“EL QUE PRACTICA MISERICORDIA ,

QUE LO HAGA CON ALEGRÍA”

(Rom 12,8)

ASE-039-Mayo de 2015

Germán Alberto Méndez. C.P.

Asesor Espiritual.

 

A los equipos promotores y a las comunidades emproístas

“Por su parte los once discípulos marcharon a Galilea,

al monte que Jesús les había indicado.”

(Mt 28,16)

 

La misión de Jesús empezó en Galilea “Hoy, en esta noche, cada uno de nosotros puede preguntarse: ¿Cuál es mi Galilea? ¿Dónde está mi Galilea? ¿La recuerdo? ¿La he olvidado? He andado por caminos y senderos que me la han hecho olvidar. Señor, ayúdame: dime cuál es mi Galilea; sabes, yo quiero volver allí para encontrarte y dejarme abrazar por tu misericordia”[1]. Y por esto a Galilea hay que volver para completar la experiencia de la resurrección, como misión de la vida.

Al inicio las palabras de Jesús en Galilea fueron: “vuelvan a Dios, pues ya ha llegado su reinado” (cf. Mt 4,12), y esta actividad coincide con el llamado a los primeros discípulos, dos pares de hermanos pescadores (cf. 4,18-22), actividad que se extendió por toda Galilea, primero en todas las sinagogas, pero también cuando curaba todas la enfermedades y dolencias a la gente del pueblo, es decir por el culto y por la acción social caritativa. Un dato más, Este anuncio no se limitó exclusivamente a Galilea en el plano geográfico conocido, pues la misión de Jesús y sus discípulos se extendió por Siria, Galilea, la Decápolis, Jerusalén, Judea y Perea, es decir, Galilea es tan solo una referencia que indica la universalidad del seguimiento.

Pero la enseñanza de Jesús empieza en un lugar bien concreto: el monte. “Viendo Jesús las multitudes  subió al monte, y cuando se sentó se le acercaron sus discípulos. Y abriendo la boca les enseñaba diciendo” (cf. Mt 5, 1-2). El monte es el referente de todas las enseñanzas de Jesús; primero el monte de la tentación, en el desierto; después otro monte, lugar elevado donde se transfiguró (a la misma altura que Moisés); y finalmente los montes del Calvario, y de la bendición misionera, donde los discípulos pueden optar y aprender de Dios al hacer la misma experiencia con el maestro.

El “Sermón de Monte” es una colección de los dichos y palabras de Jesús que fue transmitido por los evangelios (Cf. Mt 5,6 y 7, y Lc 6, 17-49) de una manera pedagógica en una sola colección. Similar experiencia se tiene cuando se recuerda a una persona, y en un instante se puede recordar de ella muchas cosas en una sola imagen, aunque hayan ocurrido en distintos momentos de la vida.

El único interés de este recorrido por el “Sermón del Monte” es encontrar al hombre de Nazaret y ser capaces de hacer una experiencia profunda de Dios. Interesa resaltar las repeticiones que hace el evangelista en algunos temas, pues siempre que alguien repite algo en su experiencia de vida y de fe, es porque ha encontrado en esa misma repetición un camino que le ayuda a profundizar la experiencia que hace como tal.

El “Sermón del Monte” se dirige a los discípulos más cercanos y a la multitud que lo sigue. Se trata de un doble círculo oyentes, algunos querían seguirlo, pero por ello mismo las palabras de Jesús son para todos, pues seguirlo exige vivir en el mundo pero de una manera diferente, de una manera capaz de fermentar el mundo con su mensaje y acción, de esta manera el “Sermón del Monte” se concreta en una nueva justicia que es el mandamiento del amor. Cuando Jesús proclama que el reino de Dios está cerca, significa que Dios se hace presente en el mundo y por tanto que se realizan las promesas de los profetas; el evangelio de Mateo insiste todo el tiempo en esta realización, y el correlativo que confirma la realización de las promesas es anuncio de palabra y de obra de los discípulos en Galilea, es decir, la curación a los enfermos, la superación del mal por la libertad de los endemoniados.

 

“Entra en tu aposento y después de cerrar la puerta,

 ora a tu Padre que está en el cielo.”

 (Mt 6,6)

 

El dicho de Jesús acerca de la oración (cf. Mt 6, 5-15) critica la palabrería pues, es la razón del sin sentido de la oración. y en contraposición el “Sermón del Monte” propone como modelo de toda oración las palabras enseñadas por Jesús a sus discípulos. Se trata de una invocación y seis peticiones; tres centradas en los atributos de Dios: “tu nombre”, “tu reinado”, “tu voluntad”; y tres acciones centradas a favor de los hombres: “danos”, “perdónanos”, “no nos sometas”.

Jesús abierta y escandalosamente llama a Dios ABBA (Papasito) para referirse a Él[2] y, por esta intimidad el hombre Santifica el nombre de Dios, y además apresura la llegada del Reino: decir que Dios reina es pertenecer a Él y aceptar que se está dominado por Él. De la misma manera la voluntad de Dios, cuando Él hace su voluntad, el mundo continúa su marcha en dirección del amor. Tomar tiempo para orar es abrir oportunidades al amor.

Pero la oración de Jesús también pide abiertamente el pan de cada día, se refiere al alimento material diario, y en este sentido Dios constituye ese alimento de la humanidad.  Pedir perdón por los pecados realiza el perdón de Dios en el hombre, es decir que el hombre ha seguido el ejemplo de Dios. La oración de Jesús le suplica a Dios le libre de los males, muy actual por cierto en un mundo que no ha encontrado la manera de preservar su especie, se trata de la toma de conciencia de propio pecado.

El significado de este momento de pausa para buscar a Dios en la oración es muy importante, pues significa acudir a Él y no despreciar su don (cf. Mt 7,7-12). Para muchos un camino de oración exige tener una fe intensa, pero el punto de arranque de la oración muchas veces se describe literalmente al contrario, es decir como la toma de conciencia de una oración escaza, o como una falta de fe. La promesa de Jesús con respecto a la oración es que Dios siempre escucha, así como un Padre con sus hijos.

Finalmente el dicho de la “regla de oro” (v. 12) presenta la sabiduría popular para sintetizar toda la ley y los profetas. Pero las enseñanzas de Jesús en el “Sermón del Monte” van mucho más allá de esta regla de oro, hasta la contemplación del amor de Dios modelo de toda la humanidad: “Sed perfectos como su Padre celestial es perfecto.” (Mt 5, 48).

 

“Serán felices si hacen esto” (Jn 13,17).

Consideración del Principio Fundamento

 

Que Dios reine es el proyecto de la vida cristiana, y por tanto la búsqueda de la voluntad de Dios es el punto de partida del “Sermón del Monte”. Jesús propone, en resumen, tres escalones:

  • Amar más la pobreza que la riqueza, es decir: compartir lo que soy y tengo, en vez de acumular.
  • Preferir las ofensas y menosprecios antes que los honores mundanos, es decir: ser muy libres en todo.
  • Escoger la humildad y no la soberbia: actuar con sencillez total.

Este es el manifiesto del Reino en el “Sermón del Monte”. Pero el ejercicio constructivo de la persona en esta dirección exige nuevas actitudes ante la vida, apoyadas en una nueva imagen de Dios. De esta nueva imagen de Dios Padre surge una nueva conducta de los hijos y, por consiguiente, de los hermanos.

Las Bienaventuranzas son el eje transversal y la expresión de las nuevas actitudes ante los hermanos. Jesús afirma repetidamente que son “Dichosos” (felices) los que tienen como deseo fundamental en su vida el hambre de que se cumpla en la humanidad el proyecto del Padre Dios (cf. Mt 12,46-50). Así sufrimiento es darse cuenta que estamos aun lejos de este ideal, la respuesta que debe desarrollar el discípulo de Jesús para contrarrestar espacios al sufrimiento es la solidaridad, con entrañas de misericordia[3], y en compromiso con las víctimas del anti-Reino, pero sin violencia, sin apuros ni improvisaciones; sino con mansedumbre eficaz, es decir con una buena preparación y planificación; con corazón puro lleno de amor, sin los egoísmos de los intereses personales. Así el discípulo es constructor de paz, esa que no da el mundo (cf. Jn 14, 27-28), sino la paz que es fruto de la justicia de Dios. Dichosos son los que saben mantenerse firmes en esta actitud a pesar de las intrigas y persecuciones que les pueda infringir el mundo, también estos son los pobres con Espíritu, con el Espíritu de Jesús. Quien opta por Jesús sabe compartir con sus hermanos todo lo que son y tienen, esto es encarnación (cf. Fil 2, 6-11) y así es como se consigue la cumbre de la felicidad: “Por eso Dios lo levantó sobre todo nombre…”; “De ellos es el Reino de los cielos”, por ser de verdad hijos.

“Tomando la palabra les enseñaba diciendo: Dichosos…” (M t5, 3-10):

La repetición de la palabra “Dichosos” compone la enseñanza de Jesús en las ocho bienaventuranzas, especificadas cada una en personas bien concretas. La dicha es referida a ellos, pues son las personas que deben ser felices más cuando algunas de las situaciones que se señalan reflejan claramente contextos de infelicidad y de injusticia. Se resalta que cada uno de los dichos guarda el futuro como una posibilidad, salvo las dos referencias del Reino de los cielos que son expresadas en presente; es evidente que el futuro deseado se construye a partir del presente del Reino. El futuro que angustia tanto a muchos se puede llegar a conquistar prematuramente cuando se alcanza la conciencia que el Reino de Dios ya esta presente en nosotros.

La palabra “bienaventurados’ invita a buscar la felicidad no sólo entendida como un estado de ánimo de la persona, sino más ampliamente a vivir en el mundo con sabiduría, haciendo de ese estado una espiritualidad. Sin embargo puede parecer contradictorio que hoy la humanidad persiga por ejemplo, la pobreza de la que habla la primera bienaventuranza, como un ideal sabio de vida; ¿acaso se puede proponer la pobreza, las injusticia recibidas, la persecución y la incomprensión, el sufrimiento y el llanto, como actitudes deseables que, además hacen presente la llegada del Reino de Dios? Es evidente que no, y hay que decirlo aunque suene atrevido, bienaventurado es quien aspira y realiza un cambio de situación. Así el acento de cada dicho de Jesús hay que hacerlo no en la formulación como en el desenlace: “Dichosos son los pobres en el espíritu (aquellos que no tienen nada material, que no deciden nada en el mundo, que no cuentan en la sociedad, pero que siguen confiando en Dios), porque de ellos es el Reino”, Dios es posible en ellos, se encarna en ellos, y cuando estas personas se hacen consientes de la presencia salvadora de Dios en ellos, entonces generan un cambio de situación. A esto es lo que se llama salvación: ser consientes de la presencia permanente, actuante y presente de Dios que  para generar un cambio en la persona.

Sigamos el proceso de las bienaventuranzas para entender mejor la anterior afirmación. Pobre de espíritu (cf. Mt 5,3) es aquella persona “humilde y afligida”, con una connotación moral “de vida intachable”. Es decir que se trata de personas que han aceptado libre y conscientemente la pobreza, o de aquellos que ya no tienen fuerzas, ni ánimo, ni esperanza humana, pero que aun y todo confían en Dios.  Se trata de aquellos que se consideran a sí mismos mendigos ante Dios pues es al único a quien pueden recurrir en un momento así. En este sentido la primera bienaventuranza es lapidatoria: la riqueza se convierte en un obstáculo para vivir el Reino de los cielos (cf. Mt 6,19-20,24; 13,22; 19,16-29). El escándalo está en no poner la confianza en Dios, es decir en sentirse y quedarse afuera de la visión de Dios, Quien en presente toma partido, se encarna, por salvar a estos hombres y mujeres humildes y afligidos.

Los humildes (cf. Mt 5,4) a los que se refiere la segunda bienaventuranza son aquellos que confían en el Señor, y en oposición a los malvados. Es decir que el mal puede llegar a tener una respuesta diferente al mismo mal, cuando se pone como punto de valoración y reflejo la opción de fe. La bienaventuranza indica que la dicha de la humanidad se encuentra en encarar el mal de la tierra desde una actitud martirial, dar la vida para recibir la herencia; esta explicación de la vida no es exactamente piadosa o moralista.

La tercera bienaventuranza refiere al grupo de personas que sufren diversas calamidades propias de la existencia humana, para ellos la consolación se expresa en el futuro: “… serán consolados” (cf. Mt 5,5), el verbo en pasivo indica que es de Dios mismo de quien se recibe el consuelo. No se trata entonces de un consuelo imaginario, sino que se ratifica que el límite de todo sufrimiento desemboca en Dios y que el fin y propósito de la vida del hombre no puede ser el dolor.

La metáfora de “tener hambre y sed de la justicia”, de la cuarta bienaventuranza (cf. Mt 5,6), da relevancia a la justicia, aunque no en el sentido punitivo es decir, del tomar venganza de los malvados, sino en el sentido de hacer aquello que a Dios le agrada. Tener hambre y sed expresa el deseo ardiente y la decisión firme de cumplir perfectamente el significado de lo que Jesús quiso expresar con la palabra “bienaventurado” al referirse a una persona.

El punto más alto de las bienaventuranzas en el evangelio de Mateo se encuentra en la palabra “misericordiosos”, de la quinta bienaventuranza (cf. Mt 5,7). Tanto el deseo, como la necesidad de misericordia se encuentran en un mismo comportamiento propuesto. Misericordioso es quien muestra misericordia, quien comporta una actitud bien definida frente al sufrimiento, y frente a la infracción de aquellos que se equivocan frente al ideal de la ley (el infractor). Misericordioso es aquel capaz de conceder favores, segunda y terceras oportunidades, el que espera a la puerta el regreso de su hijo.

Tener limpio el corazón es más que una actitud piadosa y escrupulosa, pues expresa es la intensión recta del obrar, la buena fe con la que se hacen todas las cosas. Hay que recordar que en la cultura  hebrea, en el corazón en donde tienen su origen los pensamientos y de las decisiones de las personas y este es el fundamento de la sexta bienaventuranza (cf. Mt 5,8).

La séptima bienaventuranza (cf. Mt 5,9) denuncia la violencia como causa de división entre las personas, y como destructora de la familia base y columna de la estructura de la sociedad en tiempo de Jesús. Verdadero Hijo es quien confía en Dios.

Finalmente la octava bienaventuranza (cf. Mt 5,10) se dirige a los perseguidos por practicar la justicia, es decir, aquellas personas que por pretender hacer el proyecto de Dios su proyecto personal son perseguidos por esta causa. El escándalo está en oponerse a Dios en las personas, no se trata esta bienaventuranza de una postura religiosa sino de una postura inhumana.

 

“Hay mayor alegría en dar que en recibir” (Act 20,35)

Respuesta del Hombre al Principio y Fundamento

 

Al final de la bienaventuranzas Mateo presenta tres dichos, el primero empata con los ocho dichos anteriores, mientras que los otros dos definen el complemento de lo que habría que hacer. La construcción de este dicho final es semejante al de los proverbios más antiguos de la sabiduría de Israel pues desemboca en una ética, es decir en una manera de proceder.

El “dichosos vosotros cuando os persiguen..” (cf. Mt 5, 11) se refiere directamente a los discípulos y, refleja la situación postpascual de la primitiva iglesia perseguida. Es por ello que la lectura del “Sermón del Monte” encaja como una catequesis para tiempos difíciles y como soporte para el discípulo llamado a resistir, no se trata de una enseñanza piadosa de la vida de Jesús. La recompensa que se ofrece a quien resista es el cielo, la visión escatológica de una vida capaz de trascender. En Colombia se sintetiza esta visión de la vida en un sencillo dicho: “que Dios le pague”, para designar la gratitud ante una atención inmerecida o gratuita recibida en el presente inmediato; no se usa para festejar la posibilidad de un futuro mejor. Así las bienaventuranzas son para el presente del discípulo que sufre de diversos modos.

Los dos dichos siguientes corresponden al discípulo, la metáfora de ser sal y luz (cf. Mt 5,13-16), como respuesta a la persecución e incomprensión del mundo. La formulación expresada como “vosotros” designa a los discípulos que están con Él, pero también sirve para oyentes de otros tiempos. El oyente entonces es la sal, quien da sabor; o quien puede iluminar una ciudad o una familia al interior de una casa; el contenido de estos dos dichos va más allá de la relación simple entre la imagen y el oyente pues termina con una explicación: Brille así su luz delante de los hombres, para que vean sus buenas obras, y glorifiquen a su Padre que está en los cielos” (cf. Mt 5,16)

La sal se usa en relación con el sabor, se trata de un condimento usado diariamente, y que no podía ser reemplazado por otro. Si se pierde su sabor, ya no sirve para nada, la tiran al suelo y la gente la pisa. Se recalca la responsabilidad que tienen los discípulos de Jesús en el mundo.

La luz es también desarrolla la función de los discípulos frente al mundo. Ellos están llamados a  iluminar a todos. La imagen del “cajón” es sugerente, pues el cajón era una medida utilizada para los granos, luego puede tratarse de ciertas medidas a las que estamos llamados los discípulos de Jesús frente a otras ciertas medidas que en cambio ocultan o velan esa misma luz. La explicación se entiende al final, todas las personas deben ver el bien de los discípulos y glorificar a Dios por eso. En este sentido la comunidad de los discípulos no se puede concebir como una secta al estilo de la gente piadosa que se reúne para alabar a Dios o para crecer de espaldas a la realidad o al resto del mundo, sino como una responsabilidad delante del mundo, consecuente con la edificación de su Reino.

 

“Habéis oído que se dijo… pero yo os digo…”

El contenido de la espiritualidad cristiana se refiere siempre a la intensión que las personas tenemos cuando tratamos de vivir cada una de las enseñanzas de vida. Para Jesús esta intensión debía ir más allá de la ley, hasta la justicia superior. Los criterios de discernimiento que utiliza el “Sermón del Monte” son: desvirtuar para dar pleno valor (cf. Mt 5,17), no desconocer ni el más pequeño detalle de todo para alcanzar unidad de pensamiento (cf. Mt 5,18), y poner en relación lo que sabemos y aprendimos con la experiencia de la vida (cf. Mt 5,19). El ejercicio de un buen discernimiento conlleva el conocimiento de la voluntad de Dios más allá de la letra hasta su cumplimiento, es decir  hasta lo cualitativo frente a lo cuantitativo de los preceptos.

Jesús afronta el decálogo de Moisés con este criterio de discernimiento, y pone a los discípulos en la dinámica del camino hacia la libertad. Con la antítesis: “pero yo os digo”, radicaliza el mandamiento antes que contraponerlo.

El “no matarás” (cf. Mt 5,21-24) se redefine cuando lo más grave del homicidio se encuentra en la actitud personal contra el prójimo: el odio. Además, Jesús complementa la interpretación con tres ejemplos: “El que se enoja”, “el que trate a su hermano de “estúpido”, “el que lo trate de imbécil” (v. 22), violenta la decisión de vivir en la libertad de la tierra prometida, pues se trata de un insulto y por tanto, va más allá del simple hecho de enojarse. La enseñanza suscita la delicadeza y sutileza en el trato con los demás, y hace de la relación interpersonal un camino para vivir auténticamente el contenido de la fe, no como un acto de la casualidad, del estado de ánimo. Así es como Jesús declara digno de condena los actos de odio contra los hermanos, y además revalora el culto, pues resulta que es más importante reconciliarse con el hermano, que presentar ofrendas a Dios.

En el “no cometerás adulterio” (cf. Mt 5, 29-30), Jesús hace una valoración de la mujer, pero no exclusivamente de la mujer casada a la que se refiere el mandamiento. Mirar con malas intensiones a una mujer casada era el escándalo, pues lesionaba a un hombre casado, pero un hombre casado no cometía adulterio por sostener una relación fugaz o permanente con una mujer soltera. Jesús con su enseñanza defiende la dignidad de la mujer, no señala un hecho externo consumado sino la actitud del corazón. El ejemplo asociado en los versos 29-30 refuerza el motivo de la enseñanza de Jesús pues señala de manera exagerada algunos sacrificios que las personas deberíamos hacer para cumplir la voluntad de Dios.

En la misma línea se encuentra la antítesis del divorcio (cf. Mt5, 31-32)[4]. Una mujer se podía volver a casar solo si su esposo anterior le da un acta de divorcio al despedirla de la casa, el problema abordado tradicionalmente desde el punto de vista del hombre, lo aborda Jesús exhortando a quien tenía derechos legales de hacerlo a no hacerlo, superando la intensión machista de la ley que ponía a la mujer por debajo de su dignidad y que justificaba el comportamiento individualista del hombre.

La enseñanza de Moisés decía: “No perjurarás” y “cumplirás lo que prometes a Dios con juramento” (cf. Mt 5,33-37)[5]. La enseñanza de Jesús especifica el cielo, la  tierra, Jerusalén, y la propia cabeza, para designar el lugar donde Dios se revela y habita. Los tres primeros eran utilizados, pero no así la propia cabeza, pues la persona no representaba de ninguna manera la revelación de Dios, sin embargo Jesús propone que la propia vida es testimonio para dar veracidad a un juramento. Como decir que lo que le da valor y credibilidad al hombre es en realidad su palabra y nada más, su radicalidad; la palabra de las personas deben ser creíbles sin necesidad de acudir a Dios como testigo, pues el hombre en sí mismo es santo, y la santidad de Dios y del hombre no compiten.

Uno de los principios mas conocidos por la humanidad es la ley del Talión (cf. Mt 5,38-42). tal cual el castigo según el daño causado[6]. Además servía para mitigar el daño infringido a un ofendido, y prevenir o desanimar a un posible infractor; lo claro era que la venganza era permitida. Para Jesús la experiencia de Dios se concreta en no oponer resistencia al mal o a quien lo ejerce. El ejemplo de la injuria del golpe en la mejilla, o del pleito en que se pierde la túnica[7], o de la practica castigar a un infractor portando cargas por determinados trayectos o, brindando compañía por el camino para compensar el dolor de un ofendido, para Jesús se resuelve cuando el hombre renuncia a la venganza, más aun a la violencia, pues el propio derecho es un convencionalismos pasajeros que no es relativo al orden de Dios (cf. Fil. 2, 6-11), sino de los hombres.

Finalmente el mandamiento del amor al prójimo (cf. Mt 5,43-48)[8], en contraposición a la idea extendida que hay que “odiar al enemigo”, pues este mandamiento no se encuentra prescrito en ningún lugar de la ley (cf. Mt 22, 34-40). Jesús invita a sus discípulos a vivir un amor sin límites, es decir que deber del seguidor ama, ora por el enemigo y el perseguidor. El principio es el de ir más allá de las situaciones donde el discípulo se siente amenazado hasta comportarse como un “hijo del Padre celestial”, sin desanimarse por el comportamiento de los otros sus hermanos. Así es Dios: no considera enemigo a ningún hombre y, por ello es bueno con todos, buenos y malos. Se deriva de esta anterior afirmación que el bien y el mal son relativos. El modelo de conducta es Dios mismo, y de esta forma es para el hombre la principal aspiración, y fuente de su comportamiento ético.

 

“…donde esté tu tesoro, allí estará tu corazón”

(Mt 6,21).

Al inicio del capítulo 6 el evangelio de Mateo propone un camino: “hacer justicia” (Mt 6,1), hacer  buenas obras de acuerdo con la voluntad de Dios, es decir, hacer de la bondad un camino y la intensión con que se realicen estas buenas obras. Y el “Sermón del Monte” recoge las enseñanzas de Jesús, formuladas en forma negativa y positiva. Los tres dichos independientes (cf. Mt 6,19-24) pueden expresar todo un programa de vida.

El primero de estos dichos (v. 19-21) contrapone los tesoros terrenos que perecen a los tesoros del cielo que son imperecederos. La novedad se encuentra en el significado de estos tesoros imperecederos: las buenas obras[9]. La enseñanza exige aprender a moverse por valores permanentes  y auténticos: “Porque donde esté tu tesoro, allí estará tu corazón”.

El segundo dicho a considerar se trata del “ojo puro” frente al “ojo malo” (v. 22-23), la importancia del ver con limpieza libera al hombre, y le permitirá hacer que todo sea bueno, o dramáticamente lo contrario.

Y el tercer dicho hace una analogía entre Dios y el dinero (v. 24).  No es solamente una comparación, pues el dinero implica toda la vida de las personas, también puede llegar a serlo Dios, Jesús quiere una respuesta radical y propone la entrega al servicio total.

Los tres dichos abren la puerta al proyecto cristiano ¿cómo llevar a cabo el servicio de darle vida al Reino de Dios a través del compartir, de humildad y la sencillez, o del actuar con libertad aun en situaciones límite?

 

Escoger amar más la pobreza que la riqueza: compartir y no acumular (cf. Mt 6,2-4):

La limosna es una forma de practicar la justicia y en el contexto de la espiritualidad de Israel se refiere a la compasión, es decir a la manera típica que adopta el amor de Dios, no como beneficencia, y mucho menos cuando esta practica está precedida por la ostentación. Jesús llama a la intensión torcida de dar limosna con grandes aspavientos para recibir honores: hipocresía.

Y aun más dramática resulta la expresión: “ya recibieron su paga”. El acento de la enseñanza de Jesús está en la imagen de la mano izquierda que no sabe lo que hace la derecha, es decir en el secreto del bien, en el vivir sin alardear, pues Dios ve lo que se hace en secreto.

Más aun podría decirse que Dios actúa en secreto permanentemente, y contrasta esto con la angustia del hombre en lo que toca a su existencia cotidiana por la consecución del alimento, del vestido (cf. Mt 6-25-33). Jesús enseña a confiar más de la voluntad de Dios que alimenta y cuida en medio de las dificultades de la vida. Y además esta misma enseñanza vale para todos los temas de la vida.

El camino de la confianza es muy actual y urgente en un mundo que muere de hambre y donde la desigualdad es evidente.  ¿Cómo decir hoy positivamente que Dios nos invita a confiar en él, cuando no tenemos ni lo necesario para sobrevivir? La pobreza y la necesidad de compartir van de la mano, confiar en la providencia de Dios se llama generosidad, y se concreta en el servicio sin límites. Así es Dios: generoso, que cuida siempre de todos los seres, llámense pájaros del cielo, lirios del campo, hombres y mujeres, pero a cada uno desde su capacidad de pensar, prever, organizar, y decidir.

Escoger ofensas y menosprecios antes que honores mundanos: ser muy libres:

Jesús comunica su experiencia de Dios referida a los verbos criticar y condenar (cf. Mt 6,1-5), descritos con la imagen de la astilla y la viga en el ojo. Pone de manifiesto que las personas nos adelantamos al juicio divino juzgando y condenando las actuaciones de los demás. Se haría necesario volver a recordar el principio básico y regla de oro de la humanidad: “todo cuanto quieran que les hagan, háganlo ustedes también.” (Mt 6,12).

De este principio se desprende un camino para liberarse de la propia imagen. La tentación de ser alguien en la sociedad ha sido una constante para las personas, por ejemplo el ser llamado Maestro o Padre no se define por el título sino por las obras: “por sus obras los conoceréis” (cf. Mt 6,15-19). La advertencia de Jesús quiere prevenir el comportamiento falso del discípulo y en cambio estimula el comportamiento responsable y consciente de los hermanos en la comunidad, a esto bien se le podría llamar autoevaluación, autoconversión. La imagen del árbol y sus frutos nunca engaña, la naturaleza no se engaña, las semillas desde el principio guardan la dirección de frutos que se desean, en consecuencia, hay que cuidar siempre la actitud original que describe el seguimiento y el amor primero.

 

Escoger la humildad y no la soberbia: actuar con total sencillez:

Cuando Jesús insiste en el tema de la oración en el “Sermón del Monte” incluye una advertencia: “cuando hagas oración no seas como los hipócritas…” (Mt 6,5-6), equipara el orar a las instrucciones de la limosna, y del ayuno. Lo que interesa de la oración en esta sección no es el método sino el modo como se haga: “para ser vistos …”;  Jesús no prohíbe la oración en público sino la intención del orante, y señala que el premio de la oración son las buenas obras realizadas, no la cantidad de oraciones repetidas.

Querer manipular a Dios ha sido una constante de la relación con Él. Al final de la oración de Jesús la comunidad repite: “Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos”, no hay que pasar inadvertidos por esta súplica: el perdón de las propias faltas se condiciona a la experiencia del perdón ofrecido a otros. También la imagen del “poner cara triste”, “desfigurar el rostro” describen la caricatura de la ostentación señalada repetidamente en el “Sermón del Monte”, para Jesús todas las prácticas piadosas o interesadas no alcanzan un valor propiamente al nivel de la palabra. El “lavarse la cara” y  “perfumarse la cabeza”, expresan las nuevas actitudes de los discípulos y la nueva imagen de Dios. Es decir que las personas se pueden relacionar con Dios, no a través de un espectáculo religioso armado, sino en la intimidad de la propia vida, en la capacidad de vivir de manera sencilla, y de construir esa relación por una experiencia amable y bondadosa.

Cuando se pone el paralelo de lo santo y las perlas pisoteadas por los animales (cf. M 6,6), el texto quiere determinar algún tipo de personas indignas desde la perspectiva de la enseñanza de Jesús y sus enseñanzas. Queda abierta la pregunta por quienes son dignos o indignos, se puede pensar en sí en ciertos tesoros dados por Dios en la vida, y aprovechados para el crecimiento, o por el contrario en aquellos que se dejaron pasar y se desperdiciaron por vivir esta sabiduría de lo santo y lo profano.

Finalmente la imagen de la puerta ancha y estrecha (cf. Mt 7,13-14) es una exhortación elaborada con dos afirmaciones que se contraponen: la puerta ancha que conduce a la perdición, y la puerta estrecha que lleva a la vida. La metáfora de la puerta y del  camino se complementan, pasar por una de las puertas supone el camino a seguir, así la perdición o la vida designan la decisión de una persona, la dirección y del empeño por realizar  su existencia en el mundo. Perdición y vida son dos fines opuestos.

 

La metáfora de casa cimentada en la roca

(Meditación para alcanzar mas amor)

 

Los verdaderos discípulos de Jesús han sido cuestionados por su actuar (cf. Mt 7, 21-27), con el título “Señor, Señor” se ha expresado toda una relación con Jesús, más basada en la ética que en la experiencia. Decir “Señor, Señor” al final de la vida contrapone la experiencia y el lugar deseado: el Reino. Actuar proféticamente, expulsar demonios (contrarrestar el mal presente), hacer milagros, son los signos de la llegada del Reino y de la actuación típica de Jesús en el evangelio, así actuar de esta manera justifica la vida.

Lo que salva es la acción, que en el “Sermón del Monte” equivale a cumplir la voluntad de Dios. La practica religiosa exige desenmascarar las falsas seguridades, o a reducir la vida a la observancia de una conducta correcta.

La parábola de la casa bien o mal fundada conserva los elementos de esta enseñanza: la vida consiste en construir una casa, pero el contraste de los tipos de construcción le da valor a la enseñanza de Jesús. El éxito y la felicidad consiste en cimentar la casa sobre valores sólidos y duraderos, sobre valores eternos y no sobre intereses pasajeros. La idea del juicio puede coincidir con esta forma de construir.

La condición moral es la escucha de las palabras de Jesús; más que una atención o un comportamiento, se refiere a la totalidad de la vida y a la fe que se de a las palabras, y al proyecto de Jesús. Así las obras son posibles por la gracia de Dios, y por el llamado de Cristo a sus discípulos; la insistencia está en la necesidad de las obras, en la entrega del hombre al proyecto de Dios.

 

Unidos

construiremos:

¡la civilización del amor¡

 


[1] Papa Francisco, Vigilia de 2014. Vaticano, 19 Abr.

[2] En el A.T. ya se utilizaba esta misma formula. Ver Eclo 23,1-4. 51,1 y, Sab 14,3

[3] Papa Francisco: “La misericordia es la viga maestra que sostiene la vida de la Iglesia. Todo en su acción pastoral debería estar revestido por la ternura con la que se dirige a los creyentes; nada en su anuncio y en su testimonio puede carecer de misericordia. La credibilidad de la Iglesia pasa a través del camino del amor misericordioso y compasivo”. El rostro de la Misericordia, Bula del Jubileo de a Misericordia, n. 10. 2015.

[4] También en: Mt 19,3-12 como una respuesta a los fariseos; Lc 16,18 y 1Co 7,10-11.

[5] En Lv 19,2.  Nm30,3.

[6] Ex 21,24-25; Lv 24,19-20

[7] En el ideal del Deuteronomio estaba prohibido por la ley despojar a un pobre de su túnica durante la noche (Ex 24,25-26; Dt 24,12-23), y para evitar esta situación consideraba indigna se invitaba al deudor a abonar a la deuda una cantidad cualquiera para que la túnica se le restituyera.

[8] Ver Lev 19,18 en oposición a Lev 19,33-34 y Sal 35,55.  Jr 18,18-23.

[9]  cf. Tob 4,9-11