura doctrinal, objetivos, actividades, y desde luego las personas que lo hacen posible es lo que se llama espiritualidad[3]. La asistencia y acción del Espíritu Santo exige cuidar un método decía el P. José María Pujadas. Por ello libertad y creatividad propias de cada grupo y cultura han de valorarse, sin detrimento del patrimonio heredado. Recuerdese también que la “unidad de método tampoco significa uniformidad o unicidad, sino armonía en la diversidad”[4]. “Lo que no crece se ha hecho viejo” esta frase del Manual fue el lema del XII Encuentro Internacional celebrado en Medellín, que quizo ser más un taller de espiritualidad juvenil en donde se recordó en todo momento la necesidad de no obstaculizar la libertad del Espíritu Santo en las nuevas formas que el emproismo adquiere con la evolución de las diferentes culturas juveniles. El Sr. Luis Enrrique Ruiz, cofundador de la obra, primer coordinador de un EPJ, amigo entrañable del P. José María recordó en esa oportunidad que: “La Iglesia de los jóvenes camina siempre en el terreno de lo provisional”, y que por tanto un equipo promotor no debía asustarse de las nuevas formas sin despreciar lo que nos une.

El objetivo del Encuentro es la promoción del joven por el joven, permitiendo en este empeño que cada persona descubra y acepte su vocación integral, como expresión de su fe; realizando y potenciando valo­res desde el marco de la comunidad donde realiza su vida. Toda esta dinámica ha de realizarse desde un encuentro profundo y reposado de la Palabra de Dios y la eucaristía, bases en que descansa la vida cristiana. La bitácora del camino exige este doble encuentro.

La formación del postencuentro hace parte de la evangelización personal cada persona que ha asistido a un EPJ, muchas de estas experiencias se realizan en grupo, pero también pueden llegar a vivirse en un ambiente personal de oración y de crecimiento responsable. También en el Manual se dice que la formación es una tarea de la evangelización y que “evangelizar es transformar la vida desde dentro, y desde dentro transformar el mundo. La causa principal por la que los jóvenes fallan después del Encuentro es por la falta de vida interior y de gracia. Por falta de aceite se apagaron las lámparas de las «vírgenes fatuas»”[5].

 

La siguiente herramienta quiere proporcionar una ayuda en esta tarea de la evangelización juvenil, y se dirige a los grupos, pero también a las personas en particular que buscan un camino espiritual para su crecimiento en el Hombre nuevo. Al final de este recorrido cada joven podrá programar, tener un «plan de vida», para podérselo exigir, facilita que en el proceso de este camino se cuente con la ayuda del director espiritual, el asesor.

A esta herramienta se le ha querido llamar siete metas para ir al Padre. Se refiere desde luego a cada una de las metas que el Movimiento de Encuentros persigue, a saber: Aspirar a que cada joven se realice con autenticidad, mediante el encuentro de su propia vocación. Aspirar a ser una juventud cristiana creativa, con iniciativa y lide­razgo, con sentido y destino en la Historia. Aspirar a la formación de hombres nuevos, según la imagen de Jesús de Nazaret, muerto y resucitado. Aspirar a una promoción juvenil con la familia y en diálogo de ge­neraciones. Aspirar a cubrir los ambientes de grupos juveniles cristianos, evan­gelizados y evangelizadores. Aspirar a vivir la experiencia y manifestar la fuerza del poder del Espíritu Santo. Y finalmente, aspirar a construir el Reino de Dios en el mundo y con trascen­dencia en la eternidad (cf. Manual de Encuentros, pág 361).

Cada una de estas metas se encuentran contenidas en la oración de Jesús con sus amigos, es por ello que el camino que se sigue a continuación se expresa a través de esta enseñanza tan entrañable para todos:

Padre nuestro,

que estas en el cielo,

santificado sea tu nombre,

 venga a nosotros tu Reino,

hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo,

danos hoy nuestro pan de cad día,

 perdona nuestras ofenzas,

 así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden,

 no nos dejes caer en la tentación,

 y líbramos del mál.

Durante estos días la oración de Jesús puede llegar a ser la nuestra, habrá que reservar un espacio par Él, y para nosotros mismos.

1. PADRE NUESTRO

“Le dice Felipe:

‘Señor, muéstranos al Padre y nos basta.’

le dice Jesús:

‘¿tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me conoces Felipe?

El que ha visto a mí ha visto al Padre”.

(Jn 14,8-9).

1.1. Dios, padre y madre de todos:

Las experiencias religiosas más antiguas formularon la relación del hombre con Dios en términos de parentesco, de tal forma que gran parte de sus dioses llevaron el título de Padre y así fueron aclamados en plegarias y ritos. Lo mismo puede afirmarse de Egipto donde Amón es Padre de dioses y hombres. Padre es igualmente el Zeus griego y el Júpiter romano. Padre, en fin, es aquel nombre que reciben muchos dioses en Asia y en América, en África y las islas de Oceanía[6].

Vamos a adentrarnos estos días a una experiencia bien conocida: muchos pueblos han visto a Dios como a su mismo Padre. Padre es el punto de partida, todo lo primigenio de donde surge la existencia. Del Padre creador, surgimos y vivimos. En este plano la imagen del padre y de la madre no se encuentran todavía separadas. Por eso podremos llamar a Dios como padre y madre a la vez, pues lo paterno y lo materno están unidos en Él, y en su aspecto creador de la los hombres nos hallamos sustentados[7].

Así la imagen de Dios de la que se parte es como la proyección de la experiencia familiar donde padre y madre constituyen la fuente misma de la vida[8]. Esta experiencia desde el principio referida a una familia de hijos y por tanto de hermanos, ofrece una ventaja: concibe los espacios de la vida en palabras y experiencias que podemos entender y profundizar, como es la familia, por ello la primera experiencia que se puede hacer de Dios es la que origina nuestro ser para crecer en la dimensión del amor y de la familia.

Padre es también la forma como se llama a Dios en la oración de los guías cada Día: Padre, que nos has llamado a la gran tarea de construir tu Reino. Se trata de la misma expresión que se profundiza en la reflexión espiritual del tercer día: Jesús portador de la Buena Nueva. Esa buena noticia es la experiencia de ser Hijo del Padre.

1.2. Encontrarse en la imagen de Dios:

Al partir de la imagen de Dios que cada uno experimenta se pretende profundizar en el momento de la vida y la relación profunda que se tiene del autor de la vida, o de la causa del desespero y de la crisis que se vive. Imagen en hebreo equivale a estatua, y se encuentra en profunda relación con un  modelo representado. La vida espiritual de las personas muchas veces no avanza, no da fruto, no es una experiencia gozosa por encontrarse sujeta a modelos representados y fijos, pero ajenos y externos a nosotros mismos.

Sin embargo al abordar la imagen que se tiene de Dios no se pretende con ello encontrar una relación de semejanza, pues la relación con Él excluye la identidad. El descubrimiento de la pareja del génesis en el primer libro de la Biblia es que aun queriendo ser como dioses y rompiendo con las reglas del paraíso dado, el intento sólo les sirvió para descubrirse desnudos ante la voz de Dios, cuando se acerca. La serpiente les había dicho que serían como Dios, pero nunca les dijo que no llegarían a ser dioses. El camino privilegiado para conocer a Dios es la toma de conciencia de ser hechos a su imagen, es decir, descubrir, aceptar y posesionarse del bien preexistente en cada uno, pues el hombre no sólo es bueno, sino muy bueno, por tanto capaz de hacer el bien como el mismo Dios lo haría. Decía Santa Catalina: “Nosotros somos imagen de tu divinidad y Tú eres imagen de nuestra humanidad”.

La imagen de Dios en la persona marca la historia del hombre y lo identifica delante de las criaturas[9]. En el relato de la creación Dios crea al hombre en presencia de todas las criaturas celestes y terrestres, dice el texto: “Hagamos…”. Así el hombre en cuanto imagen de Dios es la fisonomía más semejante a lo divino que jamás se haya ofrecido al universo, por eso Israel rechaza toda imagen de Dios, porque entendió que Dios se revela y está presente siempre en la vida del hombre, y aunque su rostro se encuentre deformado, el hombre es y será su imagen única.

En diferentes ambientes empresariales hoy mas que nunca se habla de “humanizar”, es decir, hacer más conciencia de la identidad de hombres en sentido estricto. Cuando el hombre se empeña en esta tarea descubre que su identidad es más y más un reflejo de Dios en él mismo. Así la humanidad toda es imagen de Dios en cuanto hombre o mujer, la verdadera efigie de Dios, la más cercana estatua viva de Dios, es la persona humana en la plenitud: masculino-femenino, con sus cualidades creadoras, fecundas por poseer  en sí mismas, y por dar la vida, don gratuito recibido de la vida de Dios.

Para representar a Dios es necesario lo femenino, no bastan los puntos de vista del ser humano varón. El matrimonio, la relación esponsal capaz de generar vida es la imagen de Dios hecha carne en la persona; las “obras” son el símbolo de la obra creadora de Dios y son por tanto el instrumento para el desarrollo de la historia de la salvación. Por eso Dios se presenta en la Biblia con rasgos y rostro masculino y femenino. Conocer a Dios no es un don exclusivo de varones, ni excluyente, tan importante es el hombre como la mujer porque ambos son su espejo. Este es el esplendor y la experiencia matrimonial cantada en la Biblia, en los profetas y en textos como el Cantar de los Cantares.

Finalmente, una criatura doble en su estructura pero única en su misión y su dignidad recibe de Dios una investidura regia de dominar todo lo creado, no trata aquí de una autonomía absoluta y total, sino del llamado a la administración de la vida y de las cosas confiadas. Al final del primer capítulo del génesis el autor se encuentra tan seguro de la dignidad del hombre que plantea, de inmediato, el descanso de Dios.

1.3. Cuando recen digan: ¡Papá!  (Lc 11,2):

¿Qué ha querido expresar Jesús al llamar a Dios en su oración: Abbá? El término traduce una intimidad única.  La relación entre Jesús y Dios aparece, sin embargo, envuelta de una intimidad mucho mayor y profunda, que nos permite hablar incluso de comunión total, de unidad de vida entre ambos.

El mensaje cristiano contenido en la oración y el encuentro personal con Cristo y con su Buena Noticia exige dejar que Él penetre en nosotros para transformarnos en Hombres y Mujeres Nuevos, y así poder construir un mundo Nuevo. Cuando los cristianos confiesen formalmente que Jesús es el Hijo único de Dios, no habrá sino que explicar el mensaje contenido en la sencilla expresión: Abbá, Padre.

Un elemento de esa Buena Noticia es que Dios es Padre. Así lo enseña Jesús cuando invita a llamar a Dios Padre Nuestro. Partir de esta imagen de Dios al inicio de la reflexión de Dios exige también dejar a un lado otras imágenes deformadas de Dios, como policía (que todo lo observa), juez (que todo lo castiga), distante (a quien no le interesan las pequeñeces de la vida), enojado (que deja de amar por cualquier cosa y nos abandona a nuestra suerte), etc. es claro que éste no es el Padre de Jesús.

La parábola del Hijo Pródigo, del Padre Misericordioso, muestra cómo es el Dios Padre de Jesús: se trata de un papá dispuesto a perdonar, lleno de bondad, cariño, comprensión, que acoge y cubre al hombre de abrazos y besos; así es Dios. En la tarde en que se presentan los mensajes del hombre viejo y el hombre nuevo la reflexión del EPJ centra su atención precisamente en esta imagen de Jesús, precisamente porque contiene la riqueza más grande que puede recuperar a una persona: la riqueza del amor.

Cuando el hombre pensaba que no había vida, que se habían agotado las oportunidades, Jesús predica a un Dios que en cambio es el creador de donde todo procede, Él es quien da la vida, quien acompaña a lo largo de los días, y quien quiere entregarse cada vez más a cada uno hasta hacerse plenamente en la persona, hasta acomodarse en cada uno con amor, en esto consiste la esperanza cristiana, en darse cuenta de que Dios habita en cada persona, que está en cada acontecimiento, y que no abandona a nadie a su suerte.

La utilización del término Abbá es un signo de confianza, de amor filial.  Como un niño se vuelve a su padre o a su madre al tropezar con la más pequeña dificultad, el que dice a Dios Abbá está viendo en él a alguien siempre presente y dispuesto a acompañarle y ayudarle a avanzar, en particular en los momentos más difíciles.  Esta confianza es una inimaginable fuente de libertad: Jesús vive en la certeza de que “el Padre ha puesto todo en sus manos” (Jn 3, 35; Mt 11, 27a). El para qué de esta toma de conciencia de la presencia de Dios en la persona es muy importante, pues por la oración y los ejercicios repetidos del amor de Dios, Él mismo quiere que se le ame en todos los hombres, de la misma manera como Él ama; se trata de un amor corresponsable, y correspondido. Porque somos sus hijos.

La petición que puede animar este día de oración es: Dios Padre, dame la gracia de sentirte como mi Padre, que me amas y te interesas por mí, que me quieres y aceptas tal y como soy. Será el ejercicio que ubique a cada uno en la posición adecuada para la oración, y para el encuentro personal y profundo de estos días. Al final quizá se tenga la conciencia de estar en paz, calmado, y en presencia de Alguien que te conoce, pero también a la espera de algo que transforma.

Tomar uno de los textos propuestos y leerlo con calma, deteniéndose en donde más gusto encuentro para comenzar diferentes momentos de oración puede ayudar; repetir, imaginar lo que dice, puede ayudar también, hasta poder revisar (tal vez) la imagen de Dios que se tiene, pidiendo que a su vez esta experiencia pueda sirva para acercarse a la verdadera imagen del Padre, la misma que Jesús tuvo. Si consideramos ahora la paternidad divina a partir de nuestra propia experiencia personal, observaremos las dimensiones siguientes:  iniciativa, amor, atención, espacio, raíces, perdón y universalidad.

 

2. QUE ESTÁS EN EL CIELO.

“Padre,

los que tú me has dado,

quiero que donde yo esté estén también conmigo,

 para que contemplen mi gloria,

la que me has dado,

porque me has amado antes de la creación del mundo”

(Jn 17,24).

 

2.1. Un Dios y Padre al alcance del hombre:

Aunque la invocación original del Padrenuestro llama a Dios Padre, permite distinguir entre el padre terreno, e incluso Abrahám (nuestro padre en la fe: Mt 3,9; Lc 3,8; 16, 24.30) y el Padre celestial a fin de evitar toda ambigüedad. Y aunque usar el nombre de Padre fuera una manera para evitar pronunciar el nombre de Dios, según la costumbre judía, el termino designa una realidad muy profunda, una relación determinada por el dar vida y recibir vida de otro. Dios se acerca al hombre cuando el hombre lo llama “Padre”, pero más que una cercanía, la relación remite al origen de la vida, es decir que Dios crea al hombre cuando el hombre se siente hijo en la relación de oración. más aun cuando el hombre invoca a Dios, como un hijo que se confía en su Padre, el cielo entero, la casa donde habita el Dios innombrable se vuelca entero hasta la dimensión del hombre.

Así por ejemplo, en el texto de Mt 5, 12, el escenario más desafortunado de la historia del hombre. Lo que puede hacer bienaventurado al más desdichado que confía en Dios es la recompensa por no perder su confianza en Dios: “Vuestra recompensa será grande en los cielos”; se podría traducir como: “Dios será su recompensa” o bien “Dios le recompensará”. El encuentro con Dios quiere resaltar su trascendencia como Padre celestial, que sin perder su lugar se vuelca sobre el hombre para darle vida una y otra vez, siempre que le busca.

La expresión “Padre nuestro” de Jesús al buscar a Dios en su vida, y al enseñar a sus discípulos a orar, renueva, evoca y subraya el amor, la bondad, la solicitud del Padre con los hombres, para que sus discípulos perciban mejor su rostro.

Pero llamar a Dios Padre es a su vez una expresión que debe ser ubicada en un espacio y en un tiempo. Dios no surge de la nada. El lugar de Dios es el cielo, su cielo, del que el hombre quiere participar. En los evangelios, la expresión cielo, va con frecuencia unida a la dinámica del perdón (cf. Mc 11, 25; Mt 18, 35). El Padre del cielo, ciertamente es un Dios compasivo, pero al mismo tiempo es juez severo con los hijos que, abusando de su misericordia, incluso habiendo experimentado su perdón, rechazan conceder el perdón a sus hermanos. Poder decir a Dios Padre es declarar que Jesús nos ha hecho entrar en una relación completamente nueva con Dios, y expresar esta relación con la apalabra que Jesús nos ha enseñado.

2.2. El lugar de Dios es el cielo:

Con la expresión “Padre que estás en el cielo”  termina la catequesis de Jesús sobre la oración confiada (cf. Mt 7, 7-11; Lc 11, 9-13). El Maestro anima a los discípulos a una confianza incondicional fundada en la incomparable bondad del Padre que está en el cielo para con sus hijos. Lo que sobresale en cualquier caso es la imagen de un Dios compasivo y misericordioso, dispuesto a escuchar las súplicas de los hijos, pero a la vez extremadamente exigente en lo que se refiere al perdón.

La misma expresión “Padre nuestro del cielo”  se encuentra en el sermón de la montaña cuando el hombre de Nazaret exhorta a los discípulos a abandonarse a la providencia (cf. Mt 6, 26, 32). “Ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso”. El cielo, pues, está al corriente de lo que pasa en la tierra. Las cosas de la tierra, que son además las cosas de los hijos, interesan al Padre celestial.

El gesto de Jesús, elevar los ojos al cielo, que los evangelios subrayan por ejemplo antes de la multiplicación de los panes (cf. Mc 6, 41), de la resurrección de Lázaro (cf. Jn 11, 41), durante la cena de despedida al introducir la oración sacerdotal (cf. Jn 17, 1), parece presentar la figura de Jesús en un contexto de oración. Levantar los ojos al cielo significa desplegar, dirigirse a Dios cara a cara, descubrir que el espacio infinito de Dios está al alcance por puro don, que podemos atravesar las puertas del castillo divino, que es posible lo imposible. Pero indica también el compromiso del Padre en los asuntos de la tierra, en las necesidades de sus hijos.

En el relato de Babel (cf. Gn 11,5) el Padre tenía interés en bajar a ver la ciudad, la construcción del hombre. Con ello se expresa la posibilidad de comunicarse con Él. Mas adelante dirá el Señor: “¿Cómo voy a ocultarle a Abrahám lo que pienso hacer? Lo he escogido para que enseñe a sus hijos y a su familia a mantenerse en el camino del Señor… voy a bajar… y Abrahám se acercó al Señor para decirle…” (Gn 18, 17-23).

Los textos expresan una postura fundamental del creyente que al orar, quiere poner a Dios sobre todas las cosas, sobre todas sus preocupaciones, pensamientos, intereses inmediatos. Saber que Dios “está en el cielo” y que su presencia en ese lugar no es indiferencia a los asuntos de la tierra; supone entonces una respuesta a tales asuntos, desde el cielo llueve su misericordia y sigue enviando su Palabra que empapa y fecunda la tierra. Y seguirá haciendo salir el sol sobre buenos y malos para demostrar que la fragilidad humana, la injusticia, y el pecado no le hace dejar de ser bueno y cariñoso con todos.

En definitiva, un Padre que está en el cielo es el referente de los que estamos en la tierra, y está allí para que miremos arriba y descubramos que lo nuestro es subir, crecer, volar, soñar. Hoy la oración os invita a realizar este movimiento fundamental y exigente, capaz de reenamorarnos de Dios. Él está en el cielo para que desde cualquier sitio el hombre pueda mirar y saber que está esperando lo mejor de cada uno cada día, y que está esperando para subir al hombre en el día de su Ascensión, para sentarlo a su lado. La debilidad no es la excusa para separarse de este amor infinito, la imagen de Sansón en el libro de los jueces es reveladora: cogió las hojas de las puertas de la ciudad en la que estaba preso con sus dos jambas, las arrancó junto con el cerrojo, se las cargó al hombro y las subió hasta la cumbre del monte (Jue 16, 1-3). El gesto de la oración le permite al creyente llegar con todas sus pequeñeces y estorbos hasta el encuentro de Dios.

Sin embargo, no se puede olvidar que Dios habita en el templo de carne que es el hombre. “Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él” (Jn 14, 23). La oración es también un dejarse habitar por Dios, ser “el cielo de Dios”. Porque desde que “la Palabra de Dios se hizo carne y puso su tienda entre nosotros” (Jn 1,), nos hemos enterado de que la Tienda del Encuentro es el hombre, el otro, y también yo mismo.

2.3. El Dios Padre de todos:

Jesús ha llamado en su oración a Dios: Padre; pero con el pronombre posesivo nuestro. En el relato de la caída de los hermanos que narra el génesis dice que Caín oye que el Señor le hace una pregunta inquietante: “-¿Dónde está Abel, tu hermano?” (Gn 4,9). Él quiere evadirse con una respuesta un tanto descarada: “No lo sé, ¿soy acaso el guardián de mi hermano?” Cada uno, le guste o no, no puede escapar a esta pregunta: ¿Dónde está tu hermano? Si no lo sabemos, si rechazamos dar cuentas de él, no sabremos nunca dónde está el Padre. No se llega a Dios aislándose del hermano, separándose de él. Rechazar la comunión con los otros significa separarse de la comunión con el Padre. Dios no se deja encontrar por quien no se deja encontrar por el hermano. Dios no responde a quien no responde al hermano.

Lo primero que pregunta Dios al comenzar la oración es eso precisamente: ¿Dónde está tu hermano? Claro, un Padre siempre está preocupado por todos sus hijos, sobre todo por aquellos que lo pasan peor. Y habrá que preguntarse y compartir con Él por los que no tienen el pan de cada día, ni la salud, ni la paz, ni la serenidad interior, ni una vida con sentido, ni tantas cosas, actitudes, y situaciones deseadas para los hijos.

Así pues, las envidias, rivalidades, personalismos, polémicas hirientes, denigraciones, acusaciones, los celos, protagonismos, sectarismos, mezquindades, disputas ridículas, fanatismos, reivindicación de los propios méritos, negación de los ajenos,etc., no son precisamente los cantos de bendición y alabanza que el Padre quiere. Habrá que romper con la tentación individualista, y hacer la experiencia en plural: Padre, nuestro; Padre de todos, Padre de quienes nos entendemos en todo momento y a su vez de quienes tenemos más dificultad a la hora de relacionarnos.

A un Padre de todos se le puede orar diciendo: ten piedad de las tontas competiciones, de las absurdas batallas, de las mezquindades, de las cerrazones, de la incapacidad para tomar distancia, como Él, que ve desde el cielo sin indiferencia. Ten piedad del tiempo que se pierde peleando por los motivos tan simples, en vez de ocuparse de las cosas que realmente interesan. Ten piedad cuando lo ponemos de parte nuestra, para conseguir la aprobación, para prevalecer sobre el grupo y sus intereses. Padre de todos, ten piedad, al pretender ser hijos, y no aprender todavía el oficio de hermanos.

En la oración al Padre de todos nosotros se pide una mirada buena, un corazón menos pequeño, una mentalidad menos mezquina, capaz de misericordia, comprensión, paz, unidad, perdón, amistad, colaboración. Se pide la capacidad de alegrarse por la luz, brille donde brille. De complacerse con la verdad, allá donde aparezca. De apreciar el bien, allí donde se manifieste. Que al decir Padre nuestro se pueda conocer la dirección de la mirada y no ver las barreras que protegen, excluyen y aíslan del contacto con los hermanos, y, por el contrario, que se compren­da que la unidad no se construye con las uñas.

La parábola del Padre misericordioso recuerda aquel hijo ejemplar que toda una vida la dedicó a la casa y al trabajo, o sea, un excelente trabajador y ejecutor de órdenes, “jamás dejé de cumplir una orden tuya”, insiste el texto, pero que se ha detenido en la entrada de la casa paterna y se niega a entrar (Lc 15, 28). Cuando el Padre sale para suplicarle, reclama el hermano mayor, “Ese hijo tuyo, que ha devorado su hacienda con prostitutas”…“Ese hermano tuyo que  estaba muerto, y ha vuelto a la vida; que estaba perdido y ha sido hallado”, corrige el Padre. Es decir, que el hijo ejemplar, irreprensible, impecable, no había aun reconocido, ni aceptado a su hermano equivocado. Lo rechaza, pero el padre se lo regresa, no como hijo suyo, sino como hermano que hay que acoger con alegría y perdón. Como diciendo: si éste no es tu hermano, yo no puedo ser tu padre.

Orar a Dios, Padre nuestro, es a la vez reconocerse hijo de Dios y miembro de una misma familia, de  la comunidad nueva formada por todos los que se abren a la predicación de Jesús y a la acción salvadora de Dios. Convertidos en hermanos de Jesús por la fe, somos los hijos adoptivos de Dios (Jn 1,12; Rm 8, 14-17; Gál, 1,5; 4, 4-7). En el hijo y por el Hijo, llegamos a ser hijos de Dios.  Por su muerte y resurrección, Cristo nos hace participar en su relación con Dios “para ser primogénito entre muchos hermanos” (Rm 8, 29).  Nos hace partícipes enviando su espíritu a nuestro corazones, Espíritu que clama en nosotros: “¡Abba, Padre!”.

 

3. SANTIFICADO SEA TU NOMBRE

 

“Jesús, alzando los ojos al cielo, dijo:

‘Padre ha llegado la hora; glorifica a tu hijo,

 para que tu hijo te glorifique a Ti.

Y que según el poder que le has dado sobre toda carne,

dé también vida eterna a todos lo que Tú le has dado.

Esta es la vida eterna:

 que te conozcan a Ti,

 el único Dios verdadero,

y al que tú has enviado:

Jesucristo’.”

(Jn17, 1-3)

 

3.1. El Antiguo Testamento como crisis por el Padre:

La figura de Dios en Israel no parte de la imagen de un Dios creador, a la manera de un Padre. Dios no es el origen de la vida y los hombres, no es el centro al que debemos retornar. Dios es ante todo voluntad liberadora que ha elegido un pueblo y le ha llamado a la existencia en el mar Rojo (éxodo); es el amigo que establece con el pueblo un pacto de amistad, y le protege en el camino por la respuesta de confianza y el cumplimiento de la ley (alianza); es, finalmente, la llamada que convierte a los creyentes en peregrinos que buscan el futuro de la vida, el reino de la auténtica existencia (promesa).

En el A.T. se alude a Dios como padre en pocos momentos: La primera alusión aparece en un contexto profético, Dios elige al hombre, y éste a su vez responde a tal llamado (Os 11, 3.8). Jeremías habla de los hijos de Israel que se han negado a llamar a Dios “su padre”: no han querido obedecer su voluntad y se han perdido (Jer 3, 4, 19; 31,9). También el canto de Moisés ha interpretado la caída y los pecados de Israel como abandono de Dios Padre (Dt 32, 6). En un transfondo semejante se sitúan otros textos posteriores de Is 63, 15-16; 64,7; Mal 1,6; 2,10; Tob 13,4.

La segunda alusión forma parte de la teología del rey. En principio, Israel rechazó esa manera de entender la religión: Dios se encuentra unido a todo el pueblo, a través de la experiencia del éxodo y  de la alianza. Sin embargo, en un momento dado, David termina apareciendo como rey sacral, de forma que su trono garantiza la presencia y protección de Dios sobre el conjunto de su pueblo. Por eso se dirá que Dios le trata como un Padre (cf. 2 Sam 7, 14; I Cró 17, 13; 22, 10; 28, 6). Los salmos reales (cf. Sal 68, 6; 89, 27; 2, 7) destacaban de manera especial esa unidad de Dios con el monarca, presentándola como paternidad adoptiva.

Finalmente, la tercera alusión, en contexto de piedad judeo-helenista. Hay un grupo de textos que presentan a Dios como Padre de los creyentes, tomados ya en sentido individual. Eclo 23, 1.4 en donde se invoca a Dios como “Señor, Padre y dueño de mi vida”. También en Sab 14, 3 alude directamente a la sabiduría de Dios Padre. Estos son, al parecer, los únicos pasajes del AT donde un individuo creyente ruega a Dios utilizando el símbolo de Padre[10].

En conclusión, Dios no es Padre porque engendre en forma física sino porque llama a los hijos de Israel para que sean pueblo de hombres libres; es Padre porque ama y porque elige en medio de la tierra a un pueblo, porque guía su camino por la ley, porque le lleva hacia un futuro de verdad y autonomía. De esta forma, sin usar casi el término de Padre, Israel ha comenzado a realizar eso que podríamos llamar la gran revolución del símbolo paterno.  Dejarse mover por el plan de Dios será darle gloria.

Y, en este sentido, podemos decir que todo el AT está salpicado por la afirmación de la santidad de ese Dios: “Yo, el Señor vuestro Dios, soy santo” (Lv 19, 2); “Soy Dios y no hombre; soy el Santo en medio de ti” (Os 11, 9); “Yo soy el Señor tu Dios, el Santo de Israel, tu salvador” (Is 43, 3). El verbo “santificar” en hebreo significa literalmente distinguir, separar, y también, consagrar. Para muchos es sinónimo de glorificar. Quien afirma que Dios es santo reconoce su trascendencia, que pertenece a otra realidad, que no es comparable con nada ni con nadie de lo que conocemos: “No hay santo como el Señor” (1Sam 2,2), “¿Quién hay como tú entre los dioses, Señor?” (Ex 15, 11); mucho más tarde el N.T. dirá de Dios “que habita en una luz inaccesible” (1Tim 6, 16), el cielo. En Jesús el cielo de Dios se vuelca sobre el hombre, por su encarnación, que es más que una presencia histórica, Dios se acerca para transformar el corazón de los que creen en Él humanizando sus vidas y santificando su nombre. Aquí la expresión santificar tiene un doble movimiento.

3.2. Jesús se encarna para santificar el nombre de Dios en la historia de los hombres:

Los teólogos medievales explican por qué el Padrenuestro comienza por la petición “santificado sea tu nombre”. La plegaria comienza nombrando a Dios de la forma como él se ha comunicado a los hombres: como Padre.

Se trata de una petición (expresada con el subjuntivo sea). De esta forma se expresa el deseo y la esperanza de quien ora y busca el deseo de Dios en su vida. La experiencia del Padre en la vida del creyente hace efectivo en él mismo las implicaciones del nombre de Dios, es decir, que realiza el significado de su nombre santo en la persona. Así el que santifica a Dios se santifica en el mismo movimiento[11].

Jesús se dirige al Padre con toda confianza, sintiéndolo Padre suyo, más aun, Padre de todos. Por la obediencia extrema (cf. Hb 4, 14-16; 5, 7-9), san Pablo nos hace pensar que Dios es para Jesús alguien mucho más grande, e impide pensar que la relación con el Padre pueda ser manejada en esquemas particulares e interesados, en definiciones y conceptos meramente racionales; incluso en el contexto de la predicación de Jesús sorprende y es motivo de escándalo para muchos esta forma de dirigirse a Él. Podríamos decir con Santa Teresa de Jesús cuando hablaba de su experiencia: “Quedar encantados de que tan gran Rey esté pendiente de este pobre siervo, y que se haya dignado hacerme su hijo”. Así, Jesús, quien siendo Dios se hizo siervo y obediente hasta la muerte, Dios le devuelve su dignidad de Dios (cf. Fil 2, 6-11).

 

3.3. Santificar el nombre de Dios por el espíritu de Jesús:

Por el bautismo los creyentes viven el espíritu de Jesucristo, según las motivaciones y objetivos que determinaron su vida coherente hasta la cruz: el bautizado se reviste de Cristo. Recibe un modo nuevo de ser, nace de nuevo (Jn 3, 3-6). Animados y transformados por el Espíritu, formamos un solo cuerpo  y somos sarmientos de una sola vid, participamos de su única vida (Jn 15, 1-5).

El espíritu de Jesús, que santifica la vida de los discípulos, es aquella fuerza que animó la existencia, gestos y palabras del Mesías; la motivación que le inspiró y le apasionó para realizar de una forma peculiar su vida y para enfrentarse con valentía y amor a la muerte.

El punto de partida de su existencia fue sin duda la intimidad con Dios, su Padre. De esta relación surge la incondicionalidad al amor gratuito; la cercanía benevolente también incondicional a las personas, especialmente a los marginados. El proyecto de Jesús en esta doble relación se define en que “todos tengan vida en abundancia” (Jn 10,10). El cántico de María hablará de un cambio de paradigmas y valores cuando dice que la presencia de Jesús en ella baja de sus tronos a los arrogantes para convertirse en defensor de los pobres (cf. Lc 1,52). La justicia en este sentido llega inspirada por la compasión. Se trata de la misma justicia del Padre que se derrite cuando vuelve a casa el pródigo (cf. Lc 15;11,ss); la misma justicia de aquel amo de la viña que paga el jornal completo al obrero que llegó tarde a la viña (Mt 20,1-16); la misma justicia desconcertante tantas veces para nuestra lógica.

En todas las actividades y gestos, en sus silencios y palabras, Jesús, manifiesta esa intimidad con Dios, y el compromiso histórico por realizar su proyecto en favor de los seres humanos. En el evangelio de Juan se resume esta manera apasionada de actuar de Jesús diciendo: “Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado” (Jn 4, 34). La relación afectiva con el Padre y el empeño por realizar su voluntad, hizo de Jesús un contemplativo sobre la historia.

Jesús es también un apasionado por el Reino de Dios. La expresión es un símbolo de la nueva humanidad y del mundo nuevo. La parábola del banquete es la mejor imagen de esta línea de santificación del nombre de Dios en su vida: que todos sin discriminaciones se sienten como hermanos a compartir la misma mesa (cf. Lc 14, 15-24).

Pero el Reino de Dios, la comunidad fraterna, se logra si hay un cambio que rehabilita a los pobres, Esta es la condición que introduce Jesús en la en la comunidad, que deja sitio en la mesa común a los echados fuera por las injusticias sociales. Esta opción de Jesús por la causa de los pobres fue una nota permanente y esencial de su conducta histórica. No sólo defendió su causa con palabras, sino con gestos; se sentó en la misma mesa con ellos para compartir el pan. Las comidas de Jesús con los pobres declaran que Dios no abandona a nadie a su suerte y que la salvación es para ellos por el gesto de la solidaridad. Y aunque le acusan de “comilón, borracho, amigo de publicanos y pecadores” (cf. Mt 11,19), Jesús no renuncia ni se esconde.

Estos tres aspectos: tener a Dios como Padre de todos que no quiere la muerte de nadie, el compromiso histórico para que llegue la comunidad fraterna, y el empeño para que los pobres alcancen su dignidad como personas, se apoyan en la espiritualidad de Jesús, en la voluntad del Padre que ama de verdad a todos y es defensor de los pobres.

Parece importante señalar la convicción del Hombre de Nazaret de que la salvación, el reinado de Dios, ya está presente, y transforma el mundo. Así lo dan a entender las parábolas del grano de trigo sembrado en la tierra, que crece de día y de noche (cf. Mt 13, 3-9; 24-30); el reino de Dios va creciendo como la fuerza de la levadura fermentada que una mujer pone en la masa de donde sale el pan (cf. Mt 13,33). La convicción de Jesús es que en cada situación personal, social, de nuestra fraternidad y del mundo, se está realizando la voluntad de Dios en favor de todos los seres humanos.

De esta convicción surge otra dimensión de la vida de Jesús: es un contemplativo. En el texto del sermón del monte dirá Jesús que los lirios del campo y en los pajarillos providencialmente alimentados disfrutan de la intervención gratuita de Dios (cf. Mt 6,25-34). Es como decir hoy que en los más pequeños, en los enfermos y desvalidos Jesús descubriría la presencia del Padre que reclama misericordia y liberación para sus hijos. La cuestión hoy está en que Jesús no huye de los conflictos del mundo, sino que se prepara para afrontarlos por la oración y la decisión.

La conversión de Jesús al Padre, al Reino y a los pobres, le obliga a permanecer libre de idolatrías. Jesús no habla de sí mismo, no se preocupa por su seguridad física, ni por su prestigio social. Lo que le apasiona es realizar la voluntad del Padre, es decir, que en este mundo los hombres vivan como hermanos. En ese anhelo por la llegada del Reino aprendió a salir de sí mismo y de sus intereses, enseñó que en la renuncia a todas las seguridades se abre continuamente la mirada al corazón a los otros. Los discípulos entendieron muy bien esto y en el evangelio lo simbolizaron muy bien en el relato de las tentaciones (cf. Mt 4, 1-7 y par).

El facilismo no hizo parte de la vida de Jesús, no pretendió solucionar los problemas de nadie haciendo milagros, convirtiendo las piedras en panes, por ejemplo. Sabía que por muchos recursos que la humanidad tenga, si falta el reconocimiento de Dios Padre de todos y el amor consiguiente hacia los otros, las muchas riquezas se volverán contra la misma humanidad.

Jesús tuvo que superar, también, la tentación del “prestigio social”. Si se hubiera tirado del alero del templo y hubiera flotado en el aire, todos le admirarían y creerían en él; pero aceptó el camino de la oscuridad y de la entrega incondicional a Dios en la confianza.

En la tentación del poder, todavía más sutil, Jesús se enfrenta a la pregunta sobre un reino de Dios que llega imponiéndose, o por la decisión de un amor gratuito en favor de los otros que exige tiempo, paciencia, desvelo. Jesús escogió el camino de ese amor, y marcó la salvación auténtica como garantía para la llegada del Reino.

Frente a la lógica de la dominación, Jesús combatió las fuerzas del mal: la avaricia, la soberbia, el prestigio social, todos estos ídolos, y las fuerzas que matan y dividen la comunidad. El combate de Jesús contra las fuerzas del mal expresa la llegada del Reinado de Dios: “Si por el espíritu de Dios expulso yo a los demonios, es que ha llegado a vosotros el reino de Dios” (Mt 12,28). En una sola frase, Jesús pasó por el mundo haciendo el bien y liberando a los oprimidos por el diablo.

En la pasión por Dios y por los hombres Jesús fue coherente, se mantuvo firme hasta la muerte.  Así lo reconocen sus mismos adversarios cuando le quieren poner a prueba: “Maestro, sabemos que eres sincero, y nada te importa lo que pueda decir la gente, pues no haces discriminación entre las personas” (Mt 22,16). Jesús no dijo una cosa pero en la práctica hizo otra, en él no hubo engaños ni ambigüedad. No rehuyó conflictos, aceptó calumnias, incomprensiones y abandonos. Su responsabilidad fue tal que asumió el conflicto, y sufrió el martirio como consecuencia de la pretensión que había manifestado con su conducta, sus gestos y palabras.

A primera vista, la muerte de Jesús fue un fracaso, y se puede pensar que aquel hombre era un iluso, pero Dios lo resucitó, acreditando que su pretensión no era vana y su muerte no caía en el vacío. ¿Por qué?, porque confió totalmente en Dios y en la prueba se mantuvo fiel. Así la comunidad cristiana que confiesa a Jesús como “iniciador y consumador de la fe, primogénito de todos los creyentes” (Hb 12, 1-2).

3.4. Jesús ora al Padre en quien tiene su fundamento:

Si se preguntara por el secreto y fundamento de aquella esperanza inquebrantable de Jesús la respuesta ineludiblemente volvería al Padre: “En verdad, en verdad os digo: el que crea en mí, hará el también las obras que yo hago, y hará mayores aún, porque yo voy al Padre. Y todo lo que pidáis en mi nombre, yo lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo” (Jn 14, 12-13).

Las convicciones más profundas de la vida de Jesús estaban fundadas en la experiencia del Padre, por ello no huye del conflicto, sino que mas bien estaba convencido que todos los seres humanos y sus historias progresan en los brazos de su Creador, cuya presencia se descubre y celebra en todas las situaciones. Pero a Jesús este talante contemplativo no le resultó fácil mantenerlo, especialmente cuando llegaron los momentos duros de crisis. Aquí tuvo también que convertirse, y encontrarle un sentido a la oración.

Jesús nació en el seno de una familia que vivía la tradición religiosa marcada en la esperanza de que Dios tenía que venir a este mundo para transformarlo. En aquella comunidad de Nazaret recibió su formación. Los evangelistas presentan a Jesús comentando el texto bíblico en la sinagoga de su pueblo (cf. Lc 4, 16-19). Como los demás judíos piadosos hacía oración tres veces al día, pagaba el impuesto para mantener el templo, y celebraba la pascua; precisamente en esta celebración, y con las oraciones empleadas en la misma, Jesús encontró un sentido a su entrega en la Cruz que advirtió y asumió cerca de sus discípulos (cf. Mt 26, 26-29).

Quizá sea la seriedad con que vivió su fe lo que le llevó, en una línea profética, a denunciar las prácticas de oración opuestas a la experiencia que él tenía de Dios. En la parábola del fariseo y el publicano, Jesús contrapone dos actitudes de los que suben al templo a orar (cf. Lc 18, 9-14). La oración del fariseo no vale, dice, porque en vez de salir de sí mismo trata de asegurarse con una vida obsesionada en una salvación individual, mientras desprecia con orgullo al pobre publicano. A su vez éste, es presentado por Jesús, como modelo de verdadera oración, porque manifiesta su confianza incondicional en los brazos de Dios. La oración no es auténtica si los seres humanos sólo buscan su falsa seguridad y prestigio: “Cuando oréis no seáis como los hipócritas, que buscan de orar en las sinagogas y en las esquinas de las plazas bien sentados para ser vistos de los hombres; y en verdad os digo que ya reciben su paga” (Mt 6,5).

La oración tampoco es cuestión de muchas palabras para que la divinidad despierte y se sienta obligada: “No charléis mucho como los gentiles, que se figuran que por palabrería van a ser escuchados; no seáis como ellos, porque vuestro Padre ya sabe lo que necesitáis antes de que se lo pidáis” (Mt 6,7). Más bien debe ser insistente: “Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá” (Lc 11,9). Lo que cuestiona no es la oración, sino la intencionalidad de la misma: Jesús no quiere manipular a Dios,  quiere sentirse pobre, necesitado de Él, y confiado en sus manos.

Por ello insiste en la oración como un camino de compromiso: “No todo el que diga “Señor, Señor” entrará en el reino de Dios, sino el que haga la voluntad de mi Padre” (Mt 7,21), para “que todos tengan vida en abundancia” (Jn 10,10). Jesús conoce muy bien al hombre. Sabe, por ejemplo, la capacidad de las personas para justificarse y encubrirse, por eso dirá: “Guardaos de los escribas que gustan de pasear con amplio ropaje, ser saludados en las plazas, ocupar los primeros puestos en los banquetes, y que devoran la hacienda de las viudas so pretexto de largas oraciones” (Mc 12, 39-40). Su denuncia señala el colmo de la deformación, es decir, pretender hablar con el Padre de todos, mientras se ahoga impunemente a sus hijos indefensos.

Jesús acudió muchas veces a la oración, para vivir continuamente la intimidad con el Padre, y para mantener su talante y clima contemplativo: “se retiraba a lugares solitarios para orar” (Lc 5,16). La realidad y el contexto donde vivió su vida le exigía discernimiento para renovarse en actitudes solidarias y en el empeño por anunciar la llegada del Reino. No se trata de huir de los conflictos, sino de tomar decisiones. El N.T. presenta a Jesús en oración al recibir su bautismo, era el momento clave para elegir el camino que debía seguir de ahora en adelante; también en la elección de los discípulos, sus amigos; antes de hablar de Dios y enseñar a otros su experiencia de Él (el Padrenuestro, la multiplicación de los panes), aun en medio de la crisis cuando los discípulos dudan y prefieren regresar a su vida anterior, Jesús ora diciendo: “Te bendigo, Padre del cielo y de la tierra, porque has ocultado esas cosas a sabios e inteligentes y se las has revelado a pequeños; sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito” (Mt 11,25).

La crisis definitiva en la vida de Jesús llegó con la cruz. Ahí es cuando se ve con todo realismo la agonía de Jesús. Él que había vivido con sinceridad y verdad, inocente de todo crimen e intención torcida, experimenta con dolor la cerrazón de su pueblo y sufre el abandono de todos. Se pregunta por qué tiene que morir. Es el momento decisivo en su existencia y trata de buscar la voluntad de Dios orando así: “¡Abba, Padre!, todo es posible para ti, aparta de mí esta copa, que no sea lo que yo quiero, sino lo que quieras tú”. En ese discernimiento Jesús elige la verdad de Dios, al fin y al cabo Él es el Padre. El amor se torna incomprensible y desconcertante, aun sintiendo su cercanía. Entonces la oración le sirve para no huir del problema, decide entregarse, consciente de que le van a matar: “LLegó la hora; mirad que el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. ¡Levantaos! ¡vámonos! Ya llega el que me va a entregar” (Mc 14, 32-42).

3.5. Jesús vive porque dice: ‘Santificado sea tu nombre’:

Evidentemente no se pide que su nombre sea santo, como si no lo hubiera sido desde siempre, sino que sea santificado en nosotros; dejarse santificar por la acción de Dios. El verbo en voz pasiva equivale a decir: Que tu nombre sea manifestado como santo por ti, Dios. El profeta Ezequiel habla de la santidad del nombre de Dios; si se toma nota de los verbos que Dios se atribuye para hacer que su nombre sea santificado, es decir reconocido, podemos quedar sorprendidos del rico contenido que se esconde tras esta petición que dirigimos al Padre: “Os recogeré, reuniré, llevaré, purificaré, rociaré, daré un corazón nuevo, infundiré un espíritu nuevo, arrancaré el corazón de piedra, haré que caminéis según mis preceptos, habitaréis la tierra que di a vuestros padres, seréis mi pueblo, os libraré de vuestras inmundicias, no os dejaré pasar hambre, las ruinas se reconstruirán, reedifico lo destruido y planto lo arrasado” (Ez 36, 16-38; 38, 18-23). Después de pedir al Padre que santifique su nombre no hace falta pedir nada más.

Cuando Dios santifica su Nombre, a nosotros sólo nos queda la adoración, la alabanza, y la gratitud, poniéndolo todo en sus manos. “Al ver lo que he hecho en medio de ellos, santificarán mi nombre, temblarán ante el Dios de Israel” (Is 29, 23). “Entonces mi pueblo sabrá cuál es mi nombre, sabrá que soy aquel que afirma: Heme aquí” (Is 52, 6). Se explica que Jesús, al llegar su ‘hora’ pida al Padre que glorifique a su Hijo. Una petición que revela algo del interior de Jesús en aquellos momentos difíciles. Cuando el Espíritu de Dios haya transformado totalmente desde dentro el corazón del hombre es cuando se revela definitivamente la santidad de Dios (cf. Ez 36, 25-27; Ef 1, 3-14).

La invocación ‘Santificado sea tu nombre’ se comprende si la se relaciona con los verbos ‘magnificar’ y ‘alabar’ de la tradición bíblica. Santificar el nombre de Dios significa reconocer su grandeza, las cosas maravillosas que realiza y, por consiguiente, se abre paso a la alabanza y a la bendición. Con las mismas palabras María reconoce las proezas que el Señor hace en favor de su pueblo al comprobar en su propia historia que “su Nombre es Santo”; se trata del canto de alegría, porque el grande y poderoso ha fijado su mirada en la pequeñez y en la humillación de su Pueblo.

4. VENGA A NOSOTROS TU REINO.

 

“Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el viñador.

Todo sarmiento que en mí no da fruto, lo corta,

 y todo el que da fruto lo limpia, para que dé más fruto.

Vosotros estáis ya limpios gracias a la palabra que os he anunciado”.

(Jn 15, 1-3)

 

4.1. La esperanza mesiánica:

Sobre un fondo de pobreza y muerte, allí donde la ley israelita parecía fracasada, entre publicanos y prostitutas, entre enfermos y marginados, Jesús ofrece a los hombres el futuro del Reino, llevando hasta el final la esperanza que iniciaron los profetas. Pues bien, esa actitud tiene sentido y es posible porque él ha descubierto a Dios de un modo nuevo: como Padre.

El anuncio de Jesús presenta a Dios como Señor del Reino. Desde esta perspectiva se comprende la unidad de su vida y espiritualidad: Reino, Padre, pobres (cf. Lc 11, 2). Jesús proclama que el Reino es culmen del amor creador, pero ello implica la superación del pecado del mundo y ofrece la libertad para los hombres. La actitud para recibir este don de Dios es también fundamental: “quien no reciba el reino como un niño no entrará en él” (Mc 10, 15 y par.), así pide volver a nacer, abandonar los cálculos y méritos del mundo, dejando que Dios mismo se revele ante nosotros (en nosotros), como Padre.

Ese Padre no es objeto de razón o esfuerzo: es principio de amor, es poder que libera del pecado en un mundo visto por Juan el Bautista con mucha lucidez (cf. Mt 3, 7-12). Para hablar de este Dios se exige entonces nacer nuevamente, acoger y desplegar la fuerza de su Reino. Por eso, Jesús le presenta como Padre, porque no se encuentra controlado por mandatos que distinguen a buenos de malos; o por encima de la religión y la ley de su tiempo; más bien Jesús presenta un gesto nuevo de en Dios: el amor creador que cura, anima, alienta, hace esperar donde existía solamente el miedo de la muerte.

Para Jesús la paternidad de Dios implica un nuevo nacimiento para el Reino. Como decir que el tiempo del pacto y de su ley terminó, para ofrecer de ahora en adelante a todos los perdidos el perdón y vida nueva de Dios Padre. La antigua ley ya no es medida de las cosas, la función del templo también se agota en la visión del Reino (cf. Mc 11, 15-19 y par.), lo que queda es la relación de hijos en el Hijo y con el Padre (cf. Hb, Cristo mediador).

4.2. El Reino de Dios esta cerca:

Jesús comienza su predicación anunciando la llegada del Reino, reinado, realeza de Dios. El Reino evoca también un espacio (un lugar) en donde el rey ejerce su poder, su soberanía, su tiempo, su aquí y ahora. Sin embargo, Jesús nunca define este término. En el A.T., por ejemplo, se habla más que de Reino, de Señorío; esta distinción parece importante al acercarse al mensaje de Jesús, pues él no habló del Señorío de Dios, sino de su Paternidad. Dios es Rey porque es Padre, Dios afirma su realeza manifestándose como Padre, su dominio por tanto supone otra relación: la misericordia, el perdón. Así, cuando Dios ejerce sus derechos reales: ama a sus criaturas, los invita de los últimos a los primeros puestos del banquete (cf. Mt 20,16), busca a la oveja perdida (cf. Lc 15,4-7) acoge a los pecadores (Mc 2,15-17), e incluso evita el linchamiento de la adúltera (cf. Jn 8,1-11).

Israel vivió la dinámica de su esperanza religiosa en la visión del futuro Israel. En esa visión la realeza de Dios, su llegada victoriosa como rey se expresa como una liquidación de cuentas especialmente con sus enemigos. Los profetas, por ejemplo, hablan de esa realeza de Dios con la imagen del día de Yavhé, en el cual Él mismo ejercerá el juicio sobre todas las naciones (Jer 25, 15s; Ez 39; Is 24) acabando con todas las rebeldías; o también, reuniendo en Sión a todos los pueblos en un solo pueblo (Miq 4, 1-7; Is 2, 2-4; Jr 16,19; Is 25; 52,7; 66, 19-21, etc). Dios es el Pastor (Jer 23, 1-4; Ez 34) y su Reino será un mundo de paz y felicidad (Is 9, 6-9; 35, 1-10). También hay otros textos proféticos que hablan de la venida de Dios (Is 35, 4; 40, 9-10; 59, 19-20; 66, 15.18; Mal 3, 1-2; Zac 14,5). Ténganse en cuenta también los salmos reales: Sal 93, 1; 96, 10; 97, 1; 99, 17; 47, 8-9; 98, 6.9 etc.

Entre los profetas, se había anunciado la venida del Reino (cf. Is 61,1-6) a través de la figura de un Enviado. Se trata de alguien encargado de dar buenas noticias a los pobres, de curar las heridas de los corazones rotos, de traer un mensaje de liberación, de consolar a los afligidos, de dar a todos los infortunados una corona, de hacer entonar un cántico de alabanza a los que tienen corazón entristecido, de promulgar el año de misericordia del Señor. Se trata del sueño de la humanidad que quiere que Dios intervenga la historia de sufrimientos y luchas tantas veces innecesarias.

4.3. El Reino de Dios es Jesús:

La vida entera de Jesús, sus palabras y acciones demuestran de forma concreta que el Reino ha llegado a través de su persona. La pregunta de Juan el Bautista y la respuesta de Jesús dará nuevas posibilidades a su existencia, estando ya en la cárcel: “los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos están limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, a los infelices se les anuncia la buena noticia” (cf. Mt 11, 5). Los signos que Jesús realiza son la señal de que algo nuevo ha comenzado, además, invitan a participar de él. El mundo será de otra forma, en la medida en que se asuma el espíritu del Reino, el espíritu de sus enseñanzas, el espíritu de sus signos a favor de los más pequeños: El espíritu de Jesús.

Las palabras de Jesús en el Sermón del Monte[12] se convierten en una clave para acceder a éste espíritu:  “Dichosos vosotros, los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios” (Lc 6, 20). “En verdad os digo: el que no recibe el Reino de Dios como un niño, no entrará en él” (Mc 10, 15). Ser pobre y/o pequeño son las cualidades esenciales que dan acceso al Reino. Las grandezas y pretensiones humanas parecen contradecir frontalmente la visión de Dios. En este sentido se dice que Dios toma partido y se inclina del lado de los más pequeños y necesitados. Saber que uno es pobre, reconocerse pobre y hacerse pobre a fuerza de compartir, es  aprender a depender de Otro, con mayúscula, y de otros en una relación donde las decisiones del camino se toman en común, y ya no de forma individual.

El modelo que se propone para estar disponibles a esta nueva relación es un niño, por la disponibilidad, por la ausencia de complicaciones, por la confianza ilimitada en sus padres. Los niños entran felizmente en el Reino porque no tienen nada que presentar, no tienen obras que puedan competir con otras obras, no tienen nada de qué presumir, no tienen ninguna pretensión, no buscan conseguir nada por la fuerza, ni tienen posiciones que conservar, o prestigio que mantener, o privilegios que defender. Los niños son libres, dispuestos a responder a las llamadas, sin la prudencia muchas veces interesada de los adultos.

La enseñanza de Jesús es que: “El reino de los cielos sufre violencia (o hace  violencia) y los violentos se apoderan de él” (Mt 11, 12). Los violentos son aquellos que tienen el coraje de tomar incluso la decisión más costosa por el Reino, los que saben hacer las opciones más desgarradoras. El Reino se extiende y crece cuando los hombres hacen caer las barreras que dividen, siempre que superan los prejuicios, siempre que expulsan las injusticias y la opresión de sus relaciones cotidianas.

Otra clave que Jesús da para acceder a ese Reino: “No el que dice “Señor, Señor”, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace…” (Mt 7, 21). El verbo decir no expresa de la mejor manera la llegada del Reino, en cambio el verbo hacer tiene una fuerza mucho mayor: hacer, del verbo fatigarse. Incluso, y aunque el verbo decir se aplique a oraciones del tipo que sean, al final nos dirán nos dirán «no os conozco».

Dice Jesús: “A vosotros os da Dios a conocer el secreto de su reino” (Mc 4, 11). No se trata aquí de un conocimiento para intelectuales, pues los expertos te explican el Reino, te lo ilustran con citas del A.T. y del N.T., pero el conocimiento del Reino exige una relación particular, su información parte más del corazón, porque «el Reino está dentro de vosotros» (Lc 17,21), y no en la cabeza precisamente.

La búsqueda y permanencia en la visión del Reino de Dios tiene sus antagonistas; la enseñanza de Jesús señala principalmente el dinero. Más aún dirá que ambas, búsqueda del Reino y riquezas son  incompatibles: “No podéis servir a Dios y al dinero” (Mt 6, 24).

En conclusión, todo el Sermón del Monte es la descripción que hace Jesús de una nueva manera de ver el mundo y las relaciones entre las personas. Por eso los primeros cristianos cambiaron el anuncio del Reino por la proclamación de Jesús, para ellos Jesús y el Reino se identifican definitivamente, la donación de su vida confirma sus palabras, su resurrección y presencia  es prueba del poder del Padre en la historia de los hombres.

4.4. Orar para pedir el Reino:

Rezar para que venga el Reino de Dios equivale a pedir que Dios reine. Las primeras peticiones del padrenuestro están ligadas. Santificar el nombre de Dios es equivalente a decir que su Reino venga a nosotros. Si el mundo muchas veces se encuentra en oposición a Dios, la oración por el Reino enfrenta las fuerzas del mal, las mismas que se enfrentó Jesús (cf. Lc 11,20).

Al orar y pedir el Reino se implora la soberanía de Dios, es decir, se pide aprender a ser obedientes como hijos dóciles, esto es también la destrucción del poder de Satanás, así como la salvación (liberación) de todos los hombres. Este deseo no depende de lo que nosotros hagamos. En cualquier caso el Reino es don de Dios (cf. Mc 13,32). Lo único que se puede hacer es esperarlo y desear ardientemente su venida, preparándose para acogerlo. Pedir al Padre que apresure la llegada del Reino es la oración de este día, pues las personas no podemos vivir sin su amor, sin su justicia, sin su paz. La llegada del Reino mostrará la visión de una tierra más habitable, de unas relaciones entre las personas más humanas. En la eucaristía se recuerda a diario esta oración:  Tuyo es el Reino, tuyo es el poder, tuya es la gloria… se trata de una añoranza de la llegada de Dios al mundo y a cada uno. Así mismo cuando se dice: «ven, Señor Jesús» se pide la llegada del Reino, y aunque no dependa de nosotros, sí se pude ser colaboradores dóciles siguiendo las pautas de las Bienaventuranzas.

 

Pedir que “venga a nosotros su Reino”, exige hacer una pausa contemplativa, como si Dios respondiera: ¡ya voy, pero hay que empezar por ti mismo!. El terreno del corazón es el campo de prueba donde Dios se hace fuerte. En realidad la petición por el Reino de Dios es el avance de la gracia de Dios en la persona, y hace frente a todo lo que se opone a su proyecto de vida.

Pero la llegada de este Reino y su instauración en la historia de los hombres no es un acto de violencia o de autoridad, tal y como Jesús responde al gobernador romano, no se trata de un reino según los criterios de este mundo (cf. Jn 18,36). Antes que acomodarse a un esquema se manifiesta en la universalidad, es como un árbol que crece hasta cobijar a todos los pájaros del cielo (cf. Lc 13, 19), o una red que recoge peces de todas clases (cf. Mt 13,47), o un banquete abierto al que son invitados incluso los pobres y disminuidos (cf. Lc 14, 13.  21); resumiendo el Reino es como una oportunidad abierta a todos.

Para Jesús la llegada del Reino expresa una ardiente espera, una realidad futura (cf. Mt 25,13; Lc 21,31), pero a la vez una realidad que espera a la puerta (cf. Mc 1,15) y, en cierta forma, que da comienzo a la venida de Jesús. Lo dice Jesús cuando cuenta la parábola de la pequeña semilla que se convierte en un inmenso árbol, o de la pequeña medida de levadura que fermenta toda la masa (cf. Mt 13, 31-33). Jesús anuncia el Reino como una realidad que actúa en presente, aunque sea de forma oculta y misteriosa. Si bien no puede ser constatada mediante indicaciones exteriores (cf. Lc 17,20-21), exige por ello un compromiso radical, una conversión de corazón. El Reino es en definitiva para los que tienen ojos para ver y oídos para oír el presente de Dios en su vida.


5. HÁGASE TU VOLUNTAD.

 

“Os he dicho esto para que no os escandalicéis.

Os expulsarán de las sinagogas,

e incluso llegará la hora en que todo el que os mate

piense que da culto a Dios”.

(Jn 16,1-2)

Meditación de la Pasión de Jesucristo:

Jesús está entrando en la noche. Tiene que orar, porque se le hunde todo, se le oscurece todo. Y le sale del alma decir: ¡Padre!. Lo que pasa es que hace frío, la oración es seca y nadie responde. Grita al Padre por espacio de tres horas, con clamor y lágrimas. La limitación humana pone al hombre en la inseguridad. Cuando la tensión vital se convierte en contradicción, es decir, cuando vivo la angustia entre lo que soy y lo que querría ser; entre lo que hago y lo que debería hacer … Como dice San Pablo: “hago el mal que no quiero, y dejo de hacer el bien que quiero”.

En este momento Cristo se lo está jugando todo: El no o el sí, la vida o la muerte, su vida o la de los demás, su voluntad o la del Padre, el yo o el Tú con mayúsculas.

‘No, no puedes pedir esto en lo mejor de mi vida, retrásalo un poco más. Me quedan aún tantas cosas por hacer. Mis discípulos están tan inmaduros. No me hagas caso, sí lo voy a beber, aunque tenga que morir así. Hacer tu voluntad es toda mi vida, aunque tenga que morir la peor de las muertes. No hacer tu voluntad sería mi infierno, aunque viviera eternamente’. Una oración durísima hecha de obediencia seca.

Los discípulos también están entrando en la noche, pero no se dan cuenta, prefieren dormir. Jesús les recomienda la oración, porque les esperan momentos difíciles. “¿Ni siquiera habéis podido velar una hora?”. A Jesús le parecía poco una hora, a nosotros una eternidad, porque hay tanto que hacer. ¡En la oración más!.

Se apoderó de Cristo la tristeza, la angustia, el terror… cada vez que ponía delante lo que se le viene encima. Llora y lo rechaza. En esos momentos, ¡qué bien tener a alguien al lado! Aunque no digan nada, para sentir su calor, su comprensión. Pero los encuentra de nuevo dormidos. Siempre dormidos. Los despierta y no saben qué contestarle, cómo ayudarle. No sabían más que dormir. Jesús se encuentra terriblemente solo. Suele ser así: las opciones decisivas de la vida se toman a solas.

Cristo por los suelos. Cristo gritando al cielo, suplicando y llorando al Padre. No es propio de un Mesías… pero cuánto bien hace. Ahora sabemos que la tristeza y el miedo no son pecado. Sabemos que llorar y sentir miedo puede ser muy humano. Sabemos que todas las tristezas y angustias pueden ser fuente de gracia. Basta unirlas a las de Cristo en Getsemaní. El huerto se ha hecho fértil gracias a sus lágrimas, a su debilidad, y desde entonces está florecido.

Getsemaní es el momento en que Cristo Nuestro Señor padece la necesidad de probarse en la voluntad del Padre, es el momento en que Cristo queda “machacado por nuestros delitos” (Is 53,5), y que en esta meditación de la oración en el huerto se pueden considerar. Se trata de los mismos sentimientos de Cristo.

Cristo pasa por la tristeza; lo invade. Muchas veces esta desolación no tiene una causa conocida, son esos días en que nos levantamos tristes, sin ganas de vivir, sin ganas de nada. Dice Jesús en el huerto lleno de tristeza y de angustia: “mi alma está triste hasta el punto de morir” (Mt 26,38).

En segundo lugar, el miedo. Experimenta el miedo ante algo que todavía no ha llegado pero que sabía iba a llegar. Jesús parece no poder hacer nada frente al temor, simplemente esperar. Se trata del miedo ante el futuro, ante la posibilidad (la probabilidad) de perder la salud, la vida; de perder a los demás. En Getsemaní, Jesús pasa por este miedo. Vendrá después la Pasión, será llevado a los tribunales y entonces, tendrá que reaccionar, tendrá que responder en el Sanedrín; tendrá que hablar con Pilato. Pero ahora, en el huerto, Cristo simplemente espera. Espera eso que le viene encima y frente a lo cual no puede hacer nada sino temer, tener miedo.

El hastío es esa terrible sensación que quita a las personas el gusto por vivir: esos días en que nos levantamos y nos vemos perdidos, en que se ha perdido el sentido de la vida, en donde todo parece repetirse. En el huerto de Getsemaní Cristo se ve sometido a esta prueba, cuando la Pasión se le viene encima siente el hastío por la ansiedad de pensar : “Y todo esto … ¿ para qué ?”

Cristo Jesús, nos dicen los evangelios, experimenta el asco, la repugnancia, casi de manera física. Siente la necesidad del rechazo frente a ese mal que viene y que no se puede controlar. Pregunta pero no vale de nada, puede negarse la realidad, pero no se miente.

Hay una última sensación. Jesús pasa el trago de sentir la ausencia de Dios: “Puesto en agonía, oraba con más intensidad… ” (Lc 22,44). En esa oración entre el cansancio, la sequedad, los intentos sin respuesta, en esa oración solo le queda gritar: “aparta de mí este cáliz” (Mc 14,36), y fue dicho de corazón por el Señor. Pero al mismo tiempo: “Pero no se haga mi voluntad, sino la tuya”.  Es la mayor síntesis del perder la vida.

6. HÁGASE TU VOLUNTAD EN LA TIERRA.

 

“Si fuerais del mundo,

el mundo amaría lo suyo:

 pero como no sois del mundo,

porque yo al elegiros os he sacado del mundo,

por eso os odia el mundo”

(Jn 15,19).

 

6.1. La voluntad de Dios en la tierra de Israel:

¿Para qué releer la oración de Jesús en grupo o personalmente? Para poner los pies en la tierra, ante todo. Así los autores de la Biblia, todos ellos tienen muy bien los pies en la tierra, más cuando hablan de la guía de Dios y de los caminos que hay que seguir para escucharlo o volver el corazón a Él. Esta nueva vida llevados de la mano por Jesús es para andar, pero de un modo natural, el seguimiento no puede convertirse en una marcha forzada.

El ejemplo del libro del Génesis puede iluminar este momento: el primer patriarca, Abrám, oyó la voz de Dios: Yo soy el Dios poderoso. Anda en mi presencia y sé perfecto. Yo establezco mi alianza entre nosotros dos, y te multiplicaré sobremanera” (Gn 17, 1-2). Apoyado en esta promesa, Abraham envía a un siervo a la búsqueda de una mujer para su hijo. Y le dice: El Señor, en cuya presencia he andado, enviará su Ángel contigo, y dará éxito a tu viaje, y así tomarás mujer para mi hijo de mi parentela y de la casa de mi padre” (Gn 24, 40).

Cuando Jacob bendice a José entre sus hermanos, le dice: El Dios en cuya presencia anduvieron mis padres Abraham e Isaac, el Dios que ha sido mi pastor desde que existo hasta el presente día, el Ángel que me ha rescatado de todo mal, bendiga a estos muchachos” (Gn 48, 15-16).

En tiempos del Éxodo, Dios se convierte en el guía de su pueblo: “El Señor iba al frente de ellos, De día en columna de nube para guiarlos por el camino, y de noche en columna de fuego para alumbrarlos” (Ex 13, 21).

Moisés precisa hasta el detalle el itinerario fijado por Dios: Luego nos volvimos y partimos hacia el desierto por el camino del mar de Suf, como el Señor nos había mandado. Durante muchos días anduvimos rodeando la montaña de Seír” (Dt 2, 1).

El Señor marcha como guerrero con el ejército de su pueblo para defenderlo: Porque el Señor vuestro Dios marcha con vosotros, para pelear en favor vuestro contra vuestros enemigos y salvaros” (Dt 20, 4).

El camino de Dios es una vía espiritual. Dice Moisés: Acuérdate de todo el camino que el Señor tu Dios te ha hecho andar durante estos cuarenta años en el desierto para humillarte, probarte y conocer lo que había en tu corazón” (Dt 8, 2).

La guía de Dios respeta la libertad de los hombres: el camino de Israel se encuentra ante una encrucijada. Es la hora de elegir, y Dios dirige a su pueblo una solemne advertencia: Mira, yo pongo hoy ante ti vida y felicidad, muerte y desgracia. Si escuchas los mandamientos del Señor tu Dios que yo te prescribo hoy, si amas al Señor tu Dios, si sigues sus caminos y guardas sus mandamientos, preceptos y normas, vivirás y te multiplicarás; el Señor tu Dios te bendecirá en la tierra a la que vas a entrar para tomarla en posesión” (Dt 30, 15-16).

Pero Dios conoce la debilidad del corazón del hombre: la infidelidad de su pueblo es siempre posible. Pero si tu corazón se desvía y no escuchas, si te dejas arrastrar a postrarte ante otros dioses y a darles culto, yo os declaro hoy que pereceréis sin remedio y que no viviréis muchos días en el suelo que vas a tomar en posesión al pasar el Jordán. Pongo hoy por testigos contra vosotros al cielo y a la tierra; te pongo delante vida o muerte, bendición o maldición. Escoge la vida (Dt 30, 17-19).

De hecho se manifestará la infidelidad de Israel por el camino del éxodo: Pero tampoco a sus jueces los escuchaban. Se prostituyeron siguiendo a otros dioses, y se postraron ante ellos. Se desviaron muy pronto del camino que habían seguido sus padres, que atendían a los mandamientos del Señor; no los imitaron” (Jue 2, 17).

También Jeremías, en una circunstancia más particular, emplea el símbolo de la encrucijada de caminos. Es en el momento en que Dios decide no combatir más en favor de su pueblo, al que va a castigar: le da la orden de abandonar Jerusalén, asediada por Nabucodonosor. La ciudad es condenada, sólo la huida de sus habitantes les salvará la vida: Así dice el Señor: Mirad que yo os propongo el camino de la vida y el camino de la muerte. Quien se quede en esta ciudad, morirá de espada, de hambre y de peste. El que salga y caiga en manos de los caldeos, que os cercan, vivirá, y eso saldrá ganando” (Jr 21, 8-9).

Los libros sapienciales retoman la imagen de la encrucijada para advertir al joven que se deja arrastrar al adulterio. Al tomar el mal camino, no se da cuenta de que está en peligro de muerte y puede incurrir en la condenación formulada en el libro del Levítico (20,10). También puede ser víctima de la venganza del marido escarnecido. En consecuencia, dice el padre a su hijo: No se desvíe tu corazón hacia esos caminos, no te descarríes por sus senderos” (Pro 7, 25).

Hay un camino de la paz y un camino de guerra. El camino del mal es tortuoso, peligroso: es la vía de la discordia y del conflicto: Camino de paz no conocen, y derecho no hay en sus pasos. Tuercen sus caminos para provecho propio, ninguno de los que por ello pasan conoce la paz(Is 59, 8; Rm 3, 17).

Al nacer Juan Bautista, su padre entona un cántico: El Mesías que viene es el único Sol, el único que puede mostrar el camino de la paz. Si bien Juan Bautista tiene como misión preparar los caminos del Salvador (cf. Lc 1, 76), es Jesucristo quien ilumina a los que habitan en tinieblas y sombras de muerte y guía nuestros pasos por el camino de la paz (cf. Lc 1, 79).

Hay un Salmo que insiste en el aspecto misterioso del camino de Dios. Sólo el Señor es capaz de abrir una ruta en ese elemento inaprensible que es el agua: Por el mar iba tu camino, por las muchas aguas tu sendero, y no se descubrieron tus pisadas” (Sal 77, 20)[13].

Un proverbio muestra que la creación está algo así como cifrada por las huellas de Dios. En la mente del sabio esta evocación de lo desconocido remite al hombre hacia el profundo secreto del Dios oculto, incognoscible: Tres cosas hay que me desbordan, y cuatro que no conozco: el camino del águila en el cielo, el camino de la serpiente por la roca, el camino del navío en alta mar, el camino del hombre en la doncella” (Pro 30, 18-19).

Tras la deportación en Babilonia, el camino que trae a los exiliados a su patria adquiere un gran valor simbólico. Este regreso significa asimismo la conversión del pueblo a su Señor. Isaías invita a Israel a preparar esta partida, a quitar todos los obstáculos, visibles e invisibles, que pudieran oponerse a esta liberación. Una voz clama: ‘En el desierto abrid un camino al Señor, trazad en la estepa una calzada recta a nuestro Dios. Que todo valle sea elevado, y todo monte y cerro rebajado’.” (Is 40,3-4; 57,14).

Los repatriados del exilio deben atravesar un desierto. El camino del retorno adquiere los aires de un nuevo éxodo: Sí, pongo en el desierto un camino, ríos en el páramo. Las bestias del campo me darán gloria, los chacales y las avestruces, pues pondré agua en el desierto (y ríos en la soledad) para dar de beber a mi pueblo elegido. El pueblo que no me he formado contará mis alabanzas (Is 43, 19.21).

Isaías describe aún este camino como una vía real, como un dique elevado encima de una llanura bien regada. Esta ruta es la de un pueblo purificado: Habrá allí una senda y un camino, vía sacra se la llamará; no pasará el impuro por ella, ni los necios vagarán por ella, ni por ella subirá bestia salvaje, no se encontrará en ella; los rescatados la recorrerán. Los redimidos del Señor volverán, entrarán en Sión entre aclamaciones, y habrá alegría eterna sobre sus cabezas” (Is 35, 8-10).

Jeremías invita a Israel a que haga una pausa en su camino y reflexione: Así dice el Señor: Paraos en los caminos y mirad, y preguntad por los senderos antiguos, cuál es el camino bueno, y andad por él, y encontraréis sosiego para vuestras almas” (Jr 6,16).

Pero el pecado siempre puede hacer tropezar al pueblo en el camino que debe conducirle hacia su Señor. Dice Dios: Pues bien, mi pueblo me ha olvidado. A la nada inciensan. Han tropezado  en sus caminos, aquellos senderos de siempre, para irse de trochas, por camino no trillado. Es para trocar su tierra en desolación, en eterna rechifla: todo el que pase se asombrará de ella y meneará la cabeza” (Jr 18, 15-16).

Los salmos y Proverbios describen el buen camino, el que conduce a Dios: “Me enseñarás el camino de la vida” (Sal 16, 11)[14]. “Mi pie se mantiene en el camino recto” (Sal 26, 12)[15]. “Mira no haya en mí camino de dolor, y llévame por el camino eterno” (Sal 139, 24)[16]. “Así irás tranquilo por tu camino y no tropezará tu pie” (Pro 3, 23).

Dos caminos se oponen: La senda de los justos es como la luz del alba, que va en aumento hasta llegar al pleno día. Pero el camino de los malos es como tinieblas, no saben dónde han tropezado” (Pro 4, 18-19).

Dios puede poner obstáculos y tender lazos en el camino de los pecadores. El hombre, bajo el efecto de su cólera divina, exclama: Ha cercado mis caminos con piedras sillares, ha torcido mis senderos. Oso en acecho ha sido para mí, león en escondite. Intrincando mis caminos, me ha desgarrado, me ha dejado hecho un horror” (Lm 3, 9-11).

6.2. Jesús realiza la voluntad del Padre entre nosotros:

En el N.T., Jesús camina mucho. En el camino encuentra a la Samaritana (cf. Jn 4, 1-42), cura al ciego que mendigaba sentado al borde del camino (cf. Lc 18, 35). En la parábola, el buen Samaritano presenta como modelo a quien no desvía sus pasos del camino de la misericordia (cf. Lc 10, 29-37).

A Tomás que pregunta a dónde va y, cómo ir hacia el Padre, le responde: “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Jn 14, 6). Y cuando Felipe le pide a Jesús que le muestre el camino que lleva Padre, Jesús responde: “¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí?” (Jn 14, 10). De este modo revela que se trata de un camino completamente interior. De este modo, Jesús, invita al seguimiento a sus discípulos; la llamada a los pescadores de Galilea, y la respuesta inmediata y radical los convertirá en sus apóstoles (cf. Mc 1, 17-18), más adelante, y a quienes le respondieron de esa manera, Jesús les pedirá una entrega total:Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame” (Mc 8, 34).

El caso de Pablo en el camino de Damasco ilustra de mejor manera el camino y el Encuentro con Jesús (cf. Act 9, 1-9), El que era ciego se da cuenta de su ceguera y se confía al único que puede salvarlo, preguntando: ¿qué debo hacer ahora? Ver significa empezar a caminar con otros ojos, con otra visión de las cosas. El camino consiste en aprender a ser discípulo de Jesús.

El libro de los Hechos de los apóstoles describe la vida cristiana como un camino. Cuando Saulo parte camino de Damasco pide a los jefes de los Sumos sacerdotes cartas para perseguir a los que siguen el Camino, es decir a los cristianos. Curiosamente en el mismo camino encontrará el Camino del Señor.

La carta a los Hebreos describe admirablemente el camino de la fe de Abrahám y de los patriarcas: Por la fe, Abrahám, al ser llamado por Dios, obedeció y salió para el lugar que había de recibir en herencia, y salió sin saber a dónde iba. Por la fe, peregrinó por la Tierra Prometida como en tierra extraña, habitando en tiendas, lo mismo que Isaac y Jacob, coheredero de las mismas promesas. Pues esperaba la ciudad asentada sobre cimientos, cuyo arquitecto y constructor es Dios” (Hb 11, 8-10).

 

Caminar en la fe es la característica del discípulo y del creyente. Creer en el camino que se ha elegido, discernir las diferentes posibilidades y apostar por el camino del Señor, el que lleva a la vida, el que conduce hasta su pueblo; de muchas formas el mismo vía crucis del Señor. Este destino de la cruz no es un error, sino la marcha continua tras la Estrella que guía, la misma que no permite el regreso a la ciudad que mata los profetas: En la fe murieron todos ellos, sin haber conseguido el objeto de las promesas: viéndolas y saludándolas desde lejos y confesándose extraños y forasteros sobre la tierra. Los que tal dicen, claramente dan a entender que van en busca de una patria; pues si hubiesen pensado en la tierra de la que habían salido, habrían tenido ocasión de retornar a ella. Más bien aspiraban a una mejor, a la celestial. Por eso Dios no se avergüenza de ellos, de ser llamado Dios suyo, pues les tiene preparada una ciudad” (Hb 11, 13-16).

7. HÁGASE TU VOLUNTAD EN LA TIERRA COMO EN EL CIELO.

 

“Entonces algunos de sus discípulos comentaban entre sí:

‘Qué es eso que nos dice:

dentro de poco ya no me veréis

y dentro de otro poco me volveréis a ver

y, me voy al Padre?

Y decían:

¿Qué es ese poco?”

(Jn16, 17-18)

 

7.1. El Reino de Dios es el cielo hecho historia de salvación:

En la lectura guiada de la historia de salvación se puede constatar que Dios llama a cada uno por nombre, que conoce sus historias, el momento histórico de cada uno: Es más, Dios tiene un proyecto sobre la historia de cada persona[17].

 

El problema es no permanecer sordos, ciegos a sus llamados, a los signos evidentes de su presencia en la historia personal. Esta meditación exige estar atentos y generosos para escuchar, ver, sentir y saber responder.

Las diferentes llamadas de Jesús, como por ejemplo a los discípulos en la barca (cf. Lc 5,1-11), a Zaqueo en la sala de su casa (cf. Lc 19,1-10), con sus consecuentes exigencias (cf. Lc 9,57-62;  Mc 10,17-22), tienen una serie de aspectos que es importante considerar en cada historia particular:

Jesús es solidario con los hombres, especialmente con los más pobres y necesitados, y propone su plan de salvación y verdadera liberación por el anuncio del Reino de Dios. Además se presenta ante el hombre con esta propuesta: llama a otros para con ellos construir ese Reino de Dios. Invita para seguirlo; aún después de su muerte, estando en Jerusalén encerrados y con miedo de los judíos tras la muerte del maestro, los discípulos sienten su presencia real que atraviesa las paredes del lugar en que se encuentran (cf. Jn 20,19-29). La promesa que le hace a los discípulos de la pascua fue estar con ellos hasta el fin del mundo (cf. Mt 28, 16-20). Es como decir que Jesús estará con sus discípulos siempre compartiendo con ellos sus alegrías, tristezas, esperanzas y dolores.

Jesús llama a diferentes personas, la respuesta generosa de cada uno, es decir, las respuestas hechas con juicio y razón, corazón, sin reservas para el servicio del Reino, por el mismo camino que Jesús indica, comprometen  al discípulo a seguirle e imitarle en todo momento, en lo fácil y en lo difícil, cuando hay abundancia y cuando hay escasez, cuando se vive en calma, o cuando las relaciones revelan más persecución.

Informa el evangelio de Mateo que Jesús “Iba  proclamando la Buena Nueva del Reino y curando toda enfermedad y dolencia en el pueblo” (Mt. 4,25), esta es la actividad masiva de Jesús y realiza la petición del Padrenuestro: “Venga a nosotros tu Reino”. Pero el anuncio de Jesús va mucho más allá de sus palabras; por la respuesta de los discípulos sus palabras y acciones irrumpen en la realidad de Dios. Cuando los hombres apuestan con un sí a sus llamados, Dios se hace presente, su Reino anunciado se hace posible y real. Recuérdense las palabras de Jesús al explicar el porqué de su manera de actuar frente al mal: “pero si por el Espíritu de Dios expulso yo los demonios es que ha llegado a vosotros el Reino de Dios” (Mt. 12,28).

Jesús resucitado sigue trabajando por su Reino en cada llamada que hace a hombres y mujeres, y en cada respuesta de ellos, sus discípulos. Así es como Dios llega a ser Rey; cuando triunfan los valores de las Bienaventuranzas en las personas: justicia, paz, solidaridad, libertad para cada uno y para todos, especialmente para los pobres. Eso quiere decir que el Reino está dentro de cada uno, cuando comprometidos por el amor los discípulos de Jesús expulsan sus propios demonios que impiden amar y servir.

En la historia de los diferentes llamados hechos por Dios hay un contraste: por una parte la realidad del mal, del dolor, de la injusticia existente en el mundo, por otra, la realidad de Dios como Padre, como amor que afirma la vida y que quiere la felicidad de todos. Cuando se toma en serio a Dios como Padre de todos los hombres, de la misma forma como Jesús lo hizo, se cae en la cuenta de que su realidad es negada en el mundo y su soberanía no aceptada. Por eso, Jesús reclama la presencia de Dios y llama a la conversión, al cambio personal y colectivo. San Pablo de la Cruz, fundador de los pasionistas entendió que el olvido de la Pasión de Jesús, que el olvido del gran amor de Dios, es la causa de los males de su tiempo, y propone como remedio a tanto sufrimiento hacer memoria de su amor.

La revelación de Dios en la historia se realiza siempre a través de hechos y palabras. En el camino de Jesús se ha llamado a esta manera de actuar: signos del Reino de Dios. No se trata de un nuevo éxodo a la manera de Moisés y el pueblo de Israel, ni de hacer milagros para probar a los incrédulos algún tipo de poder, ni tampoco pretende Jesús convencer a quienes dudan y facilitar de esta manera su tarea mesiánica, todo esto sería más bien como una tentación.

Los signos del Reino de Dios presentan un lógica diferente; liberan, devuelven la dignidad, restituyen la integridad, comunican vida. Todo esto no es la salvación. Cada uno de estos caminos están abiertos para el hombre como propuesta, y para que a su vez pueda decir: “Dios visita a su pueblo” (Lc 7,16).

7.2. Un camino de enseñanzas simples:

Un primer camino son las enseñanzas de Jesús a través de parábolas con las que introdujo un fuerte conflicto entre la idea de Dios predominante y su experiencia de Dios Padre. Por ejemplo: Dios busca la oveja perdida (cf. Lc 15,4-7): se trata de la imagen de Dios que arriesga todo por encontrar aquel que se ha pedido del grupo y cuando lo encuentra festeja sin medida.

Jesús habla de Dios utilizando una nueva imagen de Él, a la que no estaban acostumbrados a recurrir. Cada una de estas narraciones sencillas, extraídas de la vida cotidiana, presentan elementos sorprendentes que dan que pensar. Así es Dios, como en cada una de las narraciones sencillas, tan cotidiano y a la vez tan profético. A los escribas y fariseos que murmuraban diciendo “éste acoge a los pecadores y come con ellos” (Lc 15,2), Jesús les cuenta la parábola del amor del Padre. Lo que se descubre es la imagen de un Papá que para hacer su voluntad prefiere ponerse a los pies de sus hijos, pero sobre todo cuando ellos necesitan más de su amor (cf. Lc 15,11-31); se describe un comportamiento inaudito de parte del papá de la narración, quien se derrite en la puerta a la espera del hijo, que corre al verlo, que no le permite hablar para explicar nada, que manda traer el mejor traje, un anillo, zapatos, y hacer una fiesta para él por su retorno. Que además sale a la puerta para rogarle a su otro hijo que entre para celebrar la vida del hermano. Así es Dios, nos dirá Jesús.

Las relaciones que establece este Dios de Jesús se basan en un amor misericordioso, gratuito e inquebrantable. Las nuevas relaciones que se desprenden de esta relación no son para contabilizar.  En el mismo capítulo de Lucas se narran dos parábolas mas: la oveja perdida (cf. Lc 15,4-7) y la moneda perdida (cf. Lc 15, 8-10). Ambas tienen exageraciones sorprendentes que no es fácil explicar. Por ejemplo, no se entiende que un hombre que cuida cien ovejas organice una reunión por lo alto para celebrar que encontró la oveja perdida, cuando antes había puesto en riesgo noventa y nueve ovejas dejándolas a su suerte mientras la búsqueda; tampoco se entiende que una mujer que pierde una moneda vuelque su casa hasta encontrar la monedita y termine haciendo una reunión junto con sus amigas para celebrar que encontró la moneda perdida. Lo cotidiano que se convierte extraordinario revela una nueva imagen de Dios. Así es Dios, dirá Jesús.

Hay otra parábola que merece ser considerada: el siervo inútil (cf. Lc 17,7-10). Se trata de un ataque frontal de Jesús contra la espiritualidad de quien funda su vida en el cumplimiento de la ley. Recurre a la imagen de un siervo, que realiza su vida haciendo lo que tiene que hacer; no espera una recompensa. El valor de la enseñanza de Jesús está en que el siervo obediente, es ante todo obediente a sí mismo, .

Otra parábola profundiza aun más esta nueva imagen de Dios en la que Jesús decide vivir: El funcionario que no quiso perdonar (cf. Mt 18,23-34). La desproporción de quien había recibido el perdón de una gran deuda, y que en adelante debiera ser fundamento de su comportamiento con el prójimo; resulta escandaloso cuando en la misma situación su comportamiento dice literalmente lo contrario, cuando, en la misma situación, es incapaz de perdonar una pequeñez, y en su reclamación incluso llega a quitarle la dignidad a un padre de familia (equivalente a quitarle el manto). Las palabras del rey, “Yo te perdoné toda aquella deuda…¿no debías también tú compadecerte de tu compañero del mismo modo que yo me compadecí de ti?” (Mt 18,32-33) son reveladoras, y describen lo insoportable del comportamiento de Dios, que es generoso sin límites, frente al comportamiento mezquino del hombre, que al final se queda sin nada de lo ganado por preferir el otro camino que no es el del Padre y sus ejemplos.

Pero Jesús anuncia el Reino en categorías dinámicas. Por ejemplo habla del crecimiento silencioso del amor de Dios en la persona (cf. Mt 13, 33); del gran valor definitivo, que no se impone, sino que es propuesta gratuita por la que se relativiza otros valores (cf. Mt 13, 44); de lo pequeño capaz de convertirse en la casa de muchos (cf. Mt13, 31-32). Descubrir a este Dios oculto es una experiencia que llena de una alegría indescriptible y que cambia toda la vida: “Es como un tesoro escondido en un campo, que al encontrarlo un hombre, lo vuelve a enterrar y, por la alegría que le da, va, vende todo lo que tiene y compra el campo aquel” (Mt 13,44-56). En contraste con el riesgo que supone esta apuesta total por Dios, señala Jesús: “No podéis servir a dos señores” (Lc 16,13), “Buscad el Reino de Dios y su justicia y todo lo demás se os dará por añadidura” (Mt 6,33; Lc 12,31). Es como decir que la experiencia del Dios de Jesús unifica.

Jesús invita a sus discípulos a creer en esta nueva imagen del amor de Dios. Se trata de una realidad escondida, que al ser descubierta se convierte entonces en una realidad plena:  “Dios sea todo en todas las cosas” (1Cor 15,28).

7.3. El camino de un Dios que toma partido:

Jesús cambia con la imagen de un Dios opresor; la visión religiosa que él tiene y enseña a sus discípulos es la de un encuentro personal, en la que toda la iniciativa parte del amor de Dios. Pero Jesús no elimina la Ley de Moisés, la lleva a plenitud, es por eso que dice: “El sábado se hizo para el hombre, y no el hombre para sábado” (Mc 2,27). En todas las controversias Jesús, antepone al hombre, lo ubica en el centro de las cuestiones importantes y pregunta cual es el mayor bien (cf. Mc 3,3-4). En el fondo, recupera el sentido de la Ley: ser instrumento de liberación y de la felicidad del hombre.

Aferrarse a la Ley es la coartada por la que las personas anhelan la seguridad, pero Jesús le quita las falsas seguridades al hombre, y lo invita a leer su historia como lugar de la realización de la voluntad de Dios.

Mateo presenta la escena del juicio final (cf. Mt 25). Allí Jesús afirma que Dios se identifica con los pobres y necesitados: “Cuanto hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis” (Mt 25,40). El pobre y necesitado es el lugar de encuentro con Dios en la historia y la caridad es el idioma que nos pone en relación con ese Dios oculto. El llamado del amor al prójimo se encuentra en muchas religiones, sin embargo lo original de Jesús es que en el servicio generoso al pobre se establece una íntima vinculación más profunda Dios. Para encontrar al Dios de Jesús hay que abrir el corazón, salir de sí mismo, mantenerse alerta ante la realidad, y descubrir su voluntad cada día.

7.4. El camino de Dios es la vida y no la muerte del hombre:

En la postura radical de Jesús por purificar la falsa imagen de Dios, el hombre piadoso es quien corre más peligro de hacerse un Dios a su imagen. Denuncia, por ejemplo, que la religiosidad es una forma de ceguera y la oración, hipocresía (cf. Mt 6,5); fuente de explotación (cf. Mc 12,40); pues usan a Dios como excusa para no hacer el bien debido al prójimo (cf. Mc 7,9-13); que ponen a la Ley por delante del hombre (cf. Mc 2,23-28), que utilizan el templo para legitimar la injusticia (cf. Mc 11,15-17); que encubren bajo capa de religiosidad mezquindades y pecados (cf. Mt 23,27); que se vanaglorian de su integridad religiosa para despreciar a los demás (cf. Lc 18,9-14); que se preocupan de los diezmos más insignificantes y se olvidan de la fe, de la misericordia y la justicia (cf. Lc 11,42).

Dios no está ni en el templo ni en las oraciones ni en el cumplimiento de la Ley ni en las virtudes cuando el mensaje del Reino no es acogido, cuando las exigencias de la vida diaria no son cumplidas. Allí no está Dios. La denuncia de Jesús no es un arrebato de espiritualismo, es el llamado de atención a quienes teniéndose por buenos se confían a un ídolo (cf. Jn 7,28.30; 8,19-20. 54-55. 59), y se dirige a los presuntos conocedores del verdadero Dios.

Conocer a Dios es practicar la justicia: “Todo el que ama es nacido de Dios y a Dios conoce. El que no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor” (1Jn 4,7-8). Para Juan el amor se identifica con la práctica de la justicia: “Todo el que ama es nacido de Dios” (1Jn 4,7), es decir,  “Si sabéis que Él es justo, sabed también que todo el que practica la justicia es nacido de Él” (1Jn 2,29). Al final, la cruz será la resultante de una imagen de Dios vivida en medio de una religión machista y dominante.

8. DANOS EL PAN DE CADA DÍA

 

“Es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo;

el pan de Dios es el que baja del cielo y da la vida al mundo.

Entonces le dijeron:

‘Señor danos siempre de ese pan’.

Jesús les dijo:

‘Yo soy el pan de la vida’.”

(Jn 6,32-34)

8.1. Un Padre que da el pan de cada día:

La petición del Padrenuestro es escueta: “nuestro pan cotidiano dánosle hoy” (Mt 6,11), “danos cada día nuestro pan cotidiano” (Lc 11,3). ¿A que pan se refiere? Se le pide pan para la subsistencia. El pan es necesario para la vida, el pan, el alimento que se necesita para la vida. No se excluye que también pueda ser el pan de la Palabra de Dios, recuérdese las palabra de Jesús en el relato de las tentaciones cuando el tentador le ofrece convertir las piedras en pan: “No sólo de pan vive el hombre, sino de toda Palabra que sale de la boca de Dios” (Lc 4,4). Es interesante el dinamismo de la petición:  Pedir pan a Dios, trabajar por el pan; compartir el pan, celebrar la fiesta del Pan; cada una de las acciones hace parte, involucra, y compromete el verdadero alimento y la vida de una comunidad.

Pedir el pan, recibir el pan, es traer a Dios a la casa, es ser conscientes de que Él interviene en la vida de cada día, y que tiene que ver con la historia de cada uno. En la enseñanza de Jesús y de las comunidades cristianas, nadie puede dispensarse del trabajo (cf. 2Tes 3,10), es necesario ganarse la vida; sería más fácil evitar el sudor, pero la petición recuerda que a Dios le interesa todo lo que forma parte de la existencia. Dios es solidario de los problemas, las preocupaciones, y por consiguiente de los trabajos.

La petición, ‘danos el pan de cada día’, tiene que ver con un llamado a la hospitalidad, y encuentra su expresión en la acogida que se presta, en el servicio de la caridad. No basta pedir el  pan para todos, también es necesario trabajarlo, compartirlo, y reconocer la providencia de Dios en quien: “Los ojos de todos están puestos…, esperando que les des la comida a su tiempo… Abres tú la mano y sacias el deseo de todos los vivientes” (Sal 104)[18].

La recomendación de Jesús invita a una confianza total en la bondad del Padre: “No andéis preocupados por la vida pensando qué comeréis; ni por vuestro cuerpo, con qué os vestiréis… pues ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso” (Mt 6, 25-34). Lo único que se necesita saber es que: “ya sabe vuestro Padre…”. El Padre sabe de cada uno tiene dibujado sobre la palma de su mano, como un tatuaje imborrable, su rostro (cf. Is 49,16)[19].

En la enseñanza de Jesús se llama al pan, “nuestro pan”, no dice: ‘Dame mi pan cada día’, se trata de la oferta de un pan abundante y suficiente para todos; se trata también del pan de la justicia, lo escandaloso de la petición es el contraste entre quienes mueren de hambre por falta de pan frente a quienes mueren de indigestión. Unos preocupados por la falta de pan, y otros por el exceso de colesterol.  El pan que da el Padre no es propiedad privada, es decir, algo de lo que privamos a los demás.

Las palabras de Jesús son reveladoras cuando dice a los discípulos tentados de encerrarse para comer sin el recurso de la solidaridad: “dadles vosotros de comer” (cf. Mc 6,35-37). Comprender estas palabras y tomarlas como un proyecto de vida dio origen a la solidaridad en la comunidad de Jesús. Las palabras anticipan su enseñanza del fin, de lo que no hay que olvidar en cualquier caso: “Tuve hambre y me disteis de comer…” (Mt 25,). La lección de la historia de Israel es hermosa e ilustra esta relación del hombre con el pan Dios alimenta a su pueblo, pero con la condición de que no almacene más que lo que necesita para cada día (cf. Ex 16):  “Que nadie guarde para mañana” (Ex 16,19), sería como no confiar lo suficiente en Dios.

8.2. Recibir el pan que viene del Padre:

El evangelio de Juan informa que una gran muchedumbre sigue a Jesús hasta un lugar desierto, una montaña situada en la otra orilla del lago, lejos de la ciudad. El relato del milagro, hecho con cinco panes, habla de un alimento material, sin embargo las alusiones al Sinaí y la proximidad de la Pascua, remiten a otra realidad. Jesús dice: “Obrad, no por el alimento que perece, sino por el alimento que permanece para la vida eterna, el que os dará le Hijo del Hombre” (Jn 6, 27). Es cuando Jesús se identifica con el maná, el pan venido de Dios para dar la vida al mundo: “Si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros” (Jn 6, 53). En la resurrección los discípulos comprendieron estas palabras. Jesús hablaba de su vida ofrecida en la cruz pero resucitada en la Eucaristía, en la comunión con el Cuerpo entregado y en esa Sangre derramada. Así, el pan remite a otra realidad en donde Dios es fuente de vida: es Padre en el Hijo que da origen a la comunidad. La comunión con ese pan, la confianza en el que se entrega como alimento, da lugar a una nueva relación con Jesús, y por tanto con el Padre.

Es interesante resaltar que en el texto de Juan el don del pan ocurre en el desierto. Es en la necesidad donde el hombre es capaz de acoger todo como un regalo de Dios, mientras, que si la situación fuera de excesiva facilidad se perdería fácilmente lo esencial. La lógica de las bienaventuranzas, “Bienaventurados los que tenéis hambre de justicia, porque seréis saciados”. (Mt 5,6), es también la lógica de la Eucaristía y de la entrega, de la pobreza y el trabajo, del pan y la solidaridad.

En la última cena Jesús define el sentido de toda su existencia, como servicio: “Yo estoy en medio de vosotros como quien sirve” (Lc 22,27). El servicio define la lógica de la revelación, se contrapone a la lógica humana: la donación de la vida es la Revelación del misterio, pues la encarnación de Cristo es ya absoluta y total donación del Padre que realiza su acción en el mundo entregando y derramando su ser en el Hijo y después a través del Espíritu. En la locura de la cruz (cf. 1Cor 1,18-25) la lógica de la encarnación alcanza la mayor expresión del amor del Padre (cf. Jn 3,16; 1Jn 4,9; Rm 8,32; Flp 2,6-8; 2Cor 8,9). He aquí la alianza nueva y eterna, núcleo central de la fe de los discípulos y de la espiritualidad de comunión, en especial aquella comunión de la VR.

La comunión en Cristo Jesús establece el principio fundamental de la lógica del seguidor, donde el dar – darse es ganarse, mientras que el reservarse es perderse (cf. Mt 16,25; Mc 8,35; Lc 9,24; Jn 12,25). Más que un comportamiento describe las características propias del ser y del actuar de Dios. Jesús describe esta identidad con una imagen agricola, pero llena de contenido: “si el grano de trigo que cae en la tierra y muere, produce mucho fruto” (Jn 12,24), de lo contrario queda infecundo.

Jesús, con su entrega, da origen a una comunidad abierta (cf. Mt 22,1-10), de ahí la imagen del banquete con los pobres y los pecadores (cf. Mc 2,15-17) que, rompiendo los moldes exige una comunidad nueva. Según San Pablo esta comunión es participación del cuerpo de Cristo: “el ser muchos un solo cuerpo, ya que todos participamos de un único pan” (1Cor 10,16-17).

8.3. El Hijo es el pan venido del cielo que da vida al discípulo:

El N.T. compara la llegada del Reino con un banquete de bodas (cf. Mc 2,18-22; Mt 22, 1-14; 25,1-12; Lc 12, 35-38; 14, 7-11). El libro del Apocalipsis menciona el banquete de bodas del Cordero, al que afluyen los invitados y que coincide con la plenitud del Reino de Dios (cf. Ap 19, 6-9): “He aquí que estoy a la puerta y llamo; si alguno escucha mi voz y abre la puerta, yo entraré y cenaré con él y él conmigo” (Ap 3,20).

La imagen esponsal puede ser referida de manera especial al estilo de la Vida Religiosa. El Concilio Vaticano II establece una estrecha relación entre la dimensión esponsal del consagrado y la promesa de la castidad, por la que se evoca ante el mundo aquel admirable desposorio, establecido por Dios, y que ha de revelarse plenamente en el siglo futuro, por el que la Iglesia tiene a Cristo por único esposo (PC 12). Esta sabiduría es el eje de la espiritualidad de la consagración, El N.T. concentra deferentes imágenes que reflejan la absoluta confianza en la misma providencia de Dios (cf. 1Cor 1,24; Mt 7,28; Col 2,3; Rm 11,33); sabiduría superior a la de Salomón (cf. Mt 12,42); inaudita para la lógica humana, e incapaz de comprender esta Sabiduría escondida (cf. 1Cor 1,19-2,8), y que se justifica por sus obras (cf. Mt 11, 18-19). También una sabiduría que desenmascara al hombre, haciéndole caer en la cuenta de su pecado (cf. Lc 7, 40-50; Lc 22, 21s), pero esta sabiduría también le ofrece el perdón (cf. Lc 19, 6-9). El evangelio de Juan la presenta como la Palabra o como la Luz.

La expresión: “denles ustedes de comer” (Mt 14,16) se equipara a la expresión: “Haced esto es memoria mía” (Lc 22,19). Pues ambas destacan la mesa de la palabra y la mesa del banquete; la mesa del encuentro.

Desde sus inicios, la comunidad cristiana se fue construyendo en torno a la presencia del Señor en el banquete eucarístico y a la memoria de sus palabras y sus gestos. La pregunta de Jesús a los Hijos de Zebedeo es reveladora: “¿podéis beber el cáliz que yo he de beber?” (Mc 10,38). La comunión del cáliz es participación no sólo en la sangre del Cristo sino también en su suerte y destino, en aquel camino que llega hasta la entrega total de sí mismo (cf. Mc 10, 45; 14, 26). Ante la respuesta positiva de los discípulos el Señor cumple su promesa de darles a beber su propio cáliz en la última cena. El sacrificio de sí mismos, la plena entrega a semejanza de Jesús que, cumpliendo la voluntad del Padre y, asumiendo la forma de siervo, aprendió sufriendo a obedecer (cf. Flp 2,7; Hb 5,8), coincide más adelante con la entrega y la donación sacrificial de los discípulos.

En consecuencia, la eucaristía, memorial de la obediencia del Señor, debe ayudar a vivir la obediencia al Padre, la confianza y entrega filial a su amor. Por su carácter dialogal esta obediencia es una confianza basada en el amor, pues sólo a aquél al que se ama profundamente puede decírsele: “no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lc 22,42; Jn 4, 34).

9. PERDONA NUESTRAS OFENSAS.

 

“En verdad,

en verdad os digo:

lo que pidáis al Padre os lo dará en mi nombre.

 Hasta ahora nada le habéis pedido en mi nombre.

Pedid y recibiréis,

para que vuestro gozo sea colmado”

(Jn16, 23-24).

 

9.1. El perdón que viene de Dios:

La parábola del siervo que no quiso perdonar define la situación del hombre ante Dios (cf. Mt 18 24), refleja el estado de pecador. La petición que se hace es: perdónanos o ponnos en paz. Sobre el perdón, Jesús enseña en el evangelio de Mateo: “En efecto, si vosotros perdonáis a los hombres sus faltas, también os perdonará vuestro Padre celestial; pero si no perdonáis a los hombres, vuestro Padre tampoco os perdonará vuestras faltas” (Mt 6, 14-15); y, más adelante: “Cuando os pongáis a rezar, si tenéis algo contra alguien, perdonádselo, para que también vuestro Padre que está en los cielos perdone vuestros pecados” (Mt 11, 25).

No se pide a Dios actuar el perdón a la manera de los hombres, pues el amor de Dios no tiene condiciones. En las parábolas del hijo, la oveja y la moneda perdida de Lc 15, el perdón se ofrece sin ninguna condición, y se subraya, incluso, que la razón del regreso del hijo no es su arrepentimiento, sino el hambre que pasa. Tampoco la oveja tenía más cualidades para que la fueran a buscar. Lo que queda manifiesto es lo gratuito e incondicional del amor de Dios.

Otros textos subrayan el perdón del Padre condicionado al perdón entre las personas de la comunidad, de la familia. Se trata de un solo mandamiento, no de dos (cf. Mt 22,34-40). La enseñanza de Jesús relaciona la oración y el perdón como experiencias inseparables, como decir que la búsqueda de Dios exige la búsqueda del hermano. Se impone la pregunta de Dios en el paraíso: “¿Dónde está tu hermano?” (Gn 4, 9). En consecuencia, no podemos pedirle a Dios que perdone si antes no se ha perdonado a los deudores, lo cual implica soportar injusticias y renunciar a toda venganza: “Yo os digo que no opongáis resistencia al malvado… Amad a vuestros enemigos, rezad por los que os persiguen…” (Mt 5, 38-47).

Las palabras de Jesús son reveladoras cuando exigen con respecto al culto: “Si vas a presentar tu ofrenda, y te acuerdas de que tu hermano tiene queja de ti…” (Mt 5, 23-24). No importa quien tenga la culpa, si un hermano está dolido contigo habrá que hacer todo lo que esté al alcance para restaurar la relación. Esta exigencia está por encima, incluso, de la ofrenda del culto. Como decir que la reconciliación no se puede retrasar, aunque sí el culto. La comunión con Dios exige la reconciliación con el prójimo: “Si uno dice que ama a Dios mientras odia a su hermano, miente; pues si no ama al hermano suyo a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve” (1Jn 4,20).

Los capítulos 18 y 19 del evangelio de Mateo destacan el perdón en la dinámica de la comunidad. Por ejemplo, insiste en lo ilimitado del perdón, no hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete (cf. Mt 18,22). Junto a la parábola del siervo sin entrañas se puede concluir que: “Así os tratará mi Padre celestial, si cada uno no perdona a su hermano de todo corazón” (Mt 18,35).  El ejemplo de esta manera de actuar, en cualquier caso, es Dios.

Pedir el perdón es, entonces, saber dar el perdón. Es pedirle a Dios que se porte con cada uno de la misma manera con que cada quien se porta con el prójimo. De esta manera la medida del perdón es la persona, no tanto su debilidad, ni el deber de las cosas, sino la persona y la generosidad al aceptarla tal cual es. No es que con nuestro perdón se merezca el perdón de Dios; se trata más bien de la condición que hace posible y facilita la toma de conciencia del amor de Dios.

El perdón de Dios es el perdón del Padre, es decir, la apertura a su amor acogedor e incluso escandaloso. Los siervos se relacionan de una manera, los amigos de otra (cf. Jn 15,15), pero los hijos son capaces de reaccionar, sentir, pensar y actuar de otra manera: como el Padre:“el que me ha visto a mí, ha visto al Padre” (Jn 14,9)[20].

Tomar conciencia de la condición pecadora ayuda en el proceso de búsqueda de la voluntad de Dios, pero darse cuenta de la misericordia que Dios tiene funda la comunidad. Por el perdón se profundiza la fe y el criterio de discernimiento: “Con la medida con que tratéis a los demás, seréis tratados vosotros” (Mt 7,2).

9.2. Vivir desde la pedagogía del perdón:

Jesús comienza su predicación invitando a la conversión. El perdón no puede ser dado sino por Dios, pero se necesita que alguien lo reciba. Y la conversión no es sino la aceptación de esa oferta de Dios; pero el perdón es una gracia, y la conversión es la concreción, la acogida de esa gracia. Los profetas predicaron la conversión para prepararse al perdón. Ésta fue la misión del Bautista, y éste es uno de los aspectos de la misión de Jesús: “A esta generación no se le dará otro signo más que el de Jonás” (Mt 12, 39). Mc resume la predicación inicial de Jesús así: “Se ha cumplido el tiempo; ya llega el reino de Dios, convertíos (Mc 1, 14-15). Esta conversión es la parte del hombre en su propio y verdadero perdón.

En los evangelios sinópticos hay una historia que revela de forma singular la manera como Jesús anuncia el perdón: le traen un paralítico para que lo cure, pero Él dice en cambio: “Tus pecados te son perdonados” (Lc 5,20 y par). No dice ‘yo te perdono tus pecados’, es decir, le hace caer en la cuenta de que quien perdona es Dios.

A diario en laudes recordamos el texto del Benedictus (cf. Lc 1,67-79), en el que se define la misión de Juan Bautista: “Y tú niño, irás delante del Altísimo”. No dice que Juan da el perdón, sino que conoce la salvación que da el perdón de los pecados. También el texto de la anunciación de Juan el Bautista a Zacarías (cf. Lc 1,17) dice que Juan debía venir para “reconciliar a los padres con los hijos” (Mal 3, 24). Ésta es la finalidad del bautismo de conversión del que Lucas habla en Actas de los apóstoles (cf. Act. 13, 24; 19,1). Pero lo más importante se encuentra en que Juan cumpla su misión; “La gente venía a Juan y le decía: ¿qué debemos  hacer?”, a lo que Juan responde: “quien tenga dos túnicas, dé una a quien no tiene; que quien tenga qué comer comparta”. De nuevo centra la respuesta en actos de amor al prójimo (cf. Lc 3,12).

El texto del paralítico orienta la enseñanza de Jesús (cf. Mc 2,1-12), unos hombres traen en una camilla a un hombre que estaba paralizado. Intentan llevarlo hasta Jesús. Por la cantidad de gente lo suben a la terraza y separando las tejas lo bajan ante Él. Jesús ve la fe del grupo, y la del paralítico: “Viendo su fe, Jesús le dice: Hombre, tus pecados te son perdonados” Pero los presentes exclaman: “¿Quién es éste que dice tales blasfemias? ¿Quién puede quitar los pecados fuera de Dios?” Tienen razón, pues el pecado es una ofensa a Dios, por tanto sólo Él puede perdonarlo. El fallo está en no poder analizar la situación para ver que Jesús es quien trae el perdón de Dios. La respuesta de Jesús va más allá al darse cuenta de cómo razonan: “Pues para que veáis que el hijo del hombre está autorizado para perdonar los pecados en la tierra… Jesús dice al paralítico: Escucha, tú, ponte en pie, carga con tu camilla y márchate a tu casa”. Obsérvese que al inicio Jesús dice: Dios te perdona, pero al final quien obra con poder es Él mismo. Entonces todos dicen: “Hoy hemos visto cosas increíbles”.

La comida en casa de uno de los fariseos es una de las catequesis más hermosas sobre el perdón (Lc 7,36-50). Jesús, que acababa de definirse como el amigo de los pecadores y publicanos, se presenta como el auténtico profeta que todos esperan. Es cuando el fariseo invita a Jesús a comer a su casa; también llega la mujer, conocida pecadora. Ella se ha dado cuenta de su pecado, ha entendido el amor de Dios, y se acerca para expresar su arrepentimiento delante de aquel profeta, y del pueblo reunido, Trae un perfume, seca los pies del maestro con sus cabellos: signo de amor y de humildad. En otro lugar el fariseo piensa para sus adentros: “Si éste fuera profeta sabría quién es esta mujer que le toca y que es una pecadora”. Jesús le conoce le cuenta una historia: “un acreedor tenía dos deudores…” Pero al final, Jesús hace una pregunta situada desde otro punto: “¿Quién de los dos amará más?” Todos saben que el gesto de la mujer es una expresión de amor, un amor que brota del perdón: ¿Quién le amará? Aquel a quien más se le ha perdonado. Ha amado mucho porque se le ha perdonado mucho. Sí, la respuesta realmente es esa. Las palabras de Jesús son aun más fuertes: “Tus numerosos pecados te son perdonados”. Así es Dios.

También la respuesta de Zaqueo cuando recibe a Jesús puede servir para considerar el perdón de Dios y la pedagogía del amor: “Mira, la mitad de mis bienes, Señor, se la doy a los pobres, y si a alguien le he sacado dinero, se lo restituiré cuatro veces” (Lc 19,8). La exclamación de Jesús es también contundente: “Hoy ha llegado la salvación a esta casa, pues también él es hijo de Abrahám. Porque el Hijo del hombre ha venido a buscar lo que estaba perdido y a salvarlo” (Lc 19,9).

9.3. A manera de conclusión: el perdón como don y liberación del hombre:

El perdón es, entonces, la acogida comprensiva y bondadosa que Dios hace. A Dios se le conoce porque es: “lento a la cólera, rico en piedad y leal” (Ex 34, 6), “misericordioso y compasivo, que perdona los pecados y salva”  (Eclo 2,11). Lo cual es motivo de sorpresa y gratitud: “¡Qué grande es la misericordia de Dios y su perdón para los que a él se convierten!” (Eclo 17,29).

El perdón es obra de Dios: “Él nos eligió para que estuviéramos delante de él sin falta por el amor” (Ef 1,4); “todos pecaron, pero graciosamente van siendo rehabilitados por la generosidad de Dios” (Rm 3,24); “os digo, hijos, que vuestros pecados están cancelados por obra suya” (1Jn 2,12).

Ese perdón lo concede Cristo, en quien “obtenemos la redención de los pecados” (Col 1,14; Ef 1,7); “el que cree en él obtiene el perdón de los pecados” (Act 10,43); mediante la confianza en Jesús, que es el abogado junto al Padre (cf. 1Jn 2,1); mediante la confianza en Dios cuando la conciencia acusa, (cf. 1Jn 3,20); y mediante el reconocimiento humilde de los pecados (cf. 1Jn 1,9).

El perdón de Dios da fuerza para aceptarse a sí mismo, los miedos y debilidades. Y para poder perdonar a los demás: “El Señor os ha perdonado, haced vosotros lo mismo” (Col 1,13); “perdonaos mutuamente como Dios os perdonó por Cristo” (Ef 4,32); para poder decir así: “Perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden” (Mt 6,12).

Y así la reconciliación del hombre con Dios se realiza por la iniciativa de Dios en Cristo (cf. 2Cor 5,18). “El Padre manifestó su misericordia reconciliando consigo el universo, lo terrestre y lo celeste” (Col 1,20). Desde siempre Dios tomó la iniciativa de reconciliar a los hombres y al mundo (cf. 2Mac 1,5; 5,20), pero últimamente lo ha realizado a través de Cristo Jesús: él reconcilió a los hombres con Dios por medio de la cruz (cf. Ef 2,16). Reconciliar significa, por tanto, que Dios, por libre iniciativa suya, pone fin a la enemistad en que se encontraba el hombre en relación con él (cf. 2Cor 5,19).

10. COMO NOSOTROS PERDONAMOS A LOS QUE NOS OFENDEN.

 

“Os he dicho esto,

 para que mi gozo esté en vosotros,

y así vuestro gozo sea colmado.

Éste es el mandamiento mío:

que os améis los unos a los otros

como yo os he amado”

(Jn15,11-12).

Meditación para alcanzar mas amor.

En el capítulo 21, el evangelio de Juan presenta la ultima de las apariciones de Jesús a sus discípulos. Se refiere ya, a un contexto eclesial del grupo de discípulos. Es decir, se trata de una comunidad constituida y con una experiencia hecha a partir de la experiencia de la resurrección. Tanto el contexto de la barca como el de la pesca son la mejor imagen de lo que es una comunidad, pues en la imagen los discípulos tienen que aprender a trabajar en equipo. Subir a la barca es tomar la responsabilidad de ascender, como Jesús al monte, o a Jerusalén, o a la cruz, o después, en Galilea, al Padre.  Los discípulos tuvieron que aprender a seguir al maestro, y el proceso lo hicieron después de su muerte, y después de su resurrección.

El primer aprendizaje que debían hacer era pescar al amanecer, no en la noche. El discípulo de Jesús es un hombre de luz, no de tinieblas. La comunidad de los resucitados nace en la mañana de la resurrección, cuando la noche oscura de la muerte deja de tener sentido y de causar terror, cuando a la luz de los trabajos del día, el grupo se convierte en la tarea permanente. Se trata de todo un nuevo aprendizaje.  “Muchachos, ¿no han pescado nada? … Echen la red a la derecha”. Aprender en la escuela de Jesús exige desaprender; se trata de dejarse guiar por las enseñanzas del maestro.  En realidad los discípulos, hasta ese momento, no habían entendido la escritura, quizá ni siquiera  habían entendido a Jesús nunca. Lo habían escuchado, pero debían aprender a ser un equipo, una comunidad; el cuerpo del resucitado en el mundo, un organismo vivo.

Al final del encuentro, el diálogo entre Jesús y Pedro alcanza su culmen, Jesús pregunta por aquello que en realidad hay que aprender: a dar la vida. La pregunta de Jesús a Pedro con tanta insistencia: “me amas?”, no representa la desconfianza del maestro, sino el tema principal del diálogo de los discípulos con Jesús: se trata de la acción más repetida de un discípulo de la pascua; se trata de la misión que han de vivir durante su vida de ahí en adelante: confirmar la fe de los hermanos con la propia vida. Volver a Galilea, regresar al mismo lugar donde habían dejado las redes antes, es volver al amor primero: ésta es la mayoría de edad de los discípulos: dejar de huir de la violencia, del conflicto, de la desilusión. Pero, ahora sin el maestro, ellos lo experimentan en la misión, que es un ponerse a prueba. Las palabras de Jesús indican el camino: “sígueme”.


11. NO NOS DEJES CAER EN TENTACIÓN

 

“Yo ya no estoy en el mundo,

pero ellos sí están en el mundo,

 y yo voy a ti.

Padre santo cuida en tu nombre a los que tú me has dado,

para que sean uno como nosotros”.

(Jn 17, 11)

11.1. Una experiencia de la vida: la tentación:

¿Qué se entiende por tentación, y quien tienta a quien? ¿Puede el hombre tentar a Dios? En la historia de Israel frecuentemente el pueblo se detenía para murmurar contra de Dios y su manera de conducir la historia: “Nos habéis hecho salir  a este desierto para hacer que muera de hambre toda esta multitud” (Ex 16, 23). La tentación contra Moisés en este caso es la misma tentación contra Dios. Igual cuando experimentan la sed en el desierto y no hay agua a la vista (cf. Ex 17, 1-7).  En el salmo invitatorio se recuerda cada día esta tentación constante en la vida del pueblo; Massá es sinónimo de tentación y Meribbá parece ser la realización de la tentación a manera de protesta y de murmuración (cf. Salmo 95, 8-9)[21].

Se trata de la narración de la fe inmadura del pueblo, que espera siempre a que Dios resuelva todas las dificultades, incluso a manera de exigencia: “¿Está o no está el Señor en medio de nosotros?”  se pregunta. Y comenta Yahveh: “Todos estos hombres que han visto mi gloria y los prodigios realizados por mí en Egipto y en el desierto, y sin embargo ‘me han puesto a prueba’ ya diez veces y no han obedecido mi voz, no verán ciertamente el país que he jurado dar a sus padres” (Nm 14, 22-23).

Tentar a Dios es equivalente a dudar de su amor, de su presencia en la historia, y por tanto, de su salvación. La tentación no está en las dificultades, sino en la exigencia que se hace para que Dios se manifieste cuando el hombre lo ordena. El hombre desafía a Dios para que realice signos extraordinarios, y para que demuestre su amor y preocupación.

Una fe que se alimenta del milagrismo, de lo extraordinario, de lo sensacional, que no sabe leer en la vida los signos del paso de Dios, más que creer, es tentar. El libro de la sabiduría dirá: “Él se deja encontrar por los que no le tientan, se muestra a los que no se niegan a creer en él” (Sb 1, 1-2).

Pero también se encuentra la posibilidad de que sea Dios quien tiente al hombre por medio de pruebas, por ejemplo en el A.T..  Se dice que Dios “excita” al hombre a pecar (cf. 1Sm 26,19; 2Sm 24,1), o bien que le envía un espíritu malo (cf. Jue 9, 23; 1Sm 18, 10-11) que lo conducirá al pecado. Una tentación se encuentra en la interpretación de la progresiva revelación de Dios, que hace pensar al pueblo que Dios los pone a prueba para ver hasta dónde llega su fidelidad (cf. Gn 22,1; Ex 15, 25; Dt 8, 2-3). Y aunque Dios no empuja al pueblo a la prueba, cada una de las situaciones es la oportunidad para dar testimonio de la fe.

¿Cuál es la visión que el hombre de fe tiene en la prueba? Primero, es una oportunidad para medir la calidad de la fe, la fidelidad, la resistencia y el aguante en la confianza a Dios. El ángel de Dios le explica a Tobías: “Yo he sido enviado para probar tu fe” (Tob 12, 13). En segundo lugar, la crisis, la tentación, saca afuera las motivaciones internas. En la historia de Abraham Dios le da aquella orden al patriarca no para tentarlo, sino para que él manifieste su fe: “Acuérdate de todo el camino que el Señor tu Dios te hizo recorrer en estos cuarenta años por el desierto, para humillarte y ponerte a prueba, para saber lo que tenías en el corazón, y si ibas a observar o no sus mandamientos” (Dt 8, 2). Es decir, que la tentación es la oportunidad para tomar una decisión. Y, por último la tentación sirve al creyente de camino de purificación: “Dios los probó y los encontró dignos de él; los purificó como al oro en el crisol y los aceptó como un holocausto” (Sab 3, 5-6). “El crisol es para la plata y el horno para el oro, pero el que prueba los corazones es el Señor” (Prov 17, 3). “Escudríñame, Señor, y ponme a prueba, purifica con el fuego mi corazón y mi mente” (Sal 26, 2).

Al inicio de los evangelios se cuenta que fue el Espíritu quien condujo a Jesús hasta el desierto para tentarlo. Obsérvese que la imagen de la tentación no resalta de esta manera, la tentación misma como en la respuesta que da Jesús al tentador, es donde se encuentra la fuerza del relato.

La tentación-prueba toma diversas formas: sufrimientos, contrariedades, persecuciones, ausencia de Dios, triunfo aparente de las fuerzas del mal, desilusión ante el fracaso, el dolor del inocente, los escándalos dentro del mismo pueblo de Dios. La historia de Israel puede leerse como una tentación. Por ejemplo, con los cuarenta años por el desierto: Dios quería ver si su pueblo es capaz de confiar en Él: “El Señor vuestro Dios os pone a prueba para saber si amáis al Señor vuestro Dios con todo el corazón y toda el alma” (Dt 13, 4). Lo mismo: “Hijo, si te presentas para servir al Señor, prepárate para la tentación” (Eclo 2, 1). Y, “El que ha viajado conoce muchas cosas, el que tiene mucha experiencia hablará con inteligencia. El que no ha tenido pruebas, poco sabe” (Eclo 34. 9-10).

En la carta de Santiago se afirma que es preciso alegrarse cuando llega la tentación: “Considerad como perfecta alegría, hermanos míos, el que sufráis toda clase de pruebas, sabiendo que la prueba de vuestra fe produce la paciencia” (St 1, 2-3). Y también: “Dichoso el hombre que soporta la tentación, porque una vez superada la prueba recibirá la corona de la vida que el Señor ha prometido a los que lo aman” (St 1, 12).

Pablo, al despedirse de los ancianos de Mileto les recuerda: “Serví al Señor con toda humildad, en medio de lágrimas y pruebas” (Act 20, 19). Y Pedro explica: “Estad llenos de gozo, aunque ahora tengáis que veros afligidos por diversas pruebas para que, el valor de vuestra fe, mucho más preciosa que el oro, que a pesar de estar destinado a perder, se prueba a fuego, ceda en alabanza vuestra” (1Pe 1, 6-7). Y también: “Queridos, que no os sorprenda el incendio de la persecución que se ha encendido en medio de vosotros para probaros, como si os ocurriese algo extraño. Sino que, en la medida en que participáis de los sufrimientos de Cristo, os alegréis de que en la revelación de su gloria podáis gozar y exultar” (1Pe 4, 12-13).

Al final, las palabras de Jesús: “Vosotros sois los que perseverasteis conmigo en las pruebas; y yo preparo para vosotros un reino… para que podáis comer y beber a mi mesa” (Lc 22, 28-30).

11.2. Vuestro enemigo el diablo que ronda (1Pe 5,8-9): 

Pero el mal que rodea la vida muchas veces es personificado, se trata de la constatación de que en el mundo hay una fuerza que se opone al proyecto de Dios, y que tiende a separar al hombre de la voluntad de su Señor (cf. Gn 3, 19). Dice la segunda carta a los Corintios: “La serpiente en su malicia sedujo a Eva”  (2Cor 11, 3). Este es el discernimiento que hay que hacer tras la elección, ya no se trata de decir que Dios tienta al hombre: “Nadie en la tentación diga que Dios le tienta, pues Dios no tienta a nadie” (St 1,13). El relato de las tentaciones presenta a Jesús sometido a la prueba, sien embargo el acento de los textos se encuentra en la respuesta de Jesús, más que es la tentación como tal. Él define su voluntad ante Dios por la respuesta que da.

En el evangelio el que vence es Jesús, y lo hace por la fuerza de su palabra. Es decir porque se mantiene consecuente con lo que dice, sus obras son expresión de su fidelidad. La palabra en la carta del apóstol san Pablo es la espada del Espíritu. (cf. Ef. 6).

En el relato de las tentaciones, el tentador intenta separar a Jesús del proyecto del Padre, es decir, de su decisión, que en la cruz se expresa por el camino de la humillación, del rechazo, por un camino más fácil, el del éxito, la facilidad y el poder (cf. Lc 8,13; 18,8; Ap 3,10).

Pero la oración que se dirige a Dios en cualquier caso es no caer en la tentación. En esta oración Dios tiene un papel importante: impide que el discípulo consienta la tentación ¿de qué manera puede suceder esto?. Si se acepta que ‘entrar en la tentación’ es lo contrario a ‘entrar en el reino,’ en la vida, en la felicidad buscada y anhelada. La petición es mucho más seria, pues se trata de confiar a Dios cualquier proyecto y propósito de la vida que busque el encuentro con Dios y que exija el encuentro con los hermanos. Pedir a Dios que libre de la tentación es buscar los medios para no volver a mirar atrás, a las situaciones dejadas, confiando en la nuevas situaciones (cf. Mt 26,41; 1Cor 10, 13).

Es ilógico pedirle a Dios que evite la tentación sin la participación activa de cada uno. Las tentaciones son y tienen fuerza; se personifican en la medida que se les permite actuar en una persona y que no se hace nada para evitarlas. Así, Dios permite cada una de las situaciones que son realmente tentaciones. Por ello pedir a Dios que nos libre de la tentación es la ratificación del deseo de ser sólo de Él, y la decisión de perseverar en el camino y proyecto emprendido. Éste es el momento de realizar esta acción con decisión.

Si Cristo enseña a orar de este modo es porque quiere que sus discípulos sean sólo para él, y porque sabe que se puede afrontar la tentación teniendo confianza en la acción amorosa de Dios. La pregunta que cabe no es: ¿Dónde está Dios cuando se es tentado?, pues aquí no es tan importante una respuesta racional y lógica, pues Él actúa con indiferencia y silencio (como en el calvario). Es mejor considerar si durante el camino se tiene la confianza en Dios.

Emprender el camino de cara a la misión de cada día con esta oración en los labios es la prueba de no haber perdido el tiempo dedicado a Dios. Es decir, se pide la confianza en las palabras que se han escuchado a través de la oración para el proyecto de vida. Por ejemplo en los relatos de la Pasión se puede decir que la fe de los discípulos estaba a prueba. El evangelio de Lucas lo presenta de esta manera: “Simón, Simón, Satanás os ha reclamado para cribaros como trigo. Pero yo he pedido por ti para que no pierdas la fe” (Lc 22, 31-32).También: “El que crea que está en pie, tenga cuidado de no caer” (1Cor 10, 12). O, “Dios es fiel y no permitirá que seáis tentados por encima de vuestras fuerzas; pero con la tentación os dará también la solución y la fuerza para soportarla” (1Cor 10, 13). En todos los casos la invitación de Jesús es un llamado a la confianza: “Velad y orad para que no entréis en la tentación” (Mc 14, 38), es decir, a no se separarse de la voluntad del Padre, incluso en los momentos más conflictivos.

12. LÍBRANOS DEL MAL.

 

“No te pido que los quites del mundo,

sino que los guardes del maligno”

(Jn 17, 15).

12.1. Decir ‘líbranos del mal’, es como decir ‘necesitamos de ti’:

Desde la iglesia primitiva, y en la enseñanza de Jesús, se aprendió a decir: “Líbranos del Maligno”. La expresión quiere afirmar el deseo de permanecer lejos de todo aquello que no sea Dios, lejos del mal. En diversos pasajes la oración y enseñanza de Jesús quiere mantener a sus discípulos lejos de la experiencia del maligno: “Sea vuestro lenguaje sí, sí, no, no; lo que pase de ahí procede del Maligno” (Mt 5,37). “Si uno escucha el discurso sobre el Reino, y no lo entiende, viene el Maligno y le arranca lo sembrado en su mente” (Mt13,19). “No pido que los saques del mundo, sino que los libres del Maligno” (Jn 17,15). San Pablo también hace la misma advertencia: “Para todo, embrazad el escudo de la fe, en el que se apagarán las flechas incendiarias del Maligno’ ( Ef 6, 16); “El Señor, que es fiel, os fortalecerá y protegerá del Maligno” (2Tes 3,3). También San Juan: “Os escribo, jóvenes, que sois fuertes, conserváis el mensaje de Dios y habéis vencido al Maligno” (1Jn 2, 13-14); “El engendrado por Dios lo protege para que el Maligno no lo toque” (1Jn 5, 18-19).

Según los anteriores textos el objetivo del maligno es: Primero, apartar de su vocación y de su misión al discípulo, hasta privarlo de Dios, que lo ha consagrado. Segundo, no permitir que la Palabra produzca sus frutos deseados. Tercero, busca que el seguidor de Jesús se impregne de la mentalidad del mundo. Cuarto, quiere que el discípulo se olvide de la consagración que hizo, hasta que deje de estar al servicio de Dios, y desee servir a otros señores: a los ídolos, tan habitualmente rechazados por toda la Escritura . Finalmente, que renuncie a su fe y confianza en Dios, y caiga en las manos del señor de este mundo.

Hay que recordar que la actividad de Jesús se presenta muchas veces como una lucha contra Satanás, vale la pena en este momento considerar algunos exorcismos (cf. Mc 1, 21-28; 4, 35-41; 5, 1-20; Mc 3,20-30).

San Pablo asegura: “El Señor es fiel, él os robustecerá y os guardará del Maligno” (2Tes 3, 3). La carta a los Tesalonicenses recuerda que ser hijos y que andar expuestos a diversos peligros hace al seguidor un hombre a menudo amenazado de sucumbir en cada uno de estos males que le rodean. Marcharse de la casa del Padre y no saber si volver o no, exige la intervención del Padre que es quien puede recuperar sus hijos; su familia. Sólo Dios puede devolver la condición de hijos a quienes vuelven hasta su puerta y se dejan tratar como hijos, no como jornaleros. Es decir, sentirse en casa, y bajo su techo.

Confesar la propia debilidad, reconocer la vulnerabilidad: “Entonces gritamos al Señor, Dios de nuestros padres, vio nuestra humillación, nuestra miseria y opresión: el Señor nos hizo salir de Egipto con mano poderosa y brazo fuerte” (Dt 26, 7-8). Es cuando Israel reconoce la imagen del Dios libertador, el Dios del Éxodo.

La imagen que mejor ayuda a comprender esta oración es el texto de Pedro: “Vuestro enemigo, el diablo, como león rugiente, ronda buscando a quién devorar: resistidle firmes en la fe” (1Pe 5, 8). La maldad, que ha echado profundas raíces en el corazón, no puede ser extirpada sino por la persona misma. La enseñanza de Jesús en este campo pide hacerse como niños y pedir ayuda al único que puede lograrlo. Por eso es que se debe orar al Padre diciendo: Líbranos del Maligno.

A través de la petición se le insiste a Dios que no deje a sus hijos en una situación amenazadora y que, en cambio, los arranque del poder del Mal que se desata sobre el mundo. Es algo muy similar a esa otra petición de Jesús por sus discípulos, en vísperas de su muerte: “No te pido que los saques del mundo, sino que los protejas del Maligno” (Jn 17,15). De este modo, incluso en la última petición del padrenuestro, se asume con responsabilidad la misma súplica que Cristo dirigió y sigue dirigiendo al Padre por todos; se asume la propia necesidad del Padre.

12.2. ¿Cómo comprender la voluntad de Dios? A manera de conclusión.

El recorrido por las palabras de Jesús es el mismo camino por la voluntad de Dios, teniendo presente que ésta se manifiesta principalmente a través de la comunidad. No se escoge cristianamente pensando solamente en sí mismo, pues las buenas  opciones se realizan en el marco de la Iglesia, cuerpo de Jesús en la historia.

La enseñanza de Jesús a sus discípulos es entonces conducida al conocimiento de la voluntad de Dios, y el conocimiento de dicha voluntad conlleva la realización de la vocación y el correspondiente discernimiento. No se trata de una misma cosa, aunque se hallan estrechamente unidas.

Pedir estar lejos del mal, es pedir estar más cerca de Dios, más ceñidos a su voluntad. Es decir, considerar la salvación, el plan de Dios en la propia vida; que es la manera como Dios, buen Padre de familia, dispone las cosas en la historia y en el mundo.

El capítulo primero de la carta a los Efesios sintetiza toda esta idea de manera muy profunda: “Él ha derramado abundantemente sobre nosotros esta gracia para realizarla en la plenitud de los tiempos: hacer que todo tenga a Cristo por cabeza” (Ef 1). Se trata de purificar ideas equivocadas acerca de la voluntad de Dios, pues, no son un libro ya escrito, se trata más bien de captar la fuerza del amor que nos atrae, por ejemplo, a una comunidad o a una familia; es el amor de Dios en Cristo el que atrae hacia una determinada manera de ser personas en el mundo y en la Iglesia.

En el evangelio de Juan, en el contexto de los anuncios de la Pasión, Jesús dice de sí mismo: “cuando sea elevado en lo alto, atraeré a todos hacia mi” (Jn 12,32). Es decir que Jesús desde la cruz, desde la Eucaristía, atrae hacia sí mismo, configura, no sólo como personas, sino también como comunidad, como Iglesia, como humanidad. Dirigirse a Dios, lejos del maligno es alcanzar la estatura moral, humana, en Cristo por el Espíritu Santo.

Alimentar el dinamismo de la búsqueda auténtica de la voluntad de Dios es la tarea del discípulo. La oración, la lectio divina, el sacramento de la Penitencia y de la Eucaristía, el compromiso en el servicio, son mecanismos permanentes propuestos e implícitos en el estilo religioso. Aunque también habrá que dar importancia a algunos signos, no sueños, que se manifiestan en la historia de cada quien, para discernir esa dirección al amor de Dios. En este punto quizá sea útil leer la parábola de las minas (cf. Lc 19, 11-27), precisamente porque allí, en las cosas confiadas a cada uno a manera de misión – vocación, hay mucho de historia de salvación, o mucho de resistencia al amor. Hay acogida al plan de Dios que libra del mal camino, o a su vez hay obstáculo al proyecto de Dios que nos quiere definitivamente para sí.

¿Cuál es el trabajo personal al que se orienta un nuevo ejercicio permanente a partir de este momento? escuchar los movimientos interiores. Sintonizar con la voluntad de Dios en todo momento, saber encontrar dentro de cada uno las palabras y los gestos adecuados que apoyen las decisiones tomadas y, que defiendan de  las perturbaciones de la vida.

La pregunta por la voluntad de Dios busca centrar la persona en su historia particular, y aunque se responde no siempre sobre designio conocidos, el esfuerzo ha de dirigirse en cualquier caso a su plan de amor. Este crecer en el amor, acción del Espíritu, mueve a orar constantemente, y al discernimiento del querer del Señor. Escribe San Pablo: “Sabemos que todo concurre al bien de los que aman a Dios, que han sido llamados según su designio” (Rom. 8,28). Quien crece en este amor, busca las motivaciones de la vocación con sinceridad y sin temor a equivocarse. Por tanto, la regla fundamental del discernimiento está en dar espacio al Espíritu de Dios que habita en cada uno, a fin de que ore en nosotros, y guíe el camino que se pretende recorrer. Las palabras de Jesús a Pedro sirven de guía permanente: “Pedro, ¿me amas?”. Es la pregunta antropológica decisiva para comprender la naturaleza profunda del hombre.


[1] José María Pujadas. Encuentros de Promoción Juvenil. Guía para la organización de encuentros de promoción juvenil y grupos juveniles cristianos. Herder, 1986. pág. 341.

[2] Manual de Encuentros, Pág. 344.

[3] “En la II Reunión Internacional, que se celebró en Colombia el año 1977, con las delegaciones que asistieron se estudió el tema: «En busca del carisma de los Encuentros de Promoción Juvenil». Al terminar se redactó entre todos la siguiente conclusión: Los Encuentros de Promoción Juvenil tienen sus propios objetivos o metas. En función de sus metas los Encuentros se definen como movimiento de Iglesia, que promociona al joven a su ser auténtico, a ser hombre nuevo según la imagen de Cristo; a la creación y promoción de grupos evangeliza­dores y evangelizados, bajo la fuerza del Espíritu Santo, hacia la implanta­ción del reino en la juventud”. Manual de Encuentros, pág. 356-357

[4] Manual de Encuentros. Pág. 344.

[5] Manual  de Encuentros. Pág. 354

[6] Xavier Pikaza, El Dios cristiano, pág 1003-1021. en: “G. SCHRENK, Pater, TWNT V, 951 ss.; W. MARCHEL, Abba 2941. En perspectiva africana resulta iluminador y sorprendente el conjunto de testimonios que ofrece MASSON, Père, con amplia bibliografía”.

[7] CH. Duquoc, Dios diferente, Sígueme, Salamanca 1978, 76100”.

[8] Juan Pablo II. Catequesis dada el 20 de enero de 1999, en la audiencia general de los miércoles. “Una paternidad tan divina y al mismo tiempo tan «humana» por los modos en que se expresa, resume en sí también las características que de ordinario se atribuyen al amor materno. Las imágenes del Antiguo Testamento en las que se compara a Dios con una madre, aunque sean escasas, son muy significativas. Por ejemplo, se lee en el libro de Isaías: ‘Dice Sión: ‘el Señor me ha abandonado, el Señor me ha olvidado’. ¿Acaso olvida una mujer a su niño de pecho, sin compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues aunque una de ellas llegara a olvidarse, yo no te olvido’ (Is 49, 14-15). Y también: ‘Como uno a quien su madre consuela, así yo os consolaré’ (Is 66, 13). Así, la actitud divina hacia Israel se manifiesta también con rasgos maternales, que expresan su ternura y condescendencia (cf. Catecismo de la Iglesia católica, n. 239). Este amor, que Dios derrama con tanta abundancia sobre su pueblo, hace exultar al anciano Tobías y le impulsa a proclamar: ‘Confesadlo, hijos de Israel, ante todas las gentes, porque él os dispersó entre ellas y aquí os ha mostrado su grandeza. Exaltadlo ante todos los vivientes, porque él es nuestro Dios y Señor, nuestro Padre por todos los siglos’.” (Tb 13, 3-4).

[9] “La afirmación inicial de la paternidad divina “desaparece” durante largo tiempo, antes de retornar. Dios se presenta como “héroe liberador” que da la ley y se da un nombre; que no es el “padre”, sino “el que es” (Ex 3,13-15). (Obsérvese, de paso aunque no lo haga notar Ricoeur, que nos hallamos aquí ante algo que contradice toda la expectación freudiana: Dios remite no a la fantasía, sino a la historia efectiva, al “principio de realidad”). Andrés Torres Queiruga. Creo en Dos Padre. El Dios de Jesús como afirmación plena del hombre. Sal Terrae. 1982. Pág 103.

[10] Cf. J. Jeremías, Abba, 19‑23.

[11] OLIVIER BOULNOIS, en Selecciones de Teología, n. 135, pág. 222).

[12]  Recuérdese que todo el mensaje del Hombre Nuevo gira en la estructura de las bienaventuranzas.

[13] Salmo 76,20. “Tu te abriste camino por las aguas, un vado por las aguas caudalosas, y no quedaba rastro de tus huellas”. Lit. Horas: laudes, miércoles II.

[14] Salmo 15,11. “Me enseñarás el sendero de la vida, me saciarás de gozo en tu presencia, de alegría perpetua a tu derecha”.  Lit. Horas: I vísperas, domingo II.

[15] Salmo 25. Lit. Horas: Media, viernes I.

[16] Salmo 138. “Mira si mi camino se desvía, guíame por el camino eterno”. Lit. Horas: vísperas, miércoles IV.

[17] El camino pedagógico del EPJ es poder llevar al joven a salir de sí, esto es a entender que la mejor forma de transformar el mundo es poder vencer su egoísmo por la capacidad de entrega y servicio que los jóvenes pueden desplegar. Esto mismo lo hizo Jesús para mostrar el gran amor transformador que salva a la humanidad.

[18] Salmo 103. De la litúrgia de la horas

[19] La reflexión espiritual Jesús nuestro héroe señala que la actitud más hermosa de Jesús es poder sentir el dolor de los que sufren, hasta el punto de hacerlo suyo. Podemos decir que Jesús sentía el dolor de los marginados de su tiempo, y de la misma manera los emproístas  queremos continuar haciendo nuestra esta actitud de Jesús, por ellos nos sentimos enviados.

[20] Los consagrados, “su existencia da testimonio de amor a Cristo cuando se encaminan al seguimiento como viene propuesto en el Evangelio y, con íntimo gozo, asumen el mismo estilo de vida que Él eligió para Sí.  Esta loable fidelidad, aun no buscando otra aprobación que la del Señor, se convierte en memoria viviente del modo de existir y de actuar de Jesús como Verbo encarnado ante el Padre y ante los hermanos”. Caminar desde Cristo, N.5.

[21] “No endurezcáis vuestro corazón como en Meribá, como el día de Massá en el desierto”. Salmo 94. Invitatorio en la Lit.. de las Horas.